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México: ¿Perdimos? 

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Confieso que pequé de iluso. Hasta el último momento mantuve la esperanza de que alguien -desde luego superior a los gerentes que nos tratan de gobernar- impusiera la cordura y proveyera al aseo del proceso electoral, para dar paso a la instauración de un gobierno popular. Craso error: quien realmente manda no podría enmendar su propia plana; fue electo con fraude y reelecto también con fraude. También cometí pecado de ceguera: ví factible que asumiendo el gobierno pudieran transformarse las estructuras caducas de la sociedad mexicana. Nuevo error: Andrés Manuel se pasaría seis años tratando de abrir candados y concitando la más furibunda oposición de los dueños del poder real o, en su defecto, navegando entre un neoliberalismo con ropaje humanista. Para efectos comparativos: un Chávez demonizado, o un Lula alabado.

La Alianza por el Bien de Todos ganó la elección y le fue arrebatada, lo que generó un agravio mayúsculo a la voluntad popular. Este es el afortunado error que la historia habrá de consignar como el parteaguas en el proceso de transformación del país. Al entusiasmo generado durante la campaña electoral -una verdadera movilización- le hacía falta objetivizar el agravio; hacerlo denominador común entre la gente movilizada. No creo que el propio López Obrador lo haya calculado de esta manera, aunque abonó eficazmente para ello. Algunos comentaristas, de los que se guían por el retrovisor, pontifican diciendo que AMLO perdió porque no negoció con los poderosos; que no firmó el Pacto de Chapultepec con Slim; que amenazó a los banqueros con la revisión del Fobaproa; que fustigó a los magistrados por sus salarios excesivos, etc. etc. etc. Muchos decimos que si fuese diferente, si no enarbolara la bandera de la dignidad y la coherencia, jamás hubiese generado la movilización que lo respalda. Hoy el agravio se convierte en el aglutinante y catalizador de la movilización.

Nadie puede prever como se van a lograr las transformaciones, pero está muy claro el como se va a empujar para que se produzcan. La Convención Nacional Democrática convocada para el próximo 16 de septiembre, convertirá una movilización de resistencia en una de exigencia; rebasará la línea de la defensa del voto y de la democracia, para emprender la ofensiva de la transformación de las instituciones; forzará a la creación de una nueva Constitución y una nueva república. Lo más importante: confirmará a todos los pueblos y a todos los sectores que ningún agraviado está solo y, por este solo hecho, se multiplicarán y agravarán los conflictos en todo el país, para los que las causas sobran, para derivar en la ingobernabilidad y en el ejercicio de la democracia directa. Ahora sí que el pueblo se canta:

“con gobierno o sin gobierno
hago siempre lo que quiero
y mi palabra es la ley
no tengo trono ni presi
pero ahora soy el rey”.

Quienes diseñaron las ataduras, con su abuso, se las echaron al cuello. Los arrinconadores de antes, hoy devienen en arrinconados; son los que “triunfaron para perder”, nos arrebataron el destino a quienes para ello habíamos nacido; hoy somos los que perdimos para ganar.

Este juego de palabras, ajustado a la dicharachera popular y vernácula, no es ajeno a la realidad. Quienes cometieron la irresponsabilidad de menospreciar la fuerza de la iniciativa popular organizada, lograron sobrepotenciarla; la vieja estructura priísta del control popular, quedó desvencijada. El México bronco, por tanto tiempo adormilado, ya despertó.

¡No sólo no perdimos, ya nos enseñaron a ganar!

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