El Mercurio provocó genocidio mapuche
por Felipe Portales (Chile)
6 años atrás 12 min lectura
Durante algunas décadas, luego de la Independencia, el Estado chileno desarrolló una política de búsqueda de integración paulatina y pacífica de los mapuches a la sociedad nacional. Esto fue pensado fundamentalmente a través de creación de escuelas de misioneros, las que fueron aceptadas de muy buen modo por aquellos; y del establecimiento de funcionarios de enlace de las autoridades gubernamentales con las mapuches.
En congruencia con lo anterior se desarrolló una visión muy positiva de los mapuches por parte de los sectores ilustrados chilenos. Así tenemos expresiones como las de Vicente Pérez Rosales, que en la década de 1850 apreciaba a los araucanos como “un pueblo de agricultores que ha dejado atrás el pastoreo para vivir de un modo estable en casas construidas de madera. Cultivan trigos, papas y maíz y algunas plantas útiles a la economía doméstica; trabajan con mucha destreza riendas y lazos, no rehúsan la instrucción, acogen con solicitud a los herreros y envían a sus hijos a las escuelas de los misioneros (…) En suma, son hombres laboriosos y tranquilos” (Jorge Pinto.- De la Inclusión a la Exclusión. La formación del estado, la nación y el pueblo mapuche; U. de Santiago, 2000; p. 64).
A su vez, José Victorino Lastarria señalaba en 1846 que el carácter del araucano era el carácter del pueblo chileno, moldeado también por la influencia española y que en la Araucanía había varias “reducciones de chilenos naturales, que sin mezclarse con la población española, mantenían como en depósito sagrado los recuerdos y parte de las costumbres de sus antecesores” (Pinto; pp. 64-5). E Ignacio Domeyko, luego de varios viajes a la Araucanía, definía el carácter de los “indios” como “afable, honrado, susceptible de las más nobles virtudes, hospitalario, amigo de la quietud y del orden, amante de su patria y por consiguiente de la independencia de sus hogares, circunspecto, serio, enérgico: parece nacido para ser buen ciudadano”. Y su conclusión, que fue trágicamente desoída una generación más tarde, era que “los hombres de este temple no se convencen con las armas: con ellas sólo se exterminan o se envilecen. En ambos casos la reducción sería un crimen cometido a costa de la más preciosa sangre chilena” (Domeyko.- Araucanía y sus Habitantes; Edit. Francisco de Aguirre, Santiago, 1977 (1° Edición de 1845); p. 112).
Incluso, un enviado especial del Gobierno para evaluar las políticas seguidas al respecto (“Visitador Judicial de la República”) de la talla de Antonio Varas, señalaba en su Informe a la Cámara de Diputados de 1849, respecto de los mapuches, que “someterlos a una autoridad que siempre han mirado como extraña era despojarlos de la independencia que tanto estiman y excitarlos a mirar como odioso el camino para atraerlos al bien” y que “emplear la violencia sería proponer una verdadera conquista, que despertará la altivez guerrera del araucano, hará el triunfo difícil y provocará una situación alarmante para las provincias del sur, mucho más de lo que a primera vista podría imaginarse, sin considerar la carga de injusticia que encerraba una decisión de ese tipo”, por lo que habría “que desarrollar un régimen basado en lo que ya existe” (Pinto; p. 62). Y al año siguiente, en su mensaje anual al Congreso, el Presidente Manuel Bulnes concluía que los indios vivían ya bajo las leyes chilenas, atraídos por medios pacíficos (ver Pinto; p. 63).
¿Qué explica que poco tiempo después se cambiara esta política en 180 grados? Lo primero que hay que tener en cuenta es el condicionante económico. Chile se convirtió a mediados del siglo XIX en un gran exportador de trigo, aumentando de 100 mil quintales en 1850 a 600 mil como promedio en la década de los 60 y a más de un millón en los 70. Esto mismo condujo a un gigantesco aumento en el valor de la tierra. Así, en el valle del Maipo el precio de la hectárea subió de 8 pesos en 1820, a 100 pesos en 1840 y a más de 300 en 1860 (Ver José Bengoa.- Historia del pueblo mapuche. Siglos XIX y XX; Edic. Sur, 1985; p. 156). Lo anterior estimuló fuertemente la colonización de Valdivia a Puerto Montt y, luego, que los sectores más ambiciosos de la oligarquía codiciaran las grandes extensiones de tierras poseídas por los mapuches.
También hubo factores políticos relevantes que condicionaron un cambio de actitud. De partida, la división fáctica del país en dos provocada por el territorio virtualmente autónomo de la Araucanía. Factor que explica también porqué la mayoría de los mapuches se alinearon previsoramente con los españoles en la guerra de la Independencia: Con los españoles los mapuches disfrutaban de una autonomía consolidada y comprendían que para un inmenso imperio como el español dicha autonomía no representaba ninguna amenaza geopolítica. En cambio, con un Chile independiente, “partido” en dos, todo se volvería incierto y peligroso…
Otros factores políticos, en mayor o menor medida relacionados con el anterior, fueron la conflictiva delimitación fronteriza con Argentina (recordemos que la violenta sujeción de los mapuches allende Los Andes fue coetánea con la chilena; y que para ellos la Cordillera no constituía un límite geopolítico); el alineamiento de los mapuches con el bando “rebelde” en las guerras civiles de 1851 y 1859; y la proclamación del francés Aurelie de Tounens como “Rey de la Araucanía”, la que pudo haber contado con cierto respaldo del gobierno de Napoleón III (ver, en este sentido, a Bengoa, p. 186-9; y a Abdón Cifuentes.- Memorias, Tomo I; Edit. Nascimento, 1936; pp. 104-5).
Pero todo lo anterior requería de un cambio de la mentalidad benévola con los mapuches que la oligarquía chilena había tenido en la primera mitad del siglo. Y en esto jugó un papel clave El Mercurio de Valparaíso, que desarrolló una campaña de años de “satanización” del pueblo mapuche con la finalidad de legitimar el genocidio. Así, ya el 30 de enero de 1856 se planteaba en dicho diario que el gobierno debía constituirse en el verdadero poseedor de Arauco, “la parte más bella de nuestro territorio, habitada por hordas salvajes” (Pinto; p. 131). El 5 de julio de 1858 se señalaba que “no se trata sólo de la adquisición de algún retazo insignificante de terreno… se trata de formar de las dos partes separadas de nuestra República un complejo ligado; se trata de abrir un manantial inagotable de nuevos recursos en agricultura y minería; nuevos caminos para el comercio en ríos navegables y de pasos fácilmente accesibles sobre las cordilleras de los Andes (…) en fin, se trata del triunfo de la civilización sobre la barbarie, de la humanidad sobre la bestialidad” (Pinto; p. 131).
En 1859 la campaña de El Mercurio arreció. El 11 de mayo se decía que los araucanos “no sólo se oponen a la civilización, por la fuerza de sus pasiones y costumbres materiales con que están brutalmente halagados, sino por sus ideas morales que tienen bastante malicia y cavilosidad para discernir” (Bengoa; p. 178). El 24 de mayo se agregaba que “el araucano de hoy es tan limitado, astuto, feroz y cobarde al mismo tiempo, ingrato y vengativo, como su progenitor del tiempo de (Alonso de)Ercilla; vive, come y bebe licor con exceso como antes; no han imitado ni inventado nada desde entonces, a excepción de la asimilación del caballo, que singularmente ha favorecido y desarrollado sus costumbres salvajes” (Bengoa; p. 178); y que “todo lo ha gastado la naturaleza en desarrollar su cuerpo, mientras que su inteligencia ha quedado a la par de los animales de rapiña, cuyas cualidades posee en alto grado, no habiendo tenido jamás una emoción moral” (Pinto; p. 132).

Esta campaña liderada por El Mercurio tuvo como único antagonista -a nivel nacional- en 1859 a La Revista Católica que en uno de sus artículos (el 4 de junio de 1859) expresaba “que se pide a nuestro gobierno el EXTERMINIO (mayúscula en el original) de los araucanos, sin más razón que la barbarie de sus habitantes y la conveniencia de apoderarnos de su rico territorio, nuestro corazón latía indignado al presentarse a nuestra imaginación un lago de sangre de los héroes araucanos, y que anhela revolcarse en ella en nombre de la civilización, es un amargo sarcasmo en el siglo en que vivimos, es un insulto a las glorias de Chile; es el paganismo exhumado de su oscura tumba que levanta su voz fatídica negando el derecho de respirar al pobre y desgraciado salvaje que no ha inclinado todavía su altiva cerviz para recibir el yugo de la civilización”; y añadía específicamente que “las ideas de El Mercurio sólo pueden hallar favorable acogida en almas ofuscadas por la codicia y que han dado un triste adiós a los principios eternos de lo justo, de lo bueno, de lo honesto; sólo pueden refugiarse en los corazones fríos, sanguinarios, crueles, que palpitan de alegría cuando presencian las últimas convulsiones de una víctima” (Ibid.; p. 140). Sin embargo, de acuerdo a Bengoa, “fue ‘una voz que clama en el desierto’, ya que al parecer hubo cambio de redactores y, a partir del año citado, nunca más se hizo mención a la cuestión de la Araucanía” (p. 182).
En definitiva, el cambio de mentalidad se produjo en la década de 1860. En 1862 el ejército conquistó Angol; en 1866 el Congreso aprobó una ley que despojó de sus territorios a los mapuches, los sacaba a remate público y les “otorgaba” a las familias mapuches títulos de merced sobre posesiones por determinar; y en 1868 aprobó otra ley que aprobó el presupuesto para llevar a cabo la ocupación militar de toda la Araucanía. En el debate parlamentario la principal voz de la gran mayoría fue la de Benjamín Vicuña Mackenna quien en 1864 pedía actuar contra los mapuches como se había procedido en Rusia “en la reducción y civilización de las hordas que poblaban su territorio”; y que en 1868, decía que el indio “no era sino un bruto indomable, enemigo de la civilización, porque solo adora los vicios en que vive sumergido, la ociosidad, la embriaguez, la mentira, la traición y todo ese conjunto de abominaciones que constituyen la vida salvaje”. Para terminar señalando que “el rostro aplastado, signo de la barbarie y ferocidad del auca, denuncia la verdadera capacidad de una raza que no forma parte del pueblo chileno” (Pinto; pp. 144-5).
La ley de 1868 que estipuló la ocupación militar de la Araucanía fue aprobada en la Cámara de Diputados por 48 votos a favor y solo 3 en contra: José Victorino Lastarria, Manuel Antonio Matta y Pedro León Gallo. Lastarria, al fundamentar su voto señaló que, respecto de la violenta resistencia de los mapuches, “me atrevo a decir a la Cámara que la culpa es nuestra, pues como consta de documentos públicos, se ha mandado tropas a perseguir a los indios, a incendiarles sus casas, a robarles sus mujeres y niños (…) si realmente lo que se quiere es traer esas tribus a la paz, nada más fácil: no hay más que darles confianza de que no se quiere arrebatarles sus propiedades” (Bengoa; pp. 180-1). A su vez, Matta afirmó que lo que más lo alarmaba era la negación de la justicia inherente a la ocupación de las tierras indígenas, y que un plan de este tipo “no traerá otro resultado que el exterminio o la fuga de los araucanos; porque persiguiéndolos por todas partes no tendrán más que perecer víctimas de la superioridad de nuestras armas y número. Entonces, los bárbaros no serán ellos, seremos nosotros” (Pinto; p. 146).
La guerra de conquista fue feroz: “Se incendiaban las rucas, se mataba y capturaba mujeres y niños, se arreaba con los animales y se quemaban las sementeras. Estamos ante una de las páginas más negras de la historia de Chile” (Bengoa; p. 205). Tanto que hasta el principal diario capitalino editorializó el 25 de febrero de 1869: “El Ferrocarril, abogando por lo que ha creído de justicia y por la conveniencia del país, ha sido constante enemigo de la guerra que hoy se hace a los salvajes; guerra de inhumanidad, guerra imprudente, guerra inmoral, que no da gloria a nuestras armas, provecho al Estado, ni prestigio a nuestro pabellón” (Bengoa; p. 223). Sin embargo, “El Mercurio –genio y figura hasta la sepultura- condenaba los excesos, pero afirmaba la necesidad de la operación que se estaba llevando a cabo” (Ibid.).
En definitiva, como es sabido, triunfaron las posturas lideradas por El Mercurio de Valparaíso, llegándose a una conquista total en 1881. Ella reportó, tanto por las víctimas directas como por las de hambre y epidemias de cólera y viruela que diezmaron a la debilitada población indígena, el exterminio de un 20% de los mapuches de la Araucanía (ver Bengoa; pp. 336-8); y, entre 1884 y 1929, el despojo efectivo de más del 90% de sus tierras (ver Bengoa.- El Estado y los mapuches en el siglo XX; Edit. Planeta, 1999; p. 61).
Se cumplió así la trágica profecía de Domeyko: “Los hombres de este temple no se convencen con las armas: con ellas solo se exterminan o envilecen. En ambos casos la reducción sería un crimen cometido a costa de la más preciosa sangre chilena”.
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