Carta al almirante Edmundo González: El criminal «error» de la Armada
por Tito Tricot (Chile)
17 años atrás 4 min lectura
A veces faltan palabras para llorar o lágrimas para hablar. Es como si la garganta se escarchara de espanto y el alma crepitara de fuegos antiguos, pero de a poco, por entre las fisuras del corazón, asoma la palabra precisa para gritar el dolor y la rabia ante una tragedia que pudo haberse evitado. Por ello escribo desde la profunda ira que provoca la muerte de centenares de inocentes, porque tú almirante, con toda tu tecnología, con toda tu Armada, con toda tu oceánica arrogancia, fuiste incapaz de alertar al país de un posible maremoto. Y luego vinieron las excusas, las acusaciones mutuas con el gobierno, las medias verdades o impúdicas mentiras para ocultar lo inocultable: que se le falló al país en un momento crucial; país que, ingenuamente, confío en la eficiencia de la marina.
Y, la verdad, poco importa a estas alturas que se haya destituido al director del Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada SHOA o que haya renunciado la directora de la Oficina Nacional de Emergencia del Ministerio del Interior ONEMI, pues los muertos y los desaparecidos seguirán vestidos de mar a la fuerza. Porque tú, almirante, con toda tu tecnología, con toda tu Armada, con toda tu oceánica arrogancia, guardaste criminal silencio mientras la noche se tornaba más oscura cuando el mar se atiborraba de los sueños, las manos, los ojos y las esperanzas de gente sorprendida por la furia azul. Porque el mar es así y, por lo mismo, hay que cuidarse de él y tú, almirante, tenías la misión de hacerlo, pero no lo hiciste. Y eso duele, como chileno, como mapuche, como humano, como porteño de nacimiento que ama el mar y que sabe que, a fin de cuentas no es culpa de éste que sólo hace lo que ha hecho desde tiempos inmemoriales. Además, como marino terrestre, más de alguna noche de luna llena, como aquella del terremoto, creí ver en lontananza galeones antiguos y escuchar cristalinas las risas de la sirena y el capitán mientras hacían el amor sin pausa ante la mirada asombrada de narvales gigantes y pudorosos caballos de mar.
Pero nada de eso puedo sentir hoy, sólo el llanto quedo de los desaparecidos que horadan el alma, quizás buscando en la bruma un trozo de luz para calmar la angustia de sus seres queridos y de un país herido. Porque tú, almirante, con toda tu tecnología, con toda tu Armada, con toda tu oceánica arrogancia, ignoraste todas las señales, todas las alarmas, todos los indicios, desafiando al océano. De alguna manera, con o sin querer, llamaste a la muerte que golpeó sin piedad a pueblos enteros, sembrando destrucción y pavor.
Y claro, en otros tiempos dolorosamente cercanos, la Armada también llamó a la muerte y se sumió para siempre en la vergüenza al asesinar, torturar y hacer desaparecer a compatriotas. Nadie me lo contó, yo estaba ahí. Y tú también almirante, aunque eras sólo un joven cadete. Y los cadetes torturaron en la Escuela Naval y en el estadio Valparaíso a prisioneros indefensos. Como lo hicieron oficiales y tropa en la Academia de Guerra Naval y en muchas otras reparticiones de la marina. No se si tú también torturaste, lo que sí se es que en algún momento fuiste comandante del buque escuela Esmeralda donde se asesinó al sacerdote Miguel Woodward. Y lo negaron – y lo negaste – por décadas, hasta que una valiente jueza, Eliana Quezada, logró desentrañar la verdad y procesar a más de una veintena de altos oficiales de la Armada involucrados en el asesinato. Un poco de tardía justicia y un campanario de esperanza, como la inmensa solidaridad desplegada en todo Chile por héroes anónimos para ayudar a las millares de victimas del terremoto y maremoto cuando tú almirante, con toda tu tecnología, con toda tu Armada, con toda tu oceánica arrogancia, fuiste incapaz de alertar al país de un posible maremoto
Probablemente nada de esto te conmueva, ni los desaparecidos de hoy ni los desaparecidos de ayer; lo más probable es que no leas estas líneas o que esgrimas el manido discurso de que hay que olvidar el pasado hasta el próximo golpe de Estado o acaso hasta el próximo maremoto. Es que no puedo olvidar que para miles de hombres y mujeres nada será jamás igual después de aquella noche infernal en que tú, almirante, de algún modo, llamaste a la muerte.
– El autor es sociólogo, Director del Centro de Estudios de América Latina y el Caribe, CEALC, Chile
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