«Hay much@s argentin@s que sí quieren un país que se parezca a Venezuela»
por Carlos Aznárez (Argentina)
8 años atrás 6 min lectura

Resumen Latinoamericano, 3 septiembre 2018.-
Puede decirse que Mauricio Macri es muchas cosas a la vez, desde su clara identificación con el jingle que se canta en los estadios de fútbol y los conciertos multitudinarios y que se puede sintetizar en la sigla MMLPQTP, hasta sus repetidas alusiones a convertirse en un desastroso piloto de “tormentas”, cuando en realidad lo que él y su política devastadora provocan ya se parece a un auténtico tsunami. Pero sin dudas, lo que más lo caracteriza a este hijo nostálgico de la dictadura militar es su caradurismo a prueba de balas. No solo ha hipotecado el país a cien años, generando una descomunal deuda externa (de la interna, ni hablemos porque la lista de destrozos es interminable) sino que en cada uno de sus discursos, imitando a Donald Trump, no tiene pelos en la lengua para mezclar afirmaciones brutales sin ningún tipo de sutilezas (“va a aumentar la pobreza”, como dijo este lunes), pasando por su consabida muletilla de que estamos mal por culpa de “la herencia del gobierno anterior” y de la “confrontación comercial EEUU-China”, hasta su repetido “hicimos todo lo que hicimos para que el país no se parezca a Venezuela”.
Esto sostiene quien ha cedido el mando del gobierno al FMI para hacer retroceder el país a las puertas de un pasado que hasta el día de hoy sigue generando traumas imborrables a varias generaciones. Lo dice, sabiendo que su casta delincuencial, esa que como menos tiene dinero en las off shore o en cuentas secretas en diversos paraísos fiscales, o que han aumentado sus riquezas aún más, comprando millones de dólares en las últimas semanas a precios beneficiosos que les facilitaba el presidente del Banco Central, Luis Caputo. Lo dicho, son ladrones de guante blanco, que se burlan impúdicamente de la gran mayoría de una población -incluso de quienes los votaron en dos oportunidades- que oscila entre el pánico y una cloroformada indiferencia.
Mientras tanto, esos hombres y mujeres que a duras penas conservan sus trabajos y esos otros que a consecuencia de la irrupción del macrismo los han ido perdiendo y hoy, como en el 2001, corren el peligro de que les desahucian sus hipotecadas viviendas por no poder afrontar tasas de interés del 60 %, observan cómo es ese país que “no quiere” parecerse a Venezuela, donde el gobierno de Hugo Chávez primero y el de Nicolás Maduro ya han entregado a los más humildes de su país más de 2 millones de viviendas (totalmente equipadas) y aspira solo este año a construir 500 mil más con una meta a corto plazo de 5 millones de nuevas casas. Igualito a esta Argentina neoliberal donde no sólo no se contempla ningún plan habitacional sino que se ha llegado al descaro de levantar, en algún barrio, una especie de maqueta, inaugurarla con la presencia de la gobernadora María Eugenia Vidal, funcionarios trajeados y ágape incluido, y tiempo después, la escena se repetiría en otro sitio pero las viviendas prometidas brillan por su ausencia.
Venezuela vale retro, repite la marioneta de Washington y de la señora FMI, mientras los hospitales argentinos son vaciados por donde se los mire, y a pesar del esfuerzo heroico de médicos, médicas, enfermeras y enfermeros para tratar de salvar vidas, se carece de gasas, de sangre, de agujas y hasta de aspirinas. ¿Que parece apocalíptico? Solo hay que preguntarle a alguien que después de meses esperando turno ve llegar el día de una operación nada compleja, y sus familiares tienen que llevar hasta la anestesia. Sin embargo, en la Venezuela chavista, a pesar del bloqueo criminal de medicamentos, motorizado por Estados Unidos y los gobiernos cómplices (los del autodenominado Grupo de Lima, en el que Macri funge de triste protagonista) los esfuerzos de profesionales bolivarianos junto con los abnegados cubanos y cubanas de la Misión Milagro, mantienen en los sitios más recónditos de la geografía venezolana niveles de atención primaria y compleja de alta calidad. Las y los médicos de familia se han convertido en símbolo de la solidaridad internacionalista que más quisiéramos tener un diez por ciento de ellos y ellas en Argentina.
Ni qué decir de la educación, donde el grupo de fantoches del ministerio correspondiente le hacen de claque al discurso macrista que aborrece la escuela pública, destruye los equipos de trabajo intedisciplinarios, les parece inconveniente tener “tantas universidades” en el Gran Buenos Aires (la mayoría de ellas, altamente competitivas y creadas durante el gobierno kirchnerista) y si faltara algo, han embestido contra los científicos, los proyectos de agricultura familiar y hasta las ayudas a discapacitados y grupos de apoyo a mujeres que sufren la violencia patriarcal. Nada se ha salvado del paso de esta mafia enquistada en el gobierno, que está igualando ya las peores experiencias de brutalidad gubernamental sufridas en otros años nefastos de la Argentina, incluida la dictadura cívico-militar-empresarial y religiosa de 1976.
En la Venezuela, tan demonizada por Macri, la educación pegó un salto de calidad durante el mandato de Chávez y ha continuado hasta el presente, creándose numerosos centros de enseñanza primaria, secundaria y universitaria, con Misiones que lograron desde el analfabetismo cero hasta la abierta inclusión de quienes jamás habían pisado un colegio y mucho menos un aula de enseñanza superior. Todo ello de manera gratuita y generando promociones de jóvenes estudiantes que surgieron de ámbitos obreros y campesinos. Todo esto se logra, a pesar de una campaña permanente de desestabilización, de guerra económica y hasta períodos de criminal violencia, como los que se han vivido recientemente. Con todo esa carga negativa y la amenaza de una intervención militar imperialista, la Revolución Bolivariana y sus adelantos en lo que hace a los aspectos esenciales a los que aspira cualquier ser humano, está a años luz de la catástrofe neoliberal que hoy soporta el pueblo argentino.
Es por ello, que cuando Macri nombra a Venezuela como ejemplo de lo que no se debe hacer, se hunde en su propia y nauseabunda ciénaga. Podrá tener todo el poder mediático mentiroso de su lado (ya no tanto, porque cuando el barco se hunde, se sabe que las ratas lo abandonan) pero no engañará más de lo que ya hizo cuando prometía “cambios” y sólo supo generar deuda externa y más dependencia.
Puestos a elegir, somos muchos y muchas que sin dudas queremos ser la Venezuela de hoy, chavista, comunera, antiimperialista y revolucionaria. Lo contrario es este presente argentino de cientos de miles de despedidos, inflación descomunal, represión y un clima de desesperanza, que sin duda tendremos que derrotar ganando cada una y todas las calles del país. Un día, dos y todos los que hagan falta, para que el tirano de la obsoleta democracia burguesa se suba al helicóptero, como ya lo hizo De la Rúa el 20 de diciembre del 2001 o los jefes de Mauricio M.hace 43 años, en el glorioso Vietnam socialista de Ho Chi Minh y Giap.
-El autor, Carlos Aznárez, es integrante de la Coordinadora Resistir y Luchar
*Fuente: Resumen Latinoamericano
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