Amigo Ángel,
Gracias por sus palabras. Usted sabe, en esto de conjeturar frente al océano infinito, turbulento o engañosamente en calma, hay mucho riesgo. La mayoría de las veces erramos. Nos cuesta mucho ver con claridad el pasado que, dicen, está hacia atrás; y mucho más nos cuesta ver el futuro que está delante. Y así vamos tropezando en la oscuridad, apenas guiados por una experiencia sobre el camino, nunca suficiente, a veces engañosa, a veces un obstáculo más para prever, para cambiar de rumbo a tiempo, para inventar caminos nuevos.
En lo que de verdad importa somos como niños que recién se han despertado y refriegan sus ojos para ver sin comprender que esa noche blanca es el sol que cae sobre el rio.
De lo único que podemos estar seguros es que si algún progreso es posible en la historia de esta pobre y soberbia especie animal, no podría ser sin la crítica abierta, sin prueba y error, sin conjeturas, sin tropezones.
En ciencias un prejuicio se llama hipótesis y es uno de los instrumentos para llegar a una verdad. En política y en moral un prejuicio es el instrumento principal que los más fuertes usan para confundir la verdad con sus propios intereses.
Comprendo cuando me dices que no es posible pensar cuando uno está angustiado tratando de sobrevivir. Sí, vivir y comprender no es la misma cosa. Pero sin vivir el dolor y la alegría no se puede comprender, o llegar a comprender, un solo grano de arena de todo este mar turbulento.
Claro, para pensar con alguna calma, sin las pasiones que nos aturden el entendimiento, también es importante pasar del reino de la necesidad al reino de la libertad, al menos de forma relativa. No obstante el confort también anestesia. Lo demuestran muchos ciudadanos de Estados Unidos y de Europa, al menos hasta no hace mucho. Sin ir más lejos, lo demuestra la larga historia de las clases altas latinoamericanas, con raras excepciones como la de Manuel González Prada, por nombrar solo uno.
Pero para vivir plenamente hay que tomar el riesgo. Más cuando se vive en un tiempo tan interesante. En nuestro caso, estamos hechos en esa lucha y, al menos mientras tengamos el espíritu joven, no podemos (en realidad es siempre “no queremos”) renunciar a ella por compleja que sea.
Hoy venía a mi oficina por la autopista, formando parte de ese río feroz que atraviesa Filadelfia a las seis de la mañana, pensando que debía llegar a las X hora porque le había prometido una entrevista a una radio de Uruguay, y pensaba todo lo complejo que es este mundo al que respondemos. Y entonces recordé por qué años atrás decidí abandonar, después de muchos meses, las tranquilas aldeas de Mozambique, las playas más hermosas del planeta, las islas más en calma de la historia, esa alegría de los africanos pobres que carecen los afroamericanos ricos…
Y supe claramente por qué. Por eso, precisamente, porque eran tierras demasiado tranquilas para alguien que había nacido y se había criado entre la lucha dialéctica de tirios y troyanos, visitando las cárceles de la dictadura en Uruguay, pasando mensajes de esperanza a los presos que apenas se sostenían con la verdad o con las ilusiones de sus ideologías, con la fortaleza incontestable de sus convicciones morales. Mensajes clandestinos que para aquel niño, que algún familiar había elegido por su memoria, eran poemas. Poemas que, sabía, no eran inocentes, simple juegos de palabras. Aquel niño sabía que las palabras del poema eran cruciales para la esperanza, para la resistencia existencial, para la vida de muchos de aquellos condenados por la soberbia militar de la época.
Las costas del norte de Mozambique, el fin del mundo, como las llamaban los blancos, las aldeas que, de no ser por las minas personales que se sospechaban a lo largo de los caminos casi no recordaban la reciente guerra civil, eran demasiada tranquilidad para alguien que había crecido también en medio de dos fuegos cruzados entre revolucionarios y militares, entre los discursos oficiales en mi escuela, en mi liceo, y la realidad que los contradecía.
Y todo eso había sido tan triste en mi patria (es decir, en mi niñez) y, sin embargo, o por eso mismo, ya no podía ser otro e irme a una isla en el mar Índico a vivir en esa supuesta paz, en esa sencilla belleza.
Uno no se puede cambiar de cultura como se cambia de ropa, no importa a dónde vaya. Uno no deja en la casa de sus padres sus sueños y sus obsesiones por el mero hecho de viajar o de vivir del otro lado del mundo.
Ni siquiera cuando al regresar a mi país me volvieron a llamar de Alemania para continuar los supuestos planes de desarrollo, aprobados por los europeos, en aquellas aldeas. Ni siquiera acepté volver con los privilegios de vivir como un europeo con aire acondicionado en medio de la jungla o frente a las transparentes playas de Cabo Delgado donde cada mañana salen los pescadores con sus coros que se reflejan en el mar con increíble potencia.
Quizás sea por eso que cada semana entro en batalla dialéctica, sin que con ello gane nada material aparte de unos cuantos insultos y algunas otras palabras de apoyo como las suyas.
Me he prometido mil veces abandonar todo eso. Seguramente algún día lo haré. Pero mil veces los hechos, en algún rincón del mundo, me imponen, o no resisto a dedicarle toda la pasión de la que puedo ser capaz para comprenderlos, para denunciarlos, para sentirlos. El olvido no se impone. La indiferencia no es voluntaria.
Al final del día yo sé que mi elección, mi trabajo, como el de muchos, aunque a veces reciba el aliento y hasta el elogio de algún lector como vos, no es para nada heroico. Puede ser comprometido, riesgoso muchas veces, desalentador, pero para nada heroico.
Los verdaderos héroes son todos anónimos, en el mejor sentido de la palabra.
Disculpa el desorden de mi respuesta,
Jorge.
Marzo 2009
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