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El invierno de la política 

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Con el mal tiempo, la política parece haber entrado en sus cuarteles de invierno; este fenómeno no es nuevo: se arrastra desde los textos de los críticos del Centenario de la república, que atribuían la decadencia de Chile a una crisis moral provocada por la súbita riqueza del salitre, conquistada en la Guerra del Pacífico, donde habíamos heredado el veneno del caliche peruano. Hoy, de nuevo, tenemos un Estado rico, con enorme superávit fiscal, gracias al precio del cobre. Como nuestros ministros de Hacienda siempre han sido avaros, lo estamos economizando en fondos del tesoro americano, que apenas pagan un 4% de interés sin invertirlos en obras productivas y en beneficios de los pobres; tal como el salitre dejó un hoyo, igual lo hará el cobre, que algunos neoliberales transversales quieren privatizar Codelco, al igual que Petrobrás y PEMEX.

 MacIver, en su discurso sobre la crisis moral de la república, hace una pintura de la realidad chilena que, considerando las diferencias de contexto, podría ser perfectamente transpuesta a la actualidad. No somos felices, tenemos más escuelas, pero peor educación; las municipalidades están corrompidas y los intereses particulares de los políticos se anteponen al bien común. El país que no avanza, retrocede. 

Luís Emilio Recabarren, en su obra Ricos y Pobres, folleto que sintetiza una conferencia dictada en Rengo, en septiembre 1910, relataba la miseria de las cárceles, que eran verdaderas universidades del delito. El destino de los pobres la ignorancia y la cárcel. Recabarren denunciaba los conventillos y las piezas redondas, la insalubridad y el alcoholismo que diezmaban a los proletarios.

Julio Valdés Canje (Alejandro Venegas), retrataba la miseria de los partidos políticos, en la época del parlamentarismo: el mismo reparto de cargos que en la actualidad; se trataba de conquistar y mantener el poder por el poder a toda costa; el Estado estaba tan separado de la sociedad civil como en la actualidad.

El fenómeno de separación entre la timocracia y los ciudadanos no sólo se repite entre dos Centenarios, sino que también hoy es global. En Estados Unidos George W. Bush es el presidente más desprestigiado de su historia: ha logrado derrotar, para ocupar este triste lugar, nada menos que al más tarado y desvergonzado de los presidentes norteamericanos, Richard Nixon. Afortunadamente, en esta crisis carismática –para usar los términos de Weber– Barack Obama ha logrado sembrar aires nuevos en la política norteamericana, al plantear la idea del “cambio”, sin embargo, la crisis presente sigue vivita y coleando y nadie puede calcular, en el aspecto económico, cuánto durará la recesión y en qué grado se verán afectados los norteamericanos pobres a causa del desalojo y la inflación, especialmente en el precio de la bencina y de los alimentos.

Ingenuamente, creía que el sistema semipresidencial francés podría solucionar cualquier problema de contradicción entre el Presidente y el Primer Ministro, y los procesos de discordia al interior del partido de gobierno: el Primer Ministro necesita de la mayoría parlamentaria para gobernar, si la pierde, tiene que disolver el Congreso y llamar a elecciones y el Presidente puede llamar a plebiscito, por consiguiente, cualquier diputado díscolo en el partido de gobierno provocaría, de inmediato, la caída del Primer Ministro; el llamado a plebiscito podría significar el fin del gobierno – como ocurrió con De Gaulle, en los años 60- incluso, Francia pudo experimentar la “cohabitación” entre un presidente socialista, François Mitterrand, y un Primer Ministro derechista, Jacques Chirac. La verdad es que me equivoqué completamente: el sistema semipresidencial no garantiza que los díscolos del partido de gobierno sean eliminados en razón de la necesidad de mayorías parlamentarias. Nicolás Sarkozi, en pocos meses ha destruido el prestigio de la institución presidencial, construido por el general De Gaulle; el Presidente derechista ostenta un récord de desprestigio entre los presidentes franceses superando, de lejos, al muy limitado Jacques Chirac; Sarkozi no logra, ni siquiera, mantener la disciplina del partido que lo apoya, y se ha lanzado una disputa, casi sin salida, con el Primer Ministro François Fillon.

En Inglaterra, los laboristas están completamente desprestigiados, a causa del seguidismo de Tony Blair a la política de guerra en Irak, promovida por Bush. En Italia, los partidos históricos han desaparecido: la Democracia Cristiana fue diezmada por las fracciones, que desde la izquierda, hasta la ultraderecha, sumando las relaciones de sus líderes la mafia. En el fondo, la Democracia Cristiana comenzó su aniquilamiento cuando los jueces emprendieron, valientemente, las causas penales contra los políticos. El antiguo Partido Comunista, de Togliatti, ha desaparecido del Parlamento; los socialistas de Betino Craxi han sido reducidos a su más mínima expresión. En la última elección parlamentaria los italianos se pronunciaron a favor del audaz mercader y millonario de las comunicaciones, Berlusconi, y todo el conjunto de partidos políticos tuvo que formar un partido para la democracia, que agrupa un amplio arco iris de antiguos políticos demócrata cristianos, independientes y socialistas.

América Latina también ha entrado en el invierno de la política: en Venezuela murieron –y difícilmente resucitarán- los partidos históricos, (Acción Democrática y COPEI), incluso, el MAS, de Teodoro Petkoff, que pretende encabezar la oposición, no logra levantar cabeza. En Brasil, los socialdemócratas, de FernadoHenrique Cardoso, están bastante diezmados, incluso, el Partido de los Trabajadores, de Lula, han sufrido, durante estos últimos años, escándalos de corrupción. En Argentina, los Justicialistas se han convertido en un partido personalista, casi un coto de familia. En Perú, el APRA, uno de los pocos partidos históricos que ha resistido este oleaje antipolítico, está cada día perdiendo más apoyo. 

En Chile, varios indicadores nos han ido demostrando el deterioro, no sólo de la casta política de los partidos, sino también de las instituciones. El año 2002, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), publicó un libro, Desarrollo humano en Chile. “Nosotros los chilenos: un desafío cultural”, en el cual se mostraba, en base a indicadores, que sólo el 40% de los jóvenes adhería a la democracia; al 36% le daba lo mismo el régimen político, y el 18% prefería un régimen autoritario que, en este caso, sería de derecha, por ser la única experiencia que tenían. En las elecciones de 1997, una amplia mayoría se abstuvo, votó nulo o en blanco, queriendo demostrar un sordo resentimiento a la clase política. En el año 2004, el PNUD publicó otro libro titulado “El poder para qué y para quién”, donde se vuelve a comprobar que no existe casi ninguna variación desde el 2002 al 2004, con respecto a la percepción y adhesión a la democracia: un 44% la considera preferible a cualquier otro régimen político; el 17% es partidario de un régimen autoritario, bajo circunstancias especiales, y el 35% le es indiferente el régimen político.

En el mes de mayo de 2008, un conjunto de Fundaciones políticas realizó una encuesta sobre varios temas referidos a los Partidos e instituciones: el 45% considera la democracia preferible a cualquiera otra forma de gobierno; el 29% le da lo mismo que sea un régimen democrático o autoritario; el 18% se pronuncia por un régimen autoritario, bajo algunas circunstancias. El 91% no tiene confianza en los partidos políticos: el 82% en Congreso y el 80% en los Tribunales de Justicia. Todos los partidos y combinaciones obtienen menos de la nota 4 (cuatro) -en una escala de 1 a 10- , por consiguiente, son reprobados por la opinión pública.

El cuadro está claro: en el Chile de hoy, al igual que en el Centenario, la casta política chilena está completamente separada de la sociedad civil; los ciudadanos desprecian a los políticos y en su sola mención, lo asocian a la corrupción, la malversación de fondos fiscales, la ineficacia e, incluso, el ocio. Estos resultados, personalmente, no me alegran: el desprestigio de la política sólo favorece a líderes autoritarios y aventureros que, seguramente, cometerán más barbaridades y robos que los políticos que pretenden reemplazar.

Desgraciadamente, la característica del período de transición a la democracia no ha sido sólo la transacción permanente entre la Concertación y la derecha, el uso del Estado como botín – como lo denunciara Enrique Correa, la eminencia gris de los gobiernos concertacionistas- la falta de ideas, la exclusión de los ciudadanos y un pragmatismo miserable, sino el extremo inmovilismo, propio de las castas conservadoras, satisfechas de los bienes que le ha dado la sociedad. La idea central es no cambiar nada, o lo menos posible. Llevamos 18 años de Constitución pétrea, casi imposible de cambiar y la Concertación se ha conformado sólo con recaucharla. El padrón electoral se ha mantenido viejo y sin cambios desde 1988. La mezquindad de los políticos, en especial de derecha, pero también de la Concertación, ha hecho imposible reformar el sistema electoral. Tenemos senadores y diputados casi vitalicios, en un alto porcentaje, y si alguien se lo enrostra, ponen cara de palo, como si hubieran comprado el sillón parlamentario como un bien personal. Los partidos políticos son la posesión de grupos feudales, con líderes que se reparten la jefatura.

La clase política, en lo que nos compete, se ha buscado por sí sola el desprecio ciudadano. Lamentablemente, al igual que en 1910, el pueblo mira su accionar con indiferencia musulmana, sin reaccionar convenientemente ante tanta desidia e incapacidad de la casta política.

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