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El viejo demonio

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(APe).- Hay algunos personajes -sobre todo políticos- que rompen el principio de Arquímedes: desalojan más agua de lo que pesan. Experimentan, como dice Vicent, un impulso hacia arriba muy superior al valor de sus vidas -generalmente impuras- o a la densidad de su obra.

De izquierdas en algún tiempo -no tan lejano- creen que el marxismo se volvió trasto y su mayor esperanza es el disimulo de su propia historia. Cuando se derrumbó el muro de Berlín, porque la gente quería tocarse, amarse, beberse, y sólo quedaron unas pocas piedras y la tristeza de aquel legado inolvidable llamado Octubre ocurrido en el amanecer del siglo XX, la mayoría de estos “cuadros” fueron seducidos por el viejo demonio del capitalismo convencidos de la imposiblidad de torcer el destino establecido por los dioses.

Creyeron -admitamos el desconcierto- que los trabajadores ya no eran la clase vengadora -como decía Walter Benjamin- que llevaría hasta el final la obra de liberación en nombre de las generaciones vencidas. Que ya no se trata de quitarle al rico para darle al pobre. Así, comenzaron a leer la historia universal de otra forma: vieron en el sheriff de Notingham razones para perseguir a Robin Hood -héroe de los pobres- por los bosques de Sherwood, o en nuestro pasado -reciente- comenzaron a mirar de reojo a Mate Cocido que repartía dinero entre el pobrerío robando a la poderosa Forestal, que había depredado varias provincias. Piadosamente Dios nos depara sucesión y olvido, escribía Borges.

Devenidos en intelectuales orgánicos son los que ayudaron a diseñar el país que nunca imaginamos, que privatizaron el petróleo o las represas que alimentan de energía eléctrica a los que pueden pagarla y para los vecinos hambrientos esa energía se vuelve enemiga cuando un cablecito y otro se juntan y sacan de la galera una desgracia, un cortocicuito que anticipa señales, vislumbres, que demuestran la fatalidad de la terrestre escritura de los pobres.

Así murieron quemados -en un día de hilachas miserables- Diego Villegas de 23 años, Johana Sánchez de 19, su hijo un pequeño de 6 meses, y los hermanitos de Johana, Vanesa Sánchez de 7 años y Anahí Sánchez de 9. Milton Sánchez de 11 años -único sobreviviente- lucha entre la vida y la muerte. Ocurrió el domingo a la madrugada en un asentamiento de casillas de cartón en Neuquen, en la toma del Parque Industrial. Estos asesinatos no se inscriben en el texto sagrado de la memoria porque se ha abolido el tiempo. Vivimos un presente inmemorial, donde la vida suele ser un milagro inmerecido para los que no pueden pagarla. Cualquiera puede leer la información desde sus propias lágrimas o sucede como sucede que “anda de olvido el corazón”, dice Manzi.

Pero quién le da olvido a Octubre si es el mes de los pájaros y del aire y del fuego que se ha fugado de su “cárcel de ceniza” para matar esta tristeza. O como dice Gelman ¿no está esa sangre acaso diciendo o cantando?
21/11/07
* Fuente: Agencia Pelota de Trapo

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