La reciente ordenanza del alcalde de Santiago, que prohíbe en su comuna los circos con espectáculos con animales ha causado conmoción y polémica. Por unas horas eludí pensar en el tema, pero es ineludible.
Finalmente me han convencido de que es impresentable que siga perteneciendo al reino de lo posible la idea de que se puede, sin más, capturar o criar y someter a cautiverio a un animal para obligarlo a conductas coercitivas repetitivas que, para los más ahora, son diversiones de gentes bárbaras y estúpidas.
Aunque no lo digan con esas palabras.
En algún momento consideré que muchos animales disfrutan mucho de lo que hacen como arte y que ellos, como por lo demás todos los mamíferos e incluso otros, manejan el mismo concepto de teatro que nosotros. Los mamíferos pueden actuar, es decir, pueden hacer como si, exactamente igual que nosotros. Y disfrutar muchísimo de ello.
Nada les cuesta hacerse los muertos, o pretender que son cojos, o que el perro del vecino les dio un mordiscón. Cuando lo hacen, se matan de la risa.
Pero, obviamente, es filosóficamente impresentable que enchapemos de mérito acciones y situaciones que son de lejos patentemente arbitrarias, injustas e innecesarias. Pues aunque les guste actuar y conozcan el concepto de teatro, no sabemos si les interesa hacer carrera en el mundo del espectáculo.
Tampoco es de por sí inmoral que podamos relacionarnos con algunos animales de tal manera que lleguemos a actuar con ellos en condiciones de práctica igualdad -como el perro que hace de muñeco de ventrílocuo, por ejemplo, o las parejas de baile caninas.
Pero la brutal injusticia -aunque muchas veces es también piedad- del primer encuentro, de la imposición de nuestra manera de ordenar el mundo, de la relación fundamentalmente desigual entre nosotros y las mascotas y otros animales, contamina nuestra relación con las mascotas artistas.
Así que es una lástima que los animales del circo se vayan a perder. Pero es mejor la prohibición que permitir la prolongación de los incontables sufrimientos, maltratos y restricciones a que son sometidos.
Pero podría provocar también el surgimiento de un nuevo género, quizás todavía más rico en posibilidades y diálogos, en el que los desterrados animales de circo volverán reencarnados, por decirlo así, en actores disfrazados de esos animales, o muñecos, para hacer malabarismos o sostener diálogos.
Un teatro con animales en que, en cortos sketches, los animales de circo rememoren sus tiempos de esclavitud, intercambien chismes y llamen a la lucha por la defensa de los derechos animales. Por decir algo. En realidad, el techo es el cielo, aunque lo veo yo más cercano a la comedia y a la farsa, que a la tragedia.
Los nuevos animales de circo ofrecerán una oportunidad para un nuevo tipo de teatro popular y callejero, absolutamente circense, del tipo que seduce a la gente que pasa y, el domingo, a los niños en la plaza.
Así que con la muerte de los espectáculos con animales de circo podemos haber ganado un nuevo género del teatro cómico, el del teatro con animales del circo, que intuyo debe haber existido o existe en algún lugar, y al que se le puede, todavía, augurar un gran futuro.
Y todo este bello proyecto se lo deberemos a una prohibición humanamente sensata que ofrece un atisbo de una sociedad con menos opresión y menos violaciones y violencias.
[mérici]
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