Socialismo o barbarie: ¡el grito de los pueblos!
por Martín Guédez (Venezuela)
20 años atrás 6 min lectura
Este 4 de noviembre de 2005, en el balneario de Mar del Plata, tenía lugar la eterna confrontación entre dos concepciones diametralmente opuestas de ver la vida. La jubilosa concentración en el estadio mundialista fue, para quien tengas ojos y oídos, mucho más que una concentración de ultrosos, allí estaba una representación vital del alma de estos pueblos. En ellos saltaban, vivaban, reían y cantaban, todos los pueblos pobres de esta América mestiza y explotada.
Podía sentirse la presencia mágica de los TupaC Amarú, los Guaicaipuró, los Bolívar, San Martín, Artigas, Martí, Sandino, Zapata, Zamora, Che. El canto de Mercedes Sosa, la poesía de Neruda y, hasta el fusil y el Evangelio en las manos de Camilo. Allí estaban también, presentes, esta suerte de herederos de la dignidad, en un Chávez inmenso, en el canto de Silvio y en esa magia del barrio jugando fútbol, pateando una pelota de trapo como sólo Dios mismo podría hacerlo, ese mismo, que embriagado en algún momento por el veneno del sistema capitalista jamás perdió la dignidad ni la rebeldía: el 10, el Diego. Allí estaba el pueblo de todos los tiempos.
De modo que allí, en ese estadio, estaba el hombre en toda su grandeza y dignidad. Del otro lado, a unos cuantos kilómetros, el poder, el egoísmo, toda la humana miseria perfectamente representada en ese compendio bien acabado de Hitler, Franco y Pinochet: el enterrador del Imperio: Mr. Bush. Torpe hasta el paroxismo, sólo parece haber sido dotado del instinto asesino.
Los adelantos en el campo de la ciencia y la tecnología han sido tan espectaculares en los últimos años que han permitido, por un lado, hacer reales conquistas que, hasta hace muy poco parecían un sueño, y por otro lado los reajustes del mapa político, con la desaparición de la antigua Unión Soviética y el imperio de los factores de poder basados en la economía de mercado y la globalización de los procesos de intercambio, han puesto en manos del hombre un poder impresionante para intervenir en todos los aspectos de la vida, desde su misma gestación en el laboratorio hasta su extensión.
Este proceso no ha podido evitar que haya sido la cultura de la muerte la que anime en forma cabal, la naturaleza de estas conquistas. Muchas de estas situaciones resultan inéditas, haciendo que sea cada vez más urgente una reflexión moral sobre estas interrogantes. Un desafío particular para los venezolanos protagonistas de excepción del este momento histórico, una enorme responsabilidad. Estamos frente a dominios que reportan grandes beneficios a la humanidad pero que también son una amenaza cierta a su dignidad y naturaleza. La misma cultura ha provocado un cambio de mentalidad para el análisis de estos problemas, subrayando ciertos aspectos que quizás antes no teníamos en cuenta. Hay una sensibilidad distinta, propia del ambiente y de las condiciones históricas que estamos viviendo. Resultando lógico, por tanto, que ciertos valores se perciban con una óptica distinta o que se maticen hasta desvirtuarlos, una prueba de esta desvirtuación la tenemos en la voz de la Iglesia, resulta paradójico que esa institución que representa la preeminencia del amor, en la práctica, esté siempre colocada del lado oscuro de la reflexión.
El hombre no puede vivir sin amor. El permanecer para sí mismo lo hace un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. En esta dimensión el hombre encuentra la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad, es en la dimensión social de la vida donde el hombre verifica su razón y grandeza. Los valores del socialismo hacen plena la naturaleza humana. La moral socialista es la respuesta. Nos urge construir esa moral socialista.
Esta moral está llena del principio de respeto a la vida y el amor que anima y justifica la misión del ser humano en el mundo. Allí encuentra razón para la certeza de sus ideas. El hombre actual, bajo el capitalismo, vive amenazado por las mismas cosas que produce y que lo conducen a formas de alienación caracterizadas por el olvido o arrinconamiento de los principios de moral que deben orientar toda la vida humana. Este parece ser el más grande drama de la humanidad contemporánea. Lo que crea, no estando animado por un principio de valoración moral, termina volviéndose contra sí mismo:
El respeto a la vida humana aparece como el principio fundamental de la moral socialista. Es una exigencia básica del sentido común, ya que sin esta exigencia básica no hay posibilidad de convivencia entre los hombres. Es un principio universalmente aceptado –a pesar de que se produzcan innumerables atentados- que la vida humana debe ser defendida y respetada por todos. Todas las demás exigencias morales resultan inútiles si se falta a este principio moral fundamental. A pesar de la universalidad del concepto, el hombre encuentra, bajo la cultura del egoísmo capitalista, las formas para violarlo sin que esta violación constante y consecuente lo cuestione. Esta ausencia de pesadumbre moral indica la urgente necesidad de su presencia. La moral condena todo atentado contra la vida humana, sea esta propia o ajena. La tradición apoya el fundamento de este principio moral en dos dimensiones absolutamente imprescindibles:
a) Todo ser humano, por inclinación natural, se ama a sí mismo, tiene amor propio, y esto hace que utilice cualquier medio por conservar aquello que ama. Cualquier atentado contra la propia vida es un atentado contra el amor.
b) Esta ofensa contra el amor se realiza también cuando el atentado tiene como objeto la vida de otro. La vida de cada persona es un bien común. Maltratar, apoderarse, quitar o menguar, de cualquier forma esta vida que no nos pertenece es una forma brutal y radical de robo.
En Mar del Plata hubo más que la confrontación histórica entre explotadores y explotados, entre el imperio y las colonias. En Mar del Plata se confrontó el sentido profundo de la vida humana. Socialismo o Barbarie, amor o egoísmo, paz o guerra.
Artículo publicado por Argenpress
Artículos Relacionados
Parte de Brasil está compuesta de “burros trágicos”
por Leonardo Boff (Brasil)
7 años atrás 4 min lectura
La agenda de Bariloche: Repercusiones de la Cumbre de UNASUR
por Jorge Rojas (Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por la Paz)
17 años atrás 4 min lectura
La troika oriental y la impunidad
por Emilio Cafassi (Argentina)
16 años atrás 7 min lectura
Las voces sensibles del Sahara ocupado le hablan al Mundo
por UPES (Sahara Occidental)
21 años atrás 3 min lectura
Winfried Hempel, denunciante de Schäfer: Tasación de excolonia Dignidad “no calza por ningún lado”
por Viviana Candia (Chile)
12 horas atrás
01 de abril de 2026
Colonia Dignidad es un problema no resuelto, porque nadie toma el toro por las astas. Si se sigue por ese camino, el asunto se judicializará por los próximos 15 años. La vía correcta seria una ley de reparación, que puede incluir que el monto sea pagado directamente a las víctimas.
«Me estremezco de indignación cuando veo que dicen «Irán no es Venezuela», «Cuba no es Venezuela»»
por José Sant Roz (Venezuela)
1 día atrás
31 de marzo de 2026
¡Me avergüenzo de ser venezolano! ¡Me avergüenzo de eso: ser hijo de Bolívar! Me estremezco de indignación cuando veo que dicen «Irán no es Venezuela», «Cuba no es Venezuela». ¿Y qué coño somos entonces nosotros, una banda de hijos de puta? ¿Seremos acaso, una partida de cobardes, de vendidos y habladores de sandeces? ¡De traidores!
Homenaje a José Bengoa
por Tomas Moulian (Chile)
6 días atrás
26 de marzo de 2026
Un gran académico el cual merece este y otros homenajes. No deben olvidarse sus numerosos aportes al conocimiento de la historia de Chile, en especial del pueblo mapuche.
Carta de solidaridad del colectivo de estudiantes saharauis formados en Cuba
por Colectivo de Estudiantes Saharauis formados en Cuba
1 semana atrás
23 de marzo de 2026
Desde nuestra experiencia como estudiantes acogidos por la solidaridad revolucionaria de Cuba, damos testimonio de su compromiso con los pueblos del mundo, especialmente con aquellos que, como el pueblo saharaui, luchan por su libertad y justicia.