Cuando los monstruos se devoran: Musk, Trump y el eco siniestro. Se habla de un «golpe de estado» en desarrollo
por Medios Internacionales
1 año atrás 3 min lectura
06 de junio de 2025
El magnate tecnológico señala al presidente de EE.UU. como uno de los nombres ocultos en los documentos del caso Epstein. No es justicia. Es ajuste de cuentas entre titanes que perdieron el pudor.
La verdadera bomba nunca estalla, sólo gotea veneno
Hay frases que marcan un antes y un después en la narrativa política, y luego está esto:
“Es hora de lanzar la gran bomba”.
Con esas palabras, Elon Musk, el hombre que quiso ser Prometeo pero solo alcanzó a ser Ícaro con wifi, reventó lo que aún quedaba en pie de su relación con Donald Trump.
La acusación no es una metáfora. Musk sostiene que Trump aparece en los documentos secretos del caso Jeffrey Epstein —el financiero de Wall Street cuyo suicidio en prisión fue tan conveniente como inverosímil— y que esa es la razón real por la que no se han publicado.
No se trata ya de saber quién voló a la isla del abuso a menores. Lo que estamos viendo es otra cosa: la disputa entre dos hombres que han confundido su megalomanía con destino histórico. El uno, presidente resucitado por el odio. El otro, emperador de plataformas, satélites y delirios libertarios. Ambos construyeron su poder sobre los restos del contrato social, pero ahora se acusan de crímenes que hasta hace poco parecían impronunciables en sus círculos.
El silencio de la Casa Blanca ha sido tan atronador como previsible. Trump no dio la cara. Se dejó ver con agentes de policía como quien intenta disimular el incendio con un desfile. Musk, mientras tanto, aumentaba la presión: apoyó un juicio político, compartió un vídeo del presidente celebrando junto a Epstein y anunció el desmantelamiento de la nave Dragon de SpaceX como castigo preventivo a las amenazas de Trump de cancelar los contratos estatales.
Aquí no hay inocentes. Solo traidores con micrófono.
Una guerra entre monstruos no se gana, se paga
Los mercados se hundieron. Tesla cayó más de un 14% en una jornada. Wall Street comprendió lo que el periodismo aún duda en escribir: que este no es un escándalo. Es un cisma. Y que ya no importa tanto si Trump está o no en los papeles de Epstein, sino el hecho de que su antiguo aliado quiera decírselo al mundo. La sospecha, en política, no necesita pruebas. Solo ritmo narrativo. Y Musk lo domina como un prestidigitador que ya no busca aplausos, sino sangre.
Trump respondió a su manera. Desde su red social Truth Social, clamó que lo más sensato sería cortar todos los contratos públicos con Musk. Un mensaje dirigido no solo a él, sino a todos los que aún viven bajo el espejismo de que el poder tiene reglas. Steve Bannon, como buen espectro del trumpismo original, pidió su deportación inmediata. A esta hora, el concepto de Estado de Derecho ha quedado reducido a una columna de humo sobre la azotea de la democracia estadounidense.
Detrás de esta pugna de titanes, hay algo más inquietante: el eco de una verdad que nunca fue revelada. La lista de nombres que orbitaban alrededor de Epstein sigue sellada, expurgada, mutilada. Pero ahora uno de los hombres más poderosos del planeta dice que el presidente figura en ella. Y no lo hace desde la denuncia ética, sino desde la revancha. Desde la rabia. Desde ese lugar oscuro donde los ricos se devoran entre sí cuando ya no queda nadie más a quien explotar.
La batalla entre Musk y Trump no es la caída de ningún imperio. Es su lógica natural: la guerra de los que todo lo compran, contra los que todo lo deben. La prueba de que el capitalismo tardío no genera salvadores, sino chivos expiatorios con jet privado.
Y mientras tanto, la bomba sigue sin estallar. Solo gotea. Y lo que gotea no es justicia: es pus.
*Fuente: Spanish Revolution
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