Los indignados de Wall Street “reflejan el parecer” de una parte importante de la población estadounidense
por Ariel Ferrari y Sergio Ferrari (EE.UU., Suiza)
14 años atrás 3 min lectura
A pesar de carecer de una estructura cohesiva y una lista formal de demandas, este brote espontáneo de sensibilización y protesta está generando decenas de experimentos similares más allá de Wall Street.
Subestimado en un primer momento por la derecha norteamericana, el «hecho político” de los ocupantes neoyorquinos ha ido madurando para convertirse en un movimiento con suficiente potencial como para alterar parcialmente el discurso ideológico de la sociedad Norteamericana.
Sin imaginárselo cuando iniciaron la ocupación del Zuccotti Park el 17 de septiembre pasado, los indignados del corazón de Wall Street, han contribuido durante estos últimos meses a profundizar el desenmascaramiento de una histórica falacia norteamericana.
La misma había funcionado relativamente bien para ambos partidos -republicano y demócrata- hasta ahora. Asegura que el capitalismo está intrínsecamente «sano» (“todo OK” en el lenguaje cotidiano) y por lo tanto es capaz de integrar auto-ajustes en momentos de crisis a fin de asegurar su continuidad en nombre de la vigencia del sueño americano.
Una buena dosis de candidez política, que sus críticos denuncian como debilidad, le ha facilitado a los ocupantes de Wall Street la tarea de desenmascarar dicha falacia. Y además denunciar agresivamente la complicidad de legisladores, oficiales y dirigentes de ambos partidos, quienes durante las últimas décadas han aceptado y promovido la enorme brecha entre el «1 por ciento» más rico y el restante «99 por ciento».
Expresión-slogan acuñada por Premio Nobel de Economía de 2001 Joseph Stigliz, quien señaló que el 1 por ciento más rico del país controla el 40 por ciento de la riqueza nacional. Realidad facilitada por políticas de-reguladoras e impositivas sumamente nocivas para los sectores sociales menos privilegiados.
A casi 45 días de la protesta de Wall Street la pregunta esencial es: ¿Cuál es el futuro de este movimiento? ¿Hacia dónde se dirige? Sus mismos protagonistas, muchos de ellos jóvenes desplazados y desempleados por la crisis, sin vivienda e incluso sin seguro médico, prefieren no especular sobre los próximos pasos.
Cada vez más alertas a los peligros que cualquier institucionalización de su insospechada autoridad moral y su visión casi profética pueden acarrear consigo, en su mayoría estos ocupantes y sus pares en muchas otras ciudades y lugares del mundo prefieren seguir multiplicando redes solidarias para que el debate se expanda e intensifique.
Sin una significativa masa crítica de concientización y protesta, sostienen, la tarea de captar la imaginación del resto de los indignados de este país y del mundo se hace muy difícil. Y ahí está, por el momento, la tarea esencial: seguir resistiendo en el Zuccotti Park para que su gesto-altoparlante repercuta lo más fuerte posible.
Tanto simpatizantes como detractores especulan que los primeros fríos y nieves neoyorquinos literalmente congelarán el ardor de los ocupantes. Es posible.
Pero también es posible que sus pares solidarios en muchos otros lugares logren sustentar la continuidad del movimiento. Y aun si eso no ocurre, de todos modos, el impacto de los ocupantes ya es irreversible.
Más y más gente se está identificando con su protesta creativa y pacífica así como sus señalamientos. Una encuesta del New York Times publicada el 26 de octubre parece confirmarlo: la mitad de los entrevistados cree que la preocupación matriz de los ocupantes de Wall Street «refleja en general el parecer de la mayoría de los norteamericanos”.
En el otro lado del Atlántico, decenas de ocupaciones se han mantenido a partir de la Jornada Mundial de los indignados del 15 de octubre pasado que movilizara a centenas de miles de personas en casi 100 ciudades de 82 países.
Una de las más simbólicas, la protesta de los jóvenes indignados suizos que desde entonces mantienen la ocupación – cada vez más concurrida- del Parque de Bastions, en Ginebra, sede europea de las principales instituciones de las Naciones Unidas.
Ariel Ferrari, de Nueva York, texto y fotos
Sergio Ferrari, de Ginebra, Suiza
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