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Las vestales de Kike Morandé dejan en ridículo a los padres conscriptos 

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Las rubias teñidos y un poco quitadas de ropa, enviadas por el programa de Kike Morandé, disfrazadas de periodistas y usando el baile mortal, el Koala, han logrado dejar en ridículo a algunos diputados. Esta hazaña iconoclasta hubiera provocado la envidia del jefe de la secta de los cínicos, Diógenes de Sinope que, por más que se burlara de Alejandro Magno y de Platón, jamás logró que la opinión pública apoyara sus insolentes inventivas; lo mismo ocurriría con los famosos sofistas del siglo V ateniense, que pusieron en cuestión a los dioses del Olimpo y a la democracia en que votaban igual filósofos y cultivadores de olivos; tampoco lo lograron los furiosos anarquistas de comienzos del siglo XX lanzando bombas de ruido, en la Asamblea Nacional francesa. El Koala, un baile erótico, un tanto pornográfico, en que un animal australiano se monta en el incauto diputado, sin posibilidad de defender su dignidad de representante popular.

Las meretrices de Kike se han convertido en una verdadera plaga en el Chile serio y plutocrático. Nuestros idolatrados gladiadores, apenas consiguen un magro triunfo en el coliseo, son perseguidos por estas audaces damas de farándula: así ocurrió con Marcelo Ríos, Mauricio Pinilla y los futbolistas de una generación de la Sub 20, que hoy están en el olvido de la opinión pública. La Selección Sub 20, para no mencionar a los viejitos de la roja alcohólica y farrera, lograron, en Canadá, vencer todos los obstáculos cual Hércules moderno: resistieron a una policía que les aplicó cargas eléctricas, desconocidas en la democracia, pero aplicadas a porfía por un tirano, cuyo nombre prefiero no mencionar. Además, con razón, le propinaron unos coscorrones a un árbitro alemán bastante saquero. En Chile siempre estamos felices con los terceros lugares, pues no podemos aspirar a nada mejor, es lo que hay. Las meretrices ya están listas para proporcionar a los jóvenes gladiadores placeres sin fin, que terminarán por aniquilar su capacidad física y moral.

Afortunadamente, ahora han cambiado de blanco: les interesan los políticos; al fin y al cabo, política y farándula son equivalentes: ¿quién puede pensar en la política sin espectáculo o la farándula sin poder? Si leemos al famoso historiador Tucídides comprobaremos que su Historia de la guerra del Peloponeso está adornada de bellos y dignos discursos como el de Pericles, dirigido a los cultivadores de olivo de Atenas, que, hasta hoy, emocionan por su grandeza histriónica. Alcibíades, el discípulo de Sócrates, era un “farandulero” de la época clásica, capaz de embriagar al auditorio con la audacia de sus propuestas, llevándolos al desastre. ¿Qué sería de la iglesia sin las fiestas dionisíacas? En la vida seriedad, divertimento y embriaguez son imprescindibles?.

Los actores, en el período alejandrino, tenían que llevar a la realidad lo que representaban: si les correspondía representar una pieza de teatro que incluyera un asesinato o una crucifixión, el actor tenía que morir en el momento mismo. Afortunadamente, en nuestra farándula criolla esto no ocurre: el jugo de tomate viene a reemplazar la sangre y los besos y actos carnales no necesariamente tienen que ser reales.

Hay políticos que, en su afán farandulero, pueden ser comparados con los grandes emperadores romanos, por ejemplo, nuestro legionario Lúculo Piñera que, no creo, que actúa como su predecesor, regalando a la plebe sufragante las acciones de LAN y tantas otras Compañías, que se han convertido en obstáculo para su elección como primer cónsul. Imagínense la felicidad de los pobres, que apenas ganan $150.000, cuando cada uno de ellos posea, al menos, una acción de empresas tan rentables. Como este gesto de magnanimidad es difícil que se de en los ricos, sería mejor imitar al emperador César Augusto, y ofrecer a la plebe una verdadera batalla naval en plena  Plaza de la Constitución, tal como lo hizo Octavio en Roma. Nuestros políticos son unos genios de la farándula, por ejemplo,  Andrés Allamand escribe libros pésimos, con títulos rimbombantes como La travesía del desierto, en el cual relata sobre unos pocos días en la desolada cuidad de Nueva York; en El desalojo, se propone ser el jefe de una compañía de mudanzas y la víctima es la pobre Michelle Bachelet, que no ha pagado el arriendo de palacio, arruinada por sus despilfarradores ministros.

No sé cuál es más divertida, si la farándula o la política: en la primera se cuentan, para entretener a la hambrienta plebe, historias de culo y tetas, con más silicona que carne; hay malos, muy malos, como Pamela Díaz, René Naranjo, Roberto Dueñas, viejos faunos que degeneran a jóvenes vírgenes, sacerdotisas de Atenea, todos admiradores de Esculapio – el dios de la medicina- que pasan la mitad de sus días en el quirófano; Roberto Dueñas, por ejemplo, quiere superar a Ramsés II en el monopolio de las gasas, a través de su deformada cabeza; Marlén Olivarí quiere tener senos más voluminosos que Sofía Loren y, así cada uno de estos especímenes quiere no ser él mismo. Estoy seguro de que los políticos quisieran hacer otro tanto, pero aún les resta una pequeña dosis de pudor.

El presidente de la Cámara, Patricio Walker, pretende imitar al moralista fiorentino, Savonarola, desagradable monje dominico, que quiso destruir a todas las mujeres desnudas del arte renacentista; afortunadamente, a este fraile sus propios partidarios lo quemaron vivo. Como hoy no puede aplicar tan rígida política, el joven Patricio Walker tiene que conformarse con cambiar el reglamento de la Cámara, exigiendo que las periodistas se  presentan en las tribunas disfrazadas de monjas carmelitas, para que ningún lascivo diputado, les pueda ver “la punta de la rodilla, la  pantorrilla y el peluquín”. Como hecha la ley, hecha la trampa, es muy posible que estas vestales, disfrazadas de monja, se saquen el hábito en plena Hora de Incidentes, provocando una Sodoma y Gomorra.

Hoy, en pleno matriarcado, nuestro presidente de la Cámara no puede aplicar la “caza de brujas” haciendo una pira en la calle Pedro Montt y obligando a los diputados a cantar himnos gregorianos, implorando perdón por los pecados de nuestras modernas Evas, y jurando castidad eterna.
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