La habitación 101
por Manuel Rodríguez Rivero (España)
8 años atrás 3 min lectura
13.05.2009
Algunos viejos hoteles británicos, sobre todo en la provincia, carecen de ella. Uno camina por el pasillo de la primera planta y la secuencia de las habitaciones salta de la 100 a la 102, para continuar luego normalmente, como si se hubiera tratado de una errata a la que nadie desea referirse. La responsabilidad recae en George Orwell, el escritor que más ha contribuido a enriquecer con sus neologismos e imágenes el vocabulario de los horrores del siglo XX: Gran Hermano, doblepensar, neolengua, orwelliano, crimental. La habitación 101 es una de las más siniestras metáforas empleadas en 1984, la última y más poderosa de sus novelas. Designa una dependencia del Ministerio del Amor (el que se ocupa de corregir la disidencia mediante la tortura) en la que se oculta «lo peor del mundo». En la 101 el prisionero se enfrenta a lo que más teme, a su peor fantasía, a aquello ante lo que su espíritu se quebrará definitivamente. En el caso de Winston Smith, protagonista de la novela, lo peor del mundo son las ratas. Por eso, cuando el funcionario de Oceanía percibe ya muy cerca de su rostro «su asqueroso olor», se derrumba y, loco de terror, traiciona a su amor en aquella escena terrible, inolvidable, en que grita: «¡Házselo a Julia! ¡A mí no! No me importa lo que hagas con ella. Desgárrale la cara, descoyúntale los huesos. ¡Pero a mí no!». O’Brien, su torturador, tiene razón: siempre existe algo que no puede soportarse, algo más allá del valor o la cobardía. Y está escondido, esperándonos, en la habitación 101.
Orwell es el escritor que más ha contribuido a enriquecer con sus neologismos el vocabulario de los horrores del siglo XX
Muchos empleados de esos hoteles, como muchos de quienes se entretienen con el globalizado Gran Hermano, ignoran el origen y significado de esas metáforas orwellianas. Y de otras muchas. Hubo algún comentarista político que, al socaire del progresivo calentamiento dialéctico de la Administración Bush, rescató lo de los «dos minutos de odio» diarios, aquel ejercicio obligatorio de los ciudadanos de Oceanía en el que todos entraban en trance, descargando su ira verbal contra el enemigo especular (Goldstein, contrafigura de Big Brother) con el fin de mantener vivo el odio necesario para que continuara una guerra cuyos orígenes nadie recordaba. Y «neolengua» y «doblepensar» son términos habituales en el periodismo político anglosajón, sobre todo a la hora de referirse al lenguaje elusivo y cínico con el que los líderes revelan y ocultan lo que piensan.
Orwell escribió su libro a partir de un imaginario alimentado en la práctica totalitaria de los años treinta. Más que en sus innegables influencias literarias -de los Viajes de Gulliver a la distopía Nosotros, de Zamiatin- la fuente de sus temas está en lo que aprendió de la Guerra Civil española y de los (simultáneos) procesos de Moscú, además de su conocimiento del nazismo. Antes de morir de tuberculosis, Orwell decidió reunir esos asuntos y motivos en una novela cuyo primer título fue El último hombre de Europa y que acabó siendo publicada como 1984. El libro fue compuesto en un estado febril (interrumpido por contrariedades, accidentes y enfermedades) en una lejana isla de las Hébridas, en una casa sin electricidad que le había prestado su amigo y editor (dueño de The Observer) David Astor. 1984 fue publicado el 8 de junio de 1949 -hace ahora sesenta años- por Secker&Warburg, una editorial entonces joven que editaba a autores de la izquierda antiestalinista, como el anarquista Rudolf Rocker o el trotskista Boris Souvarine. El libro se convirtió en uno de los grandes best sellers de la deprimida Gran Bretaña de posguerra. Y el impacto de sus símbolos y motivos ha trascendido a sus propios lectores. Por eso, en algunos viejos hoteles británicos (sobre todo en la provincia) no le alojarán nunca en la 101.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de mayo de 2009
*Fuente: El País
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