Hoy, 19 de septiembre de 2016, ¿valientes soldados?

La llamada Guerra de la Independencia no fue más que una guerra civil entre españoles peninsulares y los nacidos en América. Francisco Antonio Encina,  historiador plagiario, afirma que esta verdad es de Perogrullo. El jefe del ejército chileno se formó de la leva forzosa de los peones, a punto de lazo y violencia. En Chillán los mapuches se aliaron con  los bandidos Pincheira y los Benavides, pues previeron muy bien que el  ejército chileno iba a mostrarse más despiadado  que los mismos españoles.

Después de la abdicación de O´Higgins, que no tuvo nada de generosa ni patriótica, como la presentan los mitólogos historiadores, y sólo fue la  caída de un tirano, el ejército estaba dirigido por el general liberal Ramón Freire, (1830), quien después de múltiples traiciones por parte de los primos Joaquín Prieto y Manuel Bulnes,  fue derrotado en la batalla de Lircay.

El tirano Diego Portales no sólo desterró a Freire, sino que también solicitó al consejo de guerra que decretara el fusilamiento de los principales generales que habían luchado por la independencia de Chile, por el solo hecho de ser liberal. Con toda razón, el historiador Gabriel Salazar define como un tiranicidio el fusilamiento de Diego Portales, que tuvo lugar en el Cerro Barón (Valparaíso).

La Guerra del Pacífico, (del nitrato), 1879-1883, no fue ganada por los militares, que tenían por jefe a un general sumamente básico, Manuel Baquedano, cuya única estrategia era atacar a bayonetazos sin importar la muerte de los soldados, sino que fue lograda por los ministros del gobierno de Aníbal Pinto, Rafael Sotomayor y, posteriormente, por José Francisco Vergara, ya que fueron capaces de planificar la logística fundamental para ganar la guerra, sumado al valor de los mineros, que no contaban con formación militar propia de los soldados profesionales.

En otro escenario, en el sur del país, la llamada “pacificación de la Araucanía” no fue otra cosa que un verdadero genocidio en contra de los pueblos mapuches perpetrado por el ejército chileno, que no sólo diezmaron gran parte de la población,  sino que también les expropiaron millones de hectáreas de las mejores tierras. No sólo los militares fueron bestiales en la persecución de los pueblos originarios: da pena leer los textos del historiador Benjamín Vicuña Mackenna al despedirse, en forma despectiva, de los mapuches y justificar la matanza en favor de la civilización y del progreso. Si leemos al ex Presidente argentino, Domingo Faustino Sarmiento, encontraremos similares referencias a los mapuches de la Patagonia. En general, siempre será una mácula de estos “cultores del progreso” a costa de la cruel  aniquilación de los pueblos originarios.

A comienzos del siglo XX el ejército chileno, al servicio de la oligarquía,  fue el principal protagonista de la matanza de los obreros que pedían justicia social. De 1890 – la gran huelga general durante el período de José Manuel Balmaceda – hasta 1920, se suceden las manifestaciones obreras: la Sudamericana de Vapores, en Valparaíso, la huelga de la carne, en Santiago, la Plaza Colón, en Antofagasta, La Escuela Santa María de Iquique. El número de muertos en cada una de estas manifestaciones es muy difícil de calcular, pues los diarios oligárquicos de la época bajaban el perfil, la importancia y el número de masacrados en dichas concentraciones populares.

Para el ministro del Interior del gobierno de  Pedro Montt, Rafael Sotomayor, los obreros del salitre eran “los mejor pagados del mundo” y que sólo se rebelaban por la labor de agitadores foráneos, anarquistas y comunistas. El general Roberto Silva Renard participó en varias de estas carnicerías, pero es más conocido por la Matanza de Santa María de Iquique, en que murieron más de 2.000 obreros. Posteriormente, este militar sufrió un atentado en Santiago, en la calle Rondizzoni, por parte de Antonio Ramón y Ramón,  hermano de una de las víctimas de la masacre de Santa María de Iquique.

En el año 1924, los militares, hacía varios  meses que  no recibían  sus sueldos, pues la caja  fiscal estaba vacía. Por primera vez los senadores discutían la dieta parlamentaria – antes vivían de las rentas de sus fundos y no requerían sueldos -, lo cual provocaba la ira de los oficiales, que hicieron sonar los sables en las tribunas del senado. Aquí se inicia la primera intervención militar, que tendría distintos avatares: la dictadura de Carlos  Ibáñez del Campo, (1927- 1931); la rebelión de la Armada (1931), la República Socialista de los 12 Días; los Cien días de Carlos Dávila; la Vicepresidencia de Abraham Oyanedel, y terminando este período con la elección de  Arturo Alessandri, en 1932.

Los testigos de la caída de Ibáñez (1931) recuerdan que ni los militares, ni los carabineros se atrevían a salir a la calle por temor a ser apaleados por los civiles, en su mayoría pertenecientes a la oligarquía – incluso, los jóvenes de la  Universidades Católica y de Chile dirigían el tránsito; se sabido que el Club de la Unión enviaba sus ricos almuerzos a los estudiantes que se habían tomado la Universidad Católica  y, de esta manera presionar la salida del “Cara de Alicate” Ibáñez -.

El ejército y carabineros seguirán siendo un instrumento de la oligarquía para reprimir a los “rotos” alzados, en este caso, en la Matanza de Ranquil y, anteriormente, en San Gregorio y La Coruña, como también a los jóvenes del Partido Naci (con c para diferenciarse de los alemanes). No cabe duda de la responsabilidad del Presidente Arturo Alessandri en la masacre del Seguro Obrero, pues dio la orden directa al general de Carabineros, Humberto Arriagada.

Durante  el gobierno de Eduardo Frei los militares nuevamente se hacen presentes en el famoso “tacnaso”, la toma del Regimiento de Tacna, encabezada por el general Roberto Viaux Marambio, y apoyado por la derecha e, incluso, por un sector del Partido Socialista – desde Marmaduque Grove ha tenido ciertas desviaciones militaristas -.

En el gobierno de Salvador Allende recordamos el “tanquetazo”, que fue el preámbulo del golpe militar de 11 de septiembre de 1973. A partir de este momento el ejército se transformó las fuerzas armadas de ocupación, cuyo único objetivo era asesinar, torturar y hacer desaparecer a sus mismos compatriotas e instalar el terrorismo de Estado como arma letal, para servir a la plutocracia que aún está en el poder, gracias a la fuerza de las armas y  del servilismo de los yanaconas de siempre.

Hay que ser muy cobarde para matar civiles desarmados y en total indefensión, por consiguiente, no hay gloria qué conmemorar  es esta fecha.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

19/09/2016

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