Se habla mucho del neoliberalismo para definir el nuevo carácter del capitalismo. Pero ¿qué significa? La esencia del capitalismo es la acumulación progresiva de capital en manos privadas. Los bienes ya no tienen valor de uso; tienen calor de cambio. No son para vivir; son para ser vendidos. En el capitalismo el dinero -esa abstracción que representa valor- está por encima de los derechos y de las necesidades de las personas.
Como observa Houtart, después de la Segunda Guerra Mundial tres factores manejaron las riendas del caballo de carrera llamado capitalismo: el fortalecimiento del movimiento obrero y el miedo a la expansión del comunismo, que hicieron que los Estados burgueses regularan los derechos laborales; la implantación del socialismo en el Este de Europa; y el proyecto de desarrollo nacional en países pobres como el Brasil (conferencia de Bandung, Indonesia, 1955).
Esos tres factores eran la piedra en el casco del sistema capitalista que, por causa de ellos, se vio obligado a reducir su nivel de acumulación y su libertad de apropiarse de todo lo que podía generar riqueza.
El caballo reaccionó. Dio una coz a la regulación del trabajo, lesionando los derechos de los obreros bajo el eufemismo de flexibilización, tercerización, etc., desmovilizando el movimiento sindical y aumentando considerablemente el índice de trabajadores informales y el desempleo, agravados por la creciente informatización de la economía.
La segunda coz fue al socialismo, con la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, acrecentada con la cooptación de China. La tercera fue la globocolonización, la internacionalización de la economía y la imposición al planeta de un único modelo de sociedad, el anglosajón, que predomina en la zona rica del planeta.
He ahí el neoliberalismo: libre de riendas y frenos, el caballo corría desbocado por la pista de la acumulación.
Pero sucede que la vida está hecha de imprevistos. El sistema acarrea dentro de sí sus propias contradicciones. Como ya señaló Marx, él es su propio sepulturero. Y ahora el caballo se ve obligado a desacelerar su carrera por culpa de la crisis ecológica (el calentamiento global), de la crisis de superproducción (hay más oferta que demanda de productos) y de la actual crisis financiera que vacía los bancos de los EE.UU., hace que más de un millón de personas vieran evaporarse su sueño de tener casa propia, y provoca, en un mes, el desempleo de más de 35 mil operarios bancarios norteamericanos.
Los gobiernos de los países capitalistas viven quejándose de que el déficit público es alto y de que ellos no tienen dinero para lo esencial: alimentación, salud, educación, etc. Sin embargo, en el momento en que el caballo tropieza aparece inmediatamente el dinero para socorrerlo. Bush liberó US$ 145 mil millones para tratar de evitar la recesión usamericana, y los Bancos Centrales del mundo rico intentan tener disponibles sus balones de oxígeno financiero para los bancos asfixiados por la crisis o en agonía ante un mercado que falla.
¿Pero es que no vivían clamando que el mercado es el mejor regulador de la economía? ¿No vivían pregonando “menos Estado y más mercado”? ¿Por qué ahora todos corren a los brazos acogedores del Estado de bienestar financiero? ¿Y de dónde vino toda esa fortuna antes negada a los derechos sociales, al socorro de África, al cumplimiento de las metas del Milenio?
La reciente reunión de Davos, club que aglutina a los dueños del dinero, fue como un cónclave de cardenales que, de pronto, descubren que Dios no existe. Ahí quedó estremecida la fe en el mercado. Si él trajo tantas bendiciones a los elegidos de la fortuna, ahora amenaza con maldiciones.
Lo curioso es que el origen del problema no es mundial. Es local, en los Estados Unidos. Como toda la economía mundial se enganchó a la hegemonía unipolar de Wall Street, si éste tose, el mundo se constipa. Queda esperar a ver si la gripe es pasajera, curable con un analgésico, o llevará al paciente a la cama, atacado por fiebres e infecciones.
Lo que nadie pone en duda, mientras tanto, es que, una vez más, la cuenta de tantos tropiezos del caballo será pagada por los pobres. Así funciona el sistema que promete -libertad, prosperidad y paz para todos- y no cumple. Hay que buscar otro mundo posible. (Traducción de J.L.Burguet)
– Frei Betto es escritor, autor de “La mosca azul. Reflexión sobre el poder”, entre otros libros.
* Fuente: Alainet
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