Progresismo desde la visión cristiana
por Hernán Narbona Véliz (Chile)
20 años atrás 6 min lectura
A partir del Concilio Vaticano II, participaron en los movimientos de cambio social, representando el catolicismo liberal, que reafirmaba el compromiso cristiano con los pobres. Cuando se incorporan a competir por las vanguardias sociales lo hacen esgrimiendo una utopía cristiana de justicia social y de democracia. La verdad histórica ha mostrado que esa utopía de revolución en libertad estuvo manipulada por intereses conservadores y foráneos, como una forma de frenar el ascenso de los frentes populares, en el contexto de la guerra fría. Así, los cristianos progresistas llegaron a participar junto a los marxistas, en los cambios sociales de la segunda mitad del siglo veinte, lo cual fue para esos sectores caminar una huella empinada, bordeada de acantilados y que representaba un desafío doctrinario muy difícil de aceptar por los sectores conservadores de la Iglesia Católica.
En el umbral de los noventa, se produjo el retorno de los “aggiornados socialistas” desde Europa, trayendo una visión social demócrata de tendencia liberal. El antiguo sector marxista, tras la caída de la URSS, renunciaba al estatismo y no era capaz de redefinir una utopía distinta de sociedad. Pero, tampoco los sectores de visión cristiana fueron capaces de colocar en los gobiernos de la Concertación una orientación que apuntara a un sistema distinto, imbuido de los principios del humanismo, del cooperativismo y de la organización social participativa, cuyas bases fueron la Promoción Popular durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva.
Rescatando una doctrina plenamente vigente, la visión cristiana manda rechazar los materialismos de cualquier signo. En estos términos, plantearse por un nuevo modelo de sociedad es imperativo ya que significa ir contra el pecado social que representa el modelo neoliberal actual, concentrador de la riqueza y generador de una mayor desigualdad social. Pero, además de esta premisa general, es necesario señalar que la actuación del cristiano en política debe ser de compromiso profundo con los valores de humanidad que manda la fe cristiana y que llevan ineludiblemente a la justicia social.
ráctica avalórica que ha implantado el pragmatismo.
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