La poesía o el nihilismo del último hombre
por Andrés Boiero (Argentina)
21 años atrás 4 min lectura
Estamos inmersos en el vacío del concepto. Atravesados por espacios virtuales, tiempos paralelos, comunicaciones satelitales, el hombre sigue siendo un lobo para el hombre (homo homini lupus) (1).
La humanidad esta saturada de “humanidad”. El sentido de lo humano ha hecho florecer un mundo guiado por los artificios del consumo. Somos lo que tenemos, comemos o mostramos, lo demás es silencio o plagio.
Ya no encontramos respuestas a nuestra desesperada ansia de inmortalidad: los altares se han despedido de sus santos y el lenguaje bíblico se extingue en parodias poco felices. Lo apolíneo, se ahogó en su océano de mármol. Todo parece indicarnos que el hombre de este siglo esta sentado sobre la meseta de si mismo y que ha perdido el rumbo prefijado por la historia. Estamos paralizados dentro de la fugacidad.
La combustión de las palabras no lograron derretir la daga que tenemos atravesada en el corazón. Sangramos vida, pasión, llanto.
El temor de los místicos es que lo oculto despierte. Sin embargo, el nuevo amanecer de los hombres brillará sobre otros jardines. Estos serán simplemente volúmenes imaginarios donde la palabra cederá su lugar y dejará que el lenguaje poético cobre vida. La poesía será el nuevo hilo conductor de los sentidos. Frente al abismo, lo poético resurgirá desde la raíz misma de la creación hasta adquirir su carácter mágico.
Pero… ¿Qué significa volver a lo poético? ¿O cómo entender lo poético desde la bastedad del ser?
Desde ya rechazo esta conjetura de los iluminados: “… para superar la racionalidad primero hay que haber atravesado todo el camino de lo racional”(2).
El hombre como ser finito carece de reversibilidad, los años nos saludan desde sus huellas: sólo basta un profundo parpadeo para entender que la razón ha producido monstruosas deidades.
La razón es una estalagmita más dentro de la caverna humana. Quien quiera escarbar sus caries con sus filosas dudas que lo haga. Nadie se lo impedirá. El dios de los maldecidos estará complacido.
Nuestra senda es enfrentar el horror de la belleza con la espada de la poesía. Debemos preguntarle a la muerte dónde ha olvidado sus guantes. Tenemos que atravesar la gruta de lo humano para llegar a nosotros mismos.
Lo poético no vive en la firmeza de la metáfora o en la perfección del hexámetro. Lo poético esta ligado a la destrucción y al nacimiento, palpita en el polen y en la espina o en la gota de rocío empujada por la levedad del suicidio. Lo poético es el embrión del alma universal.
Pocos filósofos han entendido a la poesía como un talud. Como un ocaso inevitable. Como un glaciar que se aleja maldiciéndonos. Ahí germina lo poético: en el binomio maldad- bondad que tanto aterra al enclaustrado homo sapiens. Aquí fue a donde a Kant se le derrumbó su castillo de naipes. Cuando entendió que los hombres pueden elegir libremente el camino de lo malo sin estar regido por ninguna ley racional. Hegel soliviantado quiso dar otra explicación: “el conocimiento es una herida que se cura a sí misma”
La poesía es una cicatriz en la cara de la vida.
¿Por dónde empezamos?
Incendiemos nuestra propia Roma. Contemplemos desde un palco la caída de las máscaras.
¡Derrumbemos! ¡Temblemos! ¡Transformemos! ¡Tiritemos frente al sol! ¡Ardamos en el hielo! Sólo así, vamos a encontrar la equimosis de lo poético.
Cuando miremos un árbol y veamos un alfabeto, cuando invoquemos a la luna ebrios por el néctar de su melena blanca, estaremos en la tierra de la poesía. Y a partir de ahí, se abrirán un sin fin de senderos que desde siempre estuvieron en nosotros mismos. Quizás nos crucemos en alguna parte. O encontremos un refugio. Infinitos serán los peregrinos e infinitas serán sus plegarias. Pero les advierto: nadie los consolará.
Los caminos serán de piedra y espejos. Y el lenguaje: el de los lobos.
Quien quiera dejarlo todo y correr detrás de la belleza que lo haga. Quien no, seguirá durmiendo en Pompeya esperando que el Vesubio lo despierte con su lengua de tormentos.
Yo he partido antes de haber nacido y todavía sigo sin encontrar el primer recodo.
¡Brindo con la mejor de la uvas!
¡Salud! Belleza…
¡Salud!
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