Concluida la Segunda Guerra Mundial, las potencias vencedoras todas, excepto Estados Unidos de pésimos antecedentes antisemitas, con sospechosa generosidad, endosaron la decisión británica de crear un Estado judío en Palestina. La recién creada Organización de Naciones Unidas fue el instrumento.
Al adoptar esta decisión, la ONU respondió a una consigna lanzada en 1896 por Theodor Herzl, acerca de la necesidad de crear un Estado propio que pusiera a los judíos a salvo de la discriminación de la que eran objeto en toda Europa, hecho que explica, tanto la acogida por los socialistas, como la indiferencia de los gobernantes europeos y de los judíos acaudalados. Ese enfoque comenzó a cambiar un año después cuando se creó la Organización Sionista Mundial, que endosó la propuesta. Entonces, una quimera.
Ni en sus más dulces sueños, los judíos europeos podían suponer una generosidad como la que después manifestaron los gobernantes europeos, al imponer el insólito acuerdo de tomar un territorio habitado por personas de origen árabe y de otras muchas culturas, partirlo como un pastel para obsequiar con la mejor porción a personas nacidas en Europa y que nunca habían estado en Palestina.
La decisión y la forma en que fue ejecutada por Gran Bretaña y la Agencia Judía, no podían dejar de provocar la reacción de los habitantes y los gobiernos árabes de la zona. El pueblo palestino, entonces carente de una dirección apropiada, no creó su Estado, aunque tampoco pudo impedir que lo hicieran los judíos. En lugar de dos Estados, sólo se creó Israel, que derrotó a los ejércitos árabes y expulsó a los palestinos de sus tierras.
El resto de la historia se relaciona con el martirio de los refugiados y con la lucha heroica de los que no pudieron escapar o decidieron permanecer y luchar por el país en que ellos y sus antepasados nacieron.
Las demandas del pueblo palestino no tienen carácter religioso ni antisemita y tampoco se remiten a remembranzas bíblicas. Se trata de una lucha de liberación nacional que aspira a recuperar las tierras que le fueron asignadas en una decisión, aunque injusta, virtual y construir en ellas su Estado. Los palestinos admiten el derecho de Israel a existir, lo que no incluye una licencia para matar, ni para impedir que se cumpla lo dispuesto por la ONU.
Es cierto que nunca antes una comunidad humana fue tan maltratada como los judíos durante el holocausto, como también lo es que jamás un pueblo fue tratado con tanta generosidad como lo hizo la ONU con los hebreos, al punto de partir en dos territorios, que constituían una unidad histórica, para construirles un Estado. El mundo fue consecuente con Israel, que debe saldar su deuda.
El escenario de la tragedia no puede ser más horripilante: los palestinos no pueden detener a Israel y las potencias del Consejo de Seguridad no quieren, los países árabes pro occidentales están excesivamente comprometidos y los otros, son muy pocos y están absorbidos por sus propios problemas.
En materia de responsabilidades históricas, fue la ONU quien adoptó la decisión de dividir Palestina, generatriz del actual conflicto cuya esencia es que sus acuerdos de entonces son ignorados por Israel. A la ONU y a nadie más corresponde avanzar en la solución del problema.
Es cierto que la ONU, con un Secretario General que parece una sombra, más que un líder mundial, es una nulidad, no obstante es el único instrumento y si ayer formó parte de la solución al drama judío, hoy forma parte de la tragedia palestina.
No hay alternativas. La ONU, o lo que queda de ella, debe ser movilizada por la actividad y la demanda de los países del Tercer Mundo, por la dinamización de la opinión pública mundial, la influencia de las organizaciones internacionales, a quien corresponde detener la mano de la ultra reaccionaria camarilla israelí y poner fin a la matanza en Palestina.
No se trata de los judíos, la mayoría de los cuales ni siquiera viven en Israel.
Artículo distribuido por Argenpress www.argenpress.info
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