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El desafío amazónico

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El tema de la «Campaña de la Fraternidad» de la Iglesia Católica de Brasil de esta cuaresma es sobre la Amazonia. Millones de fieles, durante estas cuatro semanas, reflexionarán sobre su importancia para nosotros y para el futuro de la Tierra.

La Amazonia cobija el mayor patrimonio hídrico y genético del Planeta. De uno de nuestros mejores estudiosos, Eneas Salati, sabemos: «En unas pocas hectáreas de la floresta amazónica se da un número de especies de plantas y de insectos mayor que en toda la flora y la fauna de Europa». Pero esta floresta lujuriante es extremadamente frágil, pues se yergue sobre uno de los suelos más pobres de la tierra. Si no controlamos la deforestación, en decenas de años la Amazonia puede transformarse en una inmensa sabana.

La Amazonia no es tierra virgen e intocada. En miles de años, decenas de pueblos indígenas que allí han vivido y viven, han actuado como verdaderos ecologistas. Gran parte de toda la selva amazónica ha sido manejada por los indios, promoviendo «islas de recursos», creando condiciones favorables para el desarrollo de especies vegetales útiles como el babaçu, la palma, el bambú, los bosques de castaños y frutas de toda especie, plantados o cuidados para ellos y para quienes por ventura pasaran por allí. Las famosas «tierras negras de indios» hablan de ese manejo.

La idea de que el indio es genuinamente natural es una ecologización errónea del mismo, fruto del imaginario urbano, fatigado por la artificialización de la vida. El indio es un ser cultural. Como atestigua el antropólogo Viveiros de Castro, «la Amazonia que vemos hoy es la que ha resultado de siglos de intervención social, así como las sociedades que viven en ella son el resultado de siglos de convivencia con la Amazonia». Lo mismo dice E. E. Moraes en su instructivo libro: «Cuando el Amazonas desembocaba en el Pacífico» (Vozes, Petrópolis 2007): «Queda poca naturaleza intocada y no alterada por los humanos en la Amazonia». Por 1.100 años, los tupí-guaraníes dominaron un amplísimo territorio que iba desde los contrafuertes andinos del río Amazonas a las cuentas del Paraguay y del Paraná.

Indio y selva, por tanto, se condicionan mutuamente. Sus relaciones no son naturales, sino culturales, en un complicado tejido de reciprocidades. Los indios sienten y ven la naturaleza como parte de su sociedad y de su cultura, como prolongación de su cuerpo personal y social. Para ellos la naturaleza es un sujeto vivo, cargado de intencionalidades. No es, como para nosotros los modernos, algo simplemente objetual, mudo y sin espíritu. La naturaleza habla y el indígena entiende su voz y su mensaje. Por eso, está siempre auscultando la naturaleza y adecuándose a ella en un juego complejo de inter-retro-relaciones. Encontraron un sutil equilibrio socio-cósmico y una integración dinámica, aunque tuviesen también guerras y verdaderos exterminios, como aquellos de los sambaqueiros y de otras tribus.

Hay sin embargo sabias lecciones que necesitamos aprender de ellos frente a las actuales amenazas ambientales. Es importante entender la Tierra, no como algo inerte, con recursos ilimitados, disponibles a nuestro antojo, sino como algo vivo, la Madre del indio que ha de ser respetada en su integridad. Si un árbol es derribado, se hace un rito de disculpa para restaurar la alianza de la amistad. Necesitamos una relación sinfónica con la comunidad de la vida, pues como se ha comprobado, Gaia ya ha sobrepasdo su límite de sostenibilidad. Si dejamos que todo siga como va y no hacemos nada, las amenazas se van a convertir en una realidad devastadora.
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