Carta de Bernardo Leighton a Eduardo Frei Montalva (26 de junio de 1975)

La Carta de Leighton a Eduardo Frei Montalva  está muy marcada por las aluciones que el primero hace a la carta que Frei envió a Mariano Rumor, pocas semanas despues del Golpe. En nuestro afán de mostrar un pequeño retazo de la historia hemos publicado tambien esa carta, la cual Ud. puede leer desde este link: Carta de Frei a Mariano Rumor
La Redacción de PiensaChile



Roma, 26 de junio de 1975

 

Señor Eduardo Frei M. Santiago, Chile

 

Querido Eduardo:
Mientras preparaba mi nueva carta en contestación a la tuya, de fecha 22 de mayo, me han llegado las informaciones sobre tu espléndida entrevista de «Ercilla», por la que te felicito sinceramente, como también por la que publicaste en «Nuevas Fronteras» y tienes la amabilidad de acompañar a tu carta. En razón de estas entrevistas he estado a punto de no volver a nuestra polémica epistolar a cambio de limitarme a la búsqueda de lo que puedan y deban tener de común nuestras actuaciones presentes y futuras; creo, sin embargo, que es útil prolongar algo más nuestro debate, dentro del espíritu en que lo hemos enmarcado.

 

Pág. 1 – Prs. 1, 2, 3. Tu respuesta frente a la interpretación mía de la declaración sobre la expulsión de Renán revela que no la has entendido, tal vez, porque me faltó precisión. En efecto, yo no te he supuesto ideas, actitudes o afirmaciones. Simplemente sostuve y sostengo que esa declaración (la declaración, no tú) manifiesta, a mi juicio, confianza en que los actuales ocupantes del poder puedan ser el centro de la reconciliación entre los chilenos. Estas palabras nunca las atribuí a ti, puesto que son mías y tal es, obviamente, el sentido con que las aludí en mi carta anterior. La interpretación de la declaración no la deduje pues de estas palabras sino de su texto, varios de cuyos acápites implican la idea de producir reconciliación y concordia internas, en torno a la actual dictadura, y llegan a señalar que la medida contra Renán pudo ser la obra de elementos incrustados en el Gobierno, empeñados en buscar una situación de conflicto irremediable. Fueron estas expresiones y otras de alcances semejantes las que dieron base a mi interpretación. El recuerdo que te hice de anteriores actuaciones y declaraciones tuyas no tendía a fundamentar mi interpretación que se sustentaba, repito, en ella misma; estaba destinado a explicarte el motivo por el cual me parecía que no debía desconcertarte tanto, ya que mi interpretación no se contradecía con lo que tú habías dicho o hecho con anterioridad. Eso fue todo.

 

Pág. 2 – Prs. 2, 3, 4. Siguiendo el orden de tu exposición dices: «El origen de donde derivan todas nuestras diferencias reside en una visión fundamentalmente diferente de lo que pasó en Chile en los años de la Unidad Popular. Si yo parto de la base de que el gobierno de la UP no violentó las leyes ni la Constitución, que a ojos vista no estaba preparando un golpe dictatorial marxista-leninista, que no se manifestó reiteradamente un gran desprecio por la democracia formal y burguesa, que no se creó en el país un clima de odios insuperables, y no se llegó a la destrucción de la economía que acarrea inevitablemente el trastorno político, no hay nada que decir. Si, por el contrario, ocurrió todo eso y mucho más, como lo pienso, no hay manera de entenderse». Planteado el dilema en estos términos tendrías hipotéticamente la razón; pero ocurre que el dilema está mal planteado. Voy a explicarme:

 

a) «Si yo parto de la base de que el gobierno de la UP no violentó las leyes ni la Constitución». No es este mi criterio; por algo concurrí con mi voto a todas las acusaciones constitucionales que presentó el Partido, porque ésta era una de las armas legítimas que teníamos en nuestras manos para obtener la rectificación de la política del gobierno, que en muchos casos se obtuvo.

 

b) «que a ojos vista no estaba preparando un golpe dictatorial marxista-leninista». Efectivamente siempre pensé que el Gobierno no estaba preparando ese golpe, contrariando los fines de la extrema-izquierda y de ciertos elementos directivos del Partido Socialista, muchos de los cuales hicieron públicos sus ataques a Salvador Allende por este motivo.

 

c) «que no se manifestó reiteradamente un gran desprecio por la democracia formal y burguesa» . Este hecho es evidente; pero no me parece realista ubicarlo exclusivamente en el campo de la Unidad Popular, puesto que, hasta en nuestro Partido, hubo apreciaciones similares (que tú y yo, entre otros, constantemente combatimos), y para qué decir en el Partido Nacional donde se llegó al extremo de plantear oficialmente la desobediencia civil, como si el Gobierno de Allende fuera una dictadura y no un Gobierno Constitucional.

 

d) «que no se creó en el país un clima de odios insuperables». Para no radicar en la UP toda la responsabilidad de la creación de este clima, basta volver la mirada al slogan acumulemos rabia publicitado por «La Segunda», a los comentarios y crónicas de «La Tribuna» y al grito de guerra de la juventud del P. Nacional: ojo por ojo, diente por diente.

 

e) «y no se llegó a la destrucción de la economía que acarrea inevitablemente el trastorno político». ¿Quién puede negarlo aun cuando exageres el juicio?; pero al propio tiempo, ¿quién puede negar a su vez que los grandes intereses de adentro y de afuera del país, del capitalismo imperialista, que es un hecho en el mundo de hoy, aprovecharon y explotaron los errores de la UP, para actuar de una manera insensata, que tú mismo en más de una oportunidad condenaste?

 

En resumen, las dos visiones de lo que pasó en Chile en los años de la Unidad Popular, conforme a tu descripción, no son dilemáticas pues recíprocamente se interfieren, concordando o discordando, entre ellas, lo que, por tanto, no sirve para señalar el sitio de nuestras discrepancias, que debemos buscarlo a través de otras reflexiones.

 

Declaras que no te interesa discutir aquí las intenciones del Presidente de la República, lo que por mi parte tampoco, ahora, voy a discutirte; pero no considero razonable afirmar que lo haces porque los hechos históricos y políticos se juzgan por lo que realmente ocurrió y no por la interpretación de cuál sería el estado de ánimo de personas que se estiman o se quieren, toda vez que el fondo de tu argumentación pretende justamente demostrar que la intención del Gobierno sería llevar el país hacia una dictadura de extrema izquierda para lo cual señalas algunos hechos que la justificarían y callas otros que prueban lo contrario, aparte de que también fue un hecho histórico, no el golpe dictatorial marxista-leninista, sino el golpe dictatorial fascista.

 

Con todo, estimo conveniente analizar el origen de nuestras diferencias que nos han colocado, todavía hoy, en posiciones tan distantes. Creo que ese origen estaba en que para ti el golpe resultaba inevitable, al paso que para mí siempre fue evitable y nos obligaba a hacer lo inhumano por evitarlo. Tú partías, a mi juicio, de un concepto de fatalismo histórico, opuesto a nuestra doctrina, que siempre supone la libertad en los hombres y en los pueblos, y a nuestra política, desde los tiempos de la Falange, contraria a los extremismos de derecha y de izquierda, caracterizados precisamente por sus concepciones fatalistas. Partiendo de esta premisa, tus actuaciones posteriores fueron consecuentes y afectadas de su error conceptual.

 

o partía de la premisa contraria, y pienso, a mi vez, haber actuado en consecuencia. Al final los hechos nos dieron a los dos parcialmente la razón: a mí porque no vino el golpe de extrema izquierda, pero no fue evitable el de extrema derecha; a ti porque vino el golpe, pero no como tú lo imaginabas, ni con los horrores que iba a desencadenar.

 

Por eso, es conveniente la reflexión sobre estos acontecimientos, no sea que tú o yo estemos repitiendo o próximos a repetir equivocaciones similares, que de alguna manera puedan contribuir a hacerle mucho daño a Chile. Y al Partido.

 

Pág. 2. Pr. 6, Pág. 3 Prs. 1, 2. Recuerdo perfectamente tu respuesta a la TV con ocasión de la ceremonia en la Gratitud Nacional. Habría preferido, sin embargo, no verte en ese sitio, como por fortuna no volví a verte más en oportunidades semejantes. Precisamente, por tu calidad de ex Presidente, tu presencia valía inmensamente más que tus palabras y que tu actitud posterior al acto, frente a la Junta, que ya empezaba a demostrar sus intenciones. Por todo esto, me produjo mucha pena observar que yo había tenido el honor de ser ministro de dos de los ex Presidentes asistentes y del padre del tercero. A nadie le faltan motivos para sufrir, Eduardo, en las circunstancias que estamos viviendo.

 

Pág. 3. Pr. 3. Me alegra que tengas dudas respecto a tu declaración formulada cuando la dictadura clausuró el Parlamento. A Lucho Pareto, que la firmó junto contigo, como Presidente de la Cámara, le comuniqué verbalmente, en esos días, lo que yo pensaba acerca de esa declaración, expresándole además mi pesar y mi protesta. A propósito de Lucho, debo decirte que estuvo a verme aquí en Roma y, con gran calidad humana, me dejó de recuerdo el pequeño Tricolor que tenía sobre su mesa de trabajo en la oficina de la presidencia.

 

Pág. 3. Prs. 4, 5.Te cité tu entrevista en el ABC porque, con excepción de tu categórico desmentido en cuanto a Salvador Allende, en el resto la entrevista corresponde sustancialmente a lo que yo mismo te oí sostener en Santiago, antes y después del golpe militar.

 

Pg. 4-Prs. 2, 3, 4. Tocante a tu carta a Mariano Rumor y a tu prólogo del libro de Genaro Arriagada, los justificas en tu obligación de defender a la DC Chilena, ante la propaganda marxista en el exterior, y a la necesidad de reponer la verdad histórica de lo acontecido en Chile, debo decirte dos cosas.

 

La defensa de la DC Chilena también, por cierto, he debido hacerla yo, aquí en Europa, y no exclusivamente en presencia de ataques de la izquierda, sino ante elementos pertenecientes a los PDC europeos, que sólo conocían directamente de la DC de Chile las declaraciones oficiales, después del golpe, la Carta Informativa N° 20, y los informes verbales de Carmona, Hamilton y Krauss. Algunos habían leído la declaración que hice, con otros parlamentarios y dirigentes DC, el 13 de septiembre. Pero, tu carta y tu prólogo, si bien no los destinabas intencionadamente a defender el golpe y la dictadura, una y otro sirvieron, sobre todo el prólogo, publicado en Chile, casi al año del golpe militar, para defender a éste y justificar a aquélla, todo lo cual formará también parte de la realidad del proceso histórico cuando llegue el momento de escribirlo.

 

Entretanto, todas las opiniones que podemos dar, en pro o en contra, tienen igual valor como antecedentes emanados de personas que los hemos vivido, en no escasa medida, en calidad de actores. Y estas apreciaciones te las expreso, como siempre lo hice antes, de acuerdo a mi manera de hablar y de escribir, al margen de un objetivo, que sería inútil y mezquino, de juzgarte, de acusarte, y mucho menos de agraviarte.

 

Dios ha de permitir, por otra parte, que el Partido, en cuyo nacimiento tuvimos algo que ver, se prolongue más allá de nuestras vidas y estos debates nuestros aprovecharán, seguramente, a quienes necesitarán mañana saber qué sucedió en el interior de nuestra experiencia personal y partidista.

 

Nuestros defectos quien mejor que cada uno de nosotros los conoce y ni tú ni yo nos hemos dedicado nunca a apuntarlos con acuciosidad o a destacarlos con esmero. Lo que hemos hecho ha sido y es, en estos instantes, analizar mutuamente nuestras actuaciones políticas, dentro de las cuales cometer errores no es un defecto y, por consiguiente, señalarlos no es un agravio inaceptable; todo lo contrario, es como tú dices una prueba de verdadera amistad.

 

Con este espíritu recojo y contesto los cargos que me formulas en tu carta.

 

Pg. 7 – Prs. 1, 2. Por lo demás, tú pareces olvidar otra cosa. Hubo varias reuniones del comité político a las cuales asististe tú, Tomic y otros personeros y yo también y con la aprobación unánime de la comisión política se señaló la necesidad de un gabinete en que estuvieran las FF.AA., pero se decía claramente y yo no era miembro de la comisión que no con unos dos o tres ministros superpuestos manteniendo toda la estructura administrativa inferior (subsecretarios, etc.), porque eso se consideraba un peligro y un error.

 

Más aún, hubo una declaración oficial de la comisión política al respecto. No olvido esa reunión y muchas otras. Pero, justamente, ese acuerdo que yo compartí planteaba la participación de las FF.AA. en el Gabinete con franco respaldo presidencial y reales posibilidades de acción eficaz. Era, no obstante, evidente la necesidad de caminar con cautela (el 11 de septiembre demostró hasta dónde esa necesidad debía estar presente. Tú dices que se trataba de una maniobra de Allende. El hecho es que Pinochet ha confesado que, desde el 20 de marzo, estaba comprometido con otros ocho jefes militares a derrocar al Presidente de la República).

 

No era, en consecuencia, lógico decapitar de inmediato la administración para entregarla a los militares y estoy seguro de que ninguno en el Partido sostuvo ese desacertado criterio. El Presidente habría tenido que estar loco para aceptarlo. Tus críticas, pues, sólo contribuyeron, cualesquiera que fueran tus intenciones, a agravar la tensión existente y a precipitar la catástrofe. Claro que para proceder de otro modo era indispensable no abrigar en la mente la inevitabilidad del golpe militar, elemento clave, en mi concepto, de tu equivocada actitud reflejada en tus declaraciones de esa época.

 

No trato de sacudirme de culpas, buscando en ti un chivo expiatorio. Jamás he negado la responsabilidad que todos los políticos chilenos, yo entre ellos, tuvimos en los hechos que precedieron, no que justificaron, el 11 de septiembre. Así lo he sostenido en repetidas ocasiones públicas y no públicas, de palabra y por escrito.

 

Pg. 7 – Prs. 3, 4. “Es un asunto nimio. Refiriéndote a mi afirmación de mi carta anterior en la que te indicaba el error de suponerme en actual exilio voluntario», escribes: «La verdad es que en el carácter de proceso que le has dado a mi carta, cometí un error. Podría invocar para él el que no me fijé atentamente en su redacción, puesto que comenzaba por decirte que considero una infamia que se te niegue volver a tu Patria». No es cuestión de hermenéutica, tampoco en este caso, porque en ninguna de tus dos cartas primeras aparece que atribuyas a una infamia de la dictadura mi permanencia en Europa. No es, consecuencialmente, el carácter de proceso que concedes a mi carta lo que te presenta cometiendo un error de hecho, por el cual desde luego agradezco tus excusas.

 

Pág. 7 – Prs. 5-/8, íntegra copio: «los que creyeron posible la colaboración, nunca recibieron una proposición seria y aceptable. Esto no es verdad, e incluso tengo escritos los hechos que demuestran lo contrario. Que la gran prensa guardara silencio o tergiversara, es cuento aparte» (tomado todo este párrafo de mi carta anterior, reproducido por ti), y agregas: «yo no puedo saber cuáles son los hechos a que tú te refieres mientras no los des a conocer. Desgraciadamente en los años de la Unidad Popular tampoco tuve ocasión de conocerlos, lo que lamento profundamente, pues creo que tenía derecho a estar informado en una materia tan trascendental».

 

Las cosas no fueron así. Tú estabas informado en algunos casos y en otros debieron informarte. Vas a verlo. La legalización de la Central Unica de Trabajadores y la reforma de la ley fundamental de la Universidad del Estado, fueron hechos públicos y en ambos casos las soluciones encontradas nacieron de proposiciones de Gobierno, que se debatieron en las Comisiones del Senado o fueron ampliamente publicadas.

 

Las conversaciones oficiales del Gobierno con la DC, por iniciativa del primero, en el invierno del año 72, sobre el área de propiedad social, la participación laboral, las intervenciones en las empresas, las empresas de trabajadores, etc., en base a proposiciones del Gobierno y nuestras, llegaron a concretarse en acuerdos que, en opinión de la Comisión que nombramos para el trabajo respectivo, cubrían más del setenta por ciento de las materias en debate.

 

Es cierto que no tuvieron éxito las iniciativas de Radomiro y de Narciso y que fracasaron las conversaciones Allende-Aylwin. Todo aquello fue una gran lástima. Pero la responsabilidad no corresponde íntegra a los actores directos. El clima de sospechas, insidias, flechas lanzadas desde las sombras (en frases de don Rafael Luis Gumucio), inteligentemente fabricadas por la extrema derecha, con la torpe e inconsciente colaboración de la extrema izquierda, dificultaron más allá de lo previsible la salida sensata.

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A pesar de todo, después del fracaso de las conversaciones Allende-Aylwin, se reiniciaron conversaciones privadas, con conocimiento y aceptación de Patricio (quien no puede haber dejado de informarte), entre personeros del Gobierno y de la DC. Renán y yo estuvimos como interlocutores, fuera de dirigentes, universitarios, profesionales y gremiales pertenecientes a la DC.

 

Mediante estas conversaciones, en que participó con singular empeño Carlos Briones, se lograron soluciones en el problema del Mineral del Teniente, en la huelga de los médicos, en el conflicto del Canal 9 de TV, en las dificultades producidas en el escalafón del Ministerio de RR.EE., y se adelantó una fórmula para la promulgación de la reforma constitucional y para la dictación de la ley sobre distribución alimenticia. Como es lógico, de los hechos precedentes tuvieron conocimiento, según el caso, el Consejo Nacional del Partido, y Patricio Aylwin; luego no puedes hacerme el cargo, implícitamente, de no tener ahora autoridad moral para recordarlos en mis cartas.

 

Pág. 9 – Prs. 1, 2. Cuando te pedí que fueras a hablar con Allende, alrededor de unos diez días antes del golpe, yo conocía las condiciones que habías puesto en mayo, para celebrar una entrevista con él. No es el momento de discutir si fueron o no las más adecuadas. Sólo que en septiembre las circunstancias se habían tornado bien diferentes y Allende y tú por las funciones que desempeñaban y el ambiente público que influenciaban, eran las únicas dos personas en el país, capaces de hacer con éxito el supremo esfuerzo para evitar lo peor.

 

Quizás, Allende debió dar el primer paso; pero, yo en lugar tuyo no lo habría esperado. Lo que estuviste de acuerdo que hiciera Aylwin, pudiste haberlo hecho tú, seguramente en condiciones cien veces más cargadas de posibilidades de éxito.

 

Pág. 10- Pr. 2. Recuerdas la reunión de la Directiva del Partido, durante la cual te insistimos en tu candidatura a senador por Santiago y en que tú fuiste muy claro para señalar el contexto en que darías la campaña. Es verdad y dentro de ese contexto diste la campaña. Yo mismo te acompañé en parte de ella. Por favor, Eduardo, no es eso lo que estamos debatiendo.

 

El contexto decía: Vendrán días mejores. Y nuestra controversia recae, en el fondo, sobre el golpe militar, que para ti era inevitable. Reconozco que cometí el grave error de no calcular la repercusión futura que tendría esta equivocada apreciación tuya, en especial debiendo haber advertido la probabilidad de que ocuparas la presidencia del Senado, como sucedió. Confieso que de haber calculado bien, no habría insistido tanto en tu postulación. Tal vez, me habría opuesto.

 

Pág. 11 – Pr. 3. Sin saber detalles, me enrostras mis contactos con el Presidente Allende, «los que nunca fueron claros. Fueron emocionales, amistosos y dieron pábulo para que él creyera que podía dividir o manejar a la Democracia Cristiana».

 

No puedes concebir el límite de la falsedad en que incurres. Te haré una comparación que es válida para este respecto. No pensarás que no fui claro, cuando conversábamos, siendo tú Presidente y durante y después de ser yo tu ministro. Pues bien, igual procedí con Allende. Nunca me faltó ni la claridad ni la franqueza. Por lo menos, para formarte un juicio, debiste averiguar mayores detalles directamente de mí.

 

Pág. 11 – Pr. 4. Copio: «Creo que nunca has hecho una valoración exacta de los actos del gobierno de la Unidad Popular. Esa valoración es posible que la hayas hecho en las conversaciones privadas, porque te sé muy claro para ello, pero nunca en público».

 

Hay entrevistas, discursos en el Partido y en la Cámara (pocos, es verdad), mi propia campaña electoral por radio, que te desmienten; es posible, no obstante, que debí hablar más, mirando ahora las cosas retrospectivamente, para analizar el proceso político y defender a nuestra pobre y vieja democracia, hoy más que nunca vilipendiada y proscrita.

 

Pág. 14 – Pr. 3. «Tampoco tú has evaluado, a mi juicio, los ataques de que fui víctima, el partido y yo, que he sido tu amigo durante toda una vida, al que trataron de asesino, dijeron que me financiaba con el tráfico de drogas, incluso atacaron hasta a mi familia. Todo eso fue tolerado. Reconozco que dos veces tú protestaste por ello».

 

Yo no he llevado la cuenta de las veces que te defendí o dejé de hacerlo, lo que no quita que tus palabras sean de una injusticia atroz. Yo he tolerado que te discutan porque eres hombre público; jamás en mi presencia, que te ofendan. Además, considero que te excedes al escribir: «es muy distinto, Bernardo, protestar y dejar constancia de la protesta, pero seguir en una misma línea de contacto con los infamadores».

 

¿Qué deseabas?, ¿que cortara relaciones con toda la Unidad Popular?, ¿por los ataques a ti? Ni tú lo hacías. Ese criterio no fue el mío, empezando por no aplicármelo a mí mismo. Siempre he creído, también tú, que hay que situarse por encima de estas miserias; de otro modo no podríamos vivir ni luchar.

 

Pág. 14 – Pr. 5. «Tampoco veo nunca una valoración de tu parte de lo que fue nuestro Gobierno, de todo lo que hicimos en el terreno económico, político y social».

 

La situación es distinta; tú le das preferencia a lo económico; yo a lo social y político, sin desconocer las limitaciones en que incurrimos. Son dos formas de tratar el tema; las dos son correctas.

 

Tienes la memoria en lo que concierne a mi actitud frente a las divisiones internas. Sería bueno que te hicieras asesorar por dirigentes juveniles de la época y por Narciso Irureta. No capté la idea de ser candidato a la P. de la República, en la oportunidad que aludes, porque, primero (o segundo), no me sentía en condiciones anímicas de serlo y segundo (o primero), porque estaba y estoy convencido que Radomiro era mejor candidato que yo. Nada de esto, entiendo, es materia para formularme cargos.

 

Pág. 14 – Pr. 6 – Pág. 15 – Prs. 1, 2, 3. Copio: «Tú vives haciendo el proceso del partido. Tú me dirás que no, pero es así». Pues claro que te digo que no y no es así. Todas las horas de mi vida las entrego a luchar contra la dictadura que oprime a nuestro país. Y estoy de veras feliz de ver a mi Partido en esta lucha y de empezar a verte a ti. Tú me dirás que era una forma diversa de actuar tras el mismo objetivo, la que ustedes aplicaban hasta ahora o hasta hace varios meses.

 

Como sea que fuere, no puedes negarme el derecho a estar ahora feliz. Ninguno de nosotros vive preocupado de destruir la DC o de mortificar tu persona. Sería desleal, aparte de estúpido y sin sentido. En cuanto a mí, he debido muchas veces salir en tu defensa personal y no son pocos, al revés de lo que sostienes, los que procuran que no se vuelva a los ataques de que fuiste objeto. «Chile América» no es perfecta; pero no tiene la intención ni el poder que le atribuyes.

 

Pág. 15 – Pr. 4.: «Quiero mucho a Frei como amigo, no votaré jamás por él como Presidente por los tremendos errores políticos. Votaré por él como senador». La frase es casi textual, me parece que se la dije a Claudio Orrego. Contiene una pequeña alteración: debe decir: voté y no votaré por él como senador, porque en ese momento recordaba la reunión de la Directiva de Renán que comentas en otra parte de tu carta y en la cual te hice una declaración bastante análoga.

 

Pág. 16 – Pr. 1. No tienes para qué decirme que no me inquiete por asuntos de candidaturas ni darme recados para algunos de mis amigos al respecto. Nunca me he contado entre quienes explican tu actitud cerrada frente a la UP y tu aceptación del golpe militar por tu presunta ambición de volver a ocupar la Presidencia de la República. Me he dado y he dado otra explicación. Equivocada, pero no mezquina.

 

La razón de tu posición la he derivado de un verdadero peso de conciencia por el triunfo de la UP, que vi caer sobre tu espíritu, abrumándolo, en los días posteriores a la elección de Salvador Allende.

 

Aquello te produjo, a mi parecer, una especie de trauma psíquico que te nubló poderosamente la mirada sobre el proceso de la Unidad Popular, la confabulación de la extrema derecha y el golpe militar. Recuerdo conversaciones que tuvimos sobre algo de esta materia en la galería de La Moneda y en tu casa, a raíz del asesinato de Edmundo Pérez.

 

Dices que los hechos de Europa te están dando la razón. Habría que verlo. Yo pienso igual que siempre: para poder oponerse a las amenazas de la dictadura de izquierda, hay que estar en contra de todas las dictaduras.

 

Pág. 17 – Pr. 7 / Pág. 18 – Prs. 1, 2. Después del desmentido de Javier Lagarrigue y de tu carta, no hay duda de que la reunión entre Bonilla, Carmona, tú y Lagarrigue no se produjo en casa de éste y que Javier no asistió a ninguna reunión; pero lo curioso es que reaccionas con inusitada violencia para negar la existencia de un hecho que la publicación no contiene.

 

En efecto, si te fijas bien, las propias frases de la revista que transcribes en tu carta, ellas hablan de una carta informativa a los partidos de la «Union Mundial», en parte alguna de una carta personal tuya a Mariano Rumor, presidente de la UMDC. Es decir, te indignas por algo que no aparece en la publicación. Tu ofuscación me impresiona en el sentido de confirmarme en la información que recibí en Santiago acerca de que se celebró, realmente, en otra casa la mencionada reunión.

 

Sin embargo, el propio Javier Lagarrigue lo único que censura de la publicación es precisamente lo que en ella no se pone, o sea, la carta tuya a Mariano Rumor. En la carta que me escribes dices textualmente: «si la reunión hubiera existido, no habría habido nada de deshonroso en ella». Luego, la publicación, que, repito, no habla de tu carta a Rumor, no es deshonrosa para ti ni merece, por tanto, los términos con que la calificas.

 

Pág. 18 – Pr. 4. Si hubiera yo sabido, como ahora lo sé por tu carta, el motivo de angustia paternal que te movió a comunicar a Jorge las noticias publicadas en la revista, tomadas del New York Post, habría pedido que no se hiciera la publicación. El periodista a que te refieres, que es mi amigo, sostiene que Jorge le pidió en tu nombre dar las noticias en Italia; él no consideró bueno para ti ni para nadie, políticamente, acceder a la petición de Jorge.

 

Pág. 19 – Prs. 2, 3. Escribes: «Yo comprendo que en un partido se haga una autocrítica, que nada se oculte, que todo se analice, que cada uno cargue con las responsabilidades que corresponde y que el partido lo juzgue y lo castigue si es necesario. Eso no sólo me parece conveniente, sino indispensable. Pero ningún partido que yo conozca admite que esa autocrítica la haga un prominente miembro del partido en una revista, acompañado de personas que no son miembros del partido, que lo han atacado y lo han criticado o abandonado. Eso no lo acepta ninguna organización política, democrática o no. Todo su contexto aparece dirigido a mostrar que hay dos partidos, el de los buenos, de los rectos que no se equivocaron, y el de los malos equivocados, para difundir esta idea entre los DC del mundo y naturalmente entre los que no lo son y presentar debidamente adosada la información. Esa no es autocrítica. Eso es tratar de destruir un partido. Y eso es absolutamente incomprensible.»

 

Lo incomprensible para mí es que tú no hagas el esfuerzo de pensar que la intención de un viejo amigo tuyo y de otros chilenos, que fueron o pueden ser tus amigos, desterrados de su Patria y viviendo en duras condiciones, sea la que tú presumes y no otra, más lógica, más conforme con lo que tu viejo amigo ha sido siempre, más positiva y más noble. No es pedirte demasiado.

 

Te daré elementos para la rectificación de tu juicio. En primer lugar, la monografía de la DC que pretendes convertir en una autocrítica del Partido, está muy lejos de ser eso, por cierto. No tuvo otra finalidad que describir, en líneas muy resumidas, con evidentes fallas e imprecisiones, la evolución interna de los DC chilenos, a partir del 11 de septiembre, haciendo ver cómo las dos posiciones diseñadas en los primeros días fueron paulatinamente desapareciendo en favor de una línea común de crítica contra la dictadura.

 

No se hacen calificaciones, ni exclusiones; al contrario, en el curso del relato, y aún en el mismo número 4 que comentas, encontrarás parte de lo que echas de menos acerca de las actuaciones de numerosos DC (algunos de los que nombras), en la defensa de los presos políticos, en los comentarios e informaciones radiales, en las publicaciones clandestinas, etc., etc.

 

No es una cosa perfecta y completa. No trata de presentar dos partidos, ni de adelantar el juicio final, señalando desde ya a los buenos y a los malos, sino de exponer una etapa de la vida de un partido, compuesto de hombres libres y falibles, que no tuvo la fortuna de contar con una opinión unánime, entre sus dirigentes más antiguos, el día de la gran catástrofe.

 

Este ha sido, por lo demás, el rumbo seguido por mi actuación en Europa, no exenta de mil limitaciones. Es fácil comprender las complejas dificultades con que tropieza este empeño, proveniente ante todo de mi ubicación fuera del país, mientras la Directiva se encuentra en el interior de él sin libertad de acción, ni de expresión.

 

Las circunstancias anotadas nos exigen a todos un grande y perseverante esfuerzo de clarificación en las ideas y en las conductas, de sometimiento objetivo a las insuperables condiciones materiales diferentes y de comprensión recíproca y fraterna. La unidad fundamental del Partido tenemos que alcanzarla tomando en cuenta estas realidades y, hasta cierto punto, aprovechándolas, lo que a su vez resulta inmensamente difícil por el problema de las comunicaciones, sobre todo de la comunicación personal que suele ser insustituible.

 

No hay más camino que confiar los unos en los otros, aunque no estemos en completo y total acuerdo, por encima de discrepancias que, en tiempos normales, serían inaceptables; pero que la penosa actualidad nos impone tolerarlas.

 

La lucha, en definitiva, no es entre nosotros, es contra la dictadura. Consideremos con objetividad y confianza recíproca la conducta de unos y de otros; así como yo no podría pedirte que en tus entrevistas abordaras a fondo el tema político, porque por razones obvias no puedes hacerlo desde el interior del país, no me pidas que, en el sitio en que estoy, me aísle rígidamente, y no suscriba documentos o asista a reuniones con otros políticos chilenos, por la simple razón de que nos han ofendido o con quienes hemos en otros tiempos y sobre otras materias, discrepado y combatido.

 

Proceder con serenidad de juicio, sin precipitación, es razonable y así procuro actuar concretamente; pero llegar más lejos existiendo la dictadura que sufrimos en Chile, te aseguro, mi querido Eduardo, que lo estimaría una traición a mi país y a mi conciencia.

 

Prefiero, con mucho, correr los riesgos que estoy corriendo, incluidas la incomprensión explicable de los amigos y las injurias de los adversarios, antes de cambiar la línea política que abracé en mi juventud y que, a Dios gracias, me siento con fuerzas para no abandonar.

 

Todo lo que me dices tocante a la carta de Radomiro a Leigh (publicada aquí hace tiempo por el Paese Sera) y a un artículo de Oscar Waiss, francamente pudiste suprimirlo. Con Radomiro tuve discrepancias sobre varias de las materias tratadas en esa carta y sobre su oportunidad; pero encuentro absurdas las suposiciones y comparaciones en las que te extiendes largamente; adquieren el carácter de un desahogo bastante odioso de tu parte.

 

Oscar Waiss es un antiguo amigo mío con quien he mantenido innumerables discusiones, pero los conceptos violentistas que transcribes y que tampoco comparto no constituyeron la orientación básica del diario «La Nación» cuando Waiss desempeñó su dirección. Ese habría sido un buen argumento para tu tesis.

 

Me he alargado casi tanto como tú y por tus mismas y cordiales razones.

 

Te abraza tu affmo. amigo,
Bernardo Leighton G.

 

PD. Anoche me llamó Nacho Palma desde Milán, espero con ansias que llegue hoy o mañana.
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