«Solo la justicia producirá una paz verdadera»
Is.32, 17
La calcopirita de cobre es un mineral frecuente de encontrar, y que tiene una sutil y dorada belleza: semeja el oro. De ahí viene su apodo: el oro de los ilusos o de los tontos, por cuanto han sido miles, los que dejándose llevar por su dorada apariencia lo han confundido con tan preciado metal y se han abocado a las fantasías más delirantes de riqueza.
Algo similar, sucede en el Chile de hoy. Hay quienes pregonan por una falsa paz, una paz de ilusos, y que los encandila como si fuera la promesa de un paraíso perdido.
La paz por la que pregonan está vacía de vacía de contenido y sólo apela a la fuerza de la represión y de las armas. Una paz que tiene indicadores o supuestos engañosos, apelando al orden y la tranquilidad, confundiendo el silenciar el clamor de las calles por justicia social y dignidad, con una verdadera solución y la construcción de un nuevo pacto social en el que se respete al ser humano por lo que es y no por lo que tiene.
La apuesta de los ilusos es criminalizar las legítimas aspiraciones de dignidad del pueblo y silenciar las voces. Sin embargo, ese es un camino de beneficio corto, pues no son capaces de entender que los procesos sociales no se detienen con la fuerza ni las armas, y que el modelo neoliberal, como todo en la vida, ha llegado a su fin y que no es capaz de seguir oprimiendo, estrujando a la gente, la que, cansada, pero altiva y conciente, pide fin al abuso.
Creer que con ocultar las manifestaciones y sacar a la gente de las calles, detendrá el clamor del pueblo, es demasiado ingenuo pues su efecto es trasladar el problema desde la calle al interior de los hogares, sin solucionar la demanda social. Esta cobrará más fuerza con la indignación y el rencor que ha generado la represión de las manifestaciones pacíficas, la violencia desmedida y atroz de la fuerza policial y la nula empatía de la clase dirigente, la que desprestigiada como nunca en Chile, sigue creyendo que con acuerdos a espaldas de la gente puede manejar una crisis que hace mucho se les fue de las manos.
En efecto, la clase media trabajadora se hartó de ellos y de las injusticias que por décadas le impuso el crédito, la educación, la vivienda, el trabajo, la salud, la alimentación, las pensiones, el robo del agua. ¡Todos los ámbitos de la vida!
Un gran pastor, defensor incansable de los Derechos Humanos, a quien tuve el privilegio de conocer en los ochenta, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, decía en 1991, “Me preguntan por el país que sueño o que deseo. Y debo decir que mi deseo es que en Chile el hombre y la mujer sean respetados”, agregando “De cualquier condición social, de cualquier pensamiento político, de cualquier credo religioso, todos merecen nuestro respeto”.
El respeto al que aludía el Cardenal Silva Henríquez, no se da en una sociedad que se sustenta en una visión neoliberal, que no reconoce la dignidad de lo humano, y que sacraliza el lucro por sobre cualquier otra cosa. La democracia es insostenible en el neoliberalismo, como se ha demostrado en Chile, pues debió ser impuesto por la fuerza de la Dictadura Militar y ha debido mantenerse a costa de negarle a los chilenos el derecho de conducir su propia historia, mediante una democracia tutelada y dónde los gestores de ese modelo han estado sobrerrepresentados en la toma de decisiones. Es más, para sostener ese modelo se ha negado al pueblo la toma de conciencia, desinformando y controlando las comunicaciones, lo que ha significado que, durante treinta años, sean los grupos de interés económico, los que han corrompido la política y comprado todo, para poder seguir esquilmando a la gente y acumulando sus riquezas. Ahora que, por fin, la gente tomó conciencia de su condición requiere de la represión, la censura y violencia para mantenerse como ideología dominante.
Por eso es que no es posible la paz de los ilusos. Esa paz, no es verdadera, pues se sustenta en la más profunda de las injusticias, en la más inhumana de las violencias. Sólo la construcción de un orden social justo, que dignifique al ser humano, es la única garantía de la paz.
Una paz diferente será como la calcopirita de cobre, dorada por fuera, pero carente de valor.
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