Crónica: Los condenados a la soledad
por Yasna Mussa (Chile)
10 años atrás 8 min lectura

Más allá de las preguntas pertinentes sobre las responsabilidades en el incendio del 21 de mayo en Valparaíso, ¿qué hacía un hombre de 71 años trabajando? ¿Por qué Eduardo Lara debía trabajar a una edad en que podría estar disfrutando de su jubilación? ¿Qué pasa en este país donde después de una vida completa dedicada al trabajo los ancianos no tienen una vejez digna?
Cada mañana, al pasar por el hall de entrada de mi edificio, el señor detrás del mesón me saluda con un gesto cariñoso. Es un hombre mayor, parcialmente calvo, con la voz temblorosa y el andar lento. Desde el primer día me conmovió su trato cuidadoso, aspecto frágil y cansado, como se está cuando se cargan décadas de trabajo sobre los hombros.
El sábado 21 de mayo, siguiendo las noticias de las manifestaciones sociales con motivo de la Cuenta Pública me enteré, como la mayoría de los ciudadanos, que Eduardo Lara Tapia, guardia del Concejo Municipal de Valparaíso, falleció por asfixia producto del incendio que afectó al edificio donde trabajaba. Se trataba de un hombre de 71 años, jubilado. Imaginé cómo fue ese último día, esos últimos saludos con quienes compartía en ese inmueble patrimonial y esos minutos previos al final. Qué hacía ahí ese hombre de la tercera edad, que en vez de disfrutar de su jubilación- quizás con sus hijos, quizás con sus nietos o quizás con otros ancianos alimentando a las palomas de la plaza O’Higgins donde se reúnen los pensionado a charlar- debía estar trabajando un festivo.
Murió en su lugar de trabajo. En ese espacio dónde él debía asumir responsabilidades cotidianas. El mismo en donde nadie acudió a su auxilio entre las llamas. Su hijo Luis, lo decía en el funeral realizado este martes en el puerto principal: “Él perdió la vida haciendo su trabajo, no les pido que pierdan su vida, pero que sí, estas horas que son de servicio las lleven al máximo, no me van a devolver a mi padre, pero si me gustaría que en mi Valparaíso querido exista paz…”.
La noticia indignó a la población. De todos los sectores políticos surgieron críticas contra el actuar de los encapuchados. Carabineros dijo que “se inhibió después de lo que sucedió con Rodrigo Avilés”, aun cuando las cámaras mostraban el edificio en llamas y la policía reprimiendo desinhibida a los que se manifestaban un poco más allá.
Al día siguiente, también feriado, el hombre que me abre la puerta cada día, saludaba como de costumbre con los periódicos de domingo sobre el mesón de entrada. Todos titulaban con la noticia del incendio en Valparaíso. Más allá de las preguntas pertinentes sobre las responsabilidades en el caso, otras dudas me acorralaron en ese espacio frío que es el vestíbulo del edificio: ¿qué hacía un hombre de 71 años trabajando? ¿Por qué, al igual que mi conserje, Eduardo Lara debía trabajar a una edad en que podría estar disfrutando de su jubilación? ¿Qué pasa en este país donde después de una vida completa dedicada al trabajo los ancianos no tienen una vejez digna?
Mientras las miradas se centran en el hecho delictual, múltiples temas sociales rodean la trágica muerte del trabajador. En Chile, la pensión mensual que recibe la gran mayoría de los jubilados, según un estudio de la Fundación SOL, es de 147 mil pesos.
En el país existen 268.739 personas que hasta un poco más de un año recibían una pensión por vejez, es decir, que se acogieron al retiro programado, según indican los datos de la Superintendencia de Pensiones. Estos, reciben su jubilación desde las Administradoras de Fondos de Pensiones, las famosas AFP, esas instituciones financieras privadas manejadas por sociedades anónimas, encargadas de administrar los fondos y ahorro de pensiones de las cuentas individuales.
El dinero corresponde al 66 por ciento del sueldo mínimo, que a la fecha alcanza los 161 mil 265 pesos. La desigualdad de género también se instala en esta etapa de la vida, pues la Fundación SOL destaca que las mujeres tienen jubilaciones peores que los hombres. Incluso en la precariedad existe desigualdad.
Hasta la reforma que introdujo las AFP a inicios de la década de los 80, Chile funcionaba con el sistema previsional dado por un sistema de reparto, algo que hoy utilizan todos los países desarrollados. Este sistema de reparto es solidario y en él se descuentan cotizaciones a todos los trabajadores que están en actividad. Estas se acumulan y se pagan de inmediato las pensiones a todos aquellos que están jubilados.
Para Luis Mesina, Vocero de la Coordinadora Nacional no más AFP, la precariedad en que se encuentran los adultos mayores y jubilados en Chile es un escándalo, pues “detrás de esto se esconde un drama que afecta a muchos trabajadores chilenos y chilenas que son las condiciones miserables a las que llegan después de una larga vida activa y que deben seguir laborando después de los 65 años en condiciones cada vez más precarias sin ningún tipo de seguridad social.
Para Mesina, “queda en evidencia porque este sistema que conocemos actualmente, que es único en el mundo, que es el actual sistema de ahorro forzoso, llamado AFP. Esto nos condena inexorablemente a que al final de nuestra vida activa, tengamos que vivir de manera totalmente miserable. Las pensiones al día de hoy, y eso es bueno que la gente lo sepa, el 31% que paga las pensiones de la AFP son montos inferiores a 151 mil pesos”.
La dignidad
Este martes 24, miembros de la Unión Nacional de Pensionados y la Organización del Adulto Mayor llegaron hasta las oficinas de Metro de Santiago, acusando a las autoridades de poner trabas para que la tercera edad logre una rebaja en el pasaje del tren subterráneo. Las organizaciones buscan que las tarifas sean las mismas que pagan los estudiantes.
“En el Metro el problema es otro. En febrero logramos quebrarle la mano a este organismo, consiguiendo que el adulto mayor no tuviera controles de hora, puede todo el día subir en el Metro y pagar los 210 pesos, pero, únicamente, a los pensionados, jubilados y montepiados. Al adulto mayor que no tiene esa franquicia no figura en este campo”, explicaba Francisco Iturriaga, uno de los dirigentes.
El metro de Santiago, cuyos elevados precios son cuestionados constantemente por la ciudadanía, fijó un nuevo sistema en donde los jubilados tienen presentar a través de una página web la documentación que acredita su situación para poder acceder a los beneficios de la tercera edad. Una herramienta con la que la mayoría de los ancianos no tiene familiaridad, pues se trata más bien de una población analfabeta informáticamente, que no tiene los conocimientos para escanear los documentos que se les solicitan o la habilidad para ajustar una fotografía tamaño carnet en los estándares requeridos.
Por eso los miembros de estas organizaciones entregaron un manifiesto y una carta a las autoridades del Metro para evitar trabas y acceder de manera simple.
Como lo repiten organizaciones de jubilados, no se trata de favores o de entregar bonos, se trata de políticas públicas de seguridad social. Se trata, como lo dice el vocero de la Coordinadora Nacional No Más AFP, de dignidad.
“Estamos frente a un sistema que es macabro, trágico, y que nos revela cada cierto tiempo, bastante continuo ahora, que casos como los que le sucedieron a nuestro compatriota en Valparaíso, que murió trabajando un día festivo porque sin ninguna duda su pensión o su sueldo, si es que tenía, no le alcanzaba para vivir. Eso es francamente indigno”, declara Mesina.
El vocero de No Más AFP apunta a la mala distribución de los recursos, pues para él “teniendo una cantidad tan grande de millones de dólares ahorrados, que son propiedad de los trabajadores, no los podemos usar y que solamente los siguen usando los dueños de los grandes bancos, del retail, del gran comercio y los grandes empresarios de este Chile que, justamente, se han hecho multimillonarios a través del uso indiscriminado y abusivo de nuestros recursos previsionales”.
Pero si de accesos se trata, el ejemplo es la escena de este miércoles en la estación Tobalaba, en horario punta. A las 18:30 horas una de las escaleras colapsaba el descenso. A un costado, una mujer mayor bajaba lentamente, afirmada de dos hombres, con ese gesto inconfundible que tiene el dolor. La anciana se aferraba a los brazos de sus acompañantes para poder llegar hasta la boletería de una estación colapsada, para cruzar el control del ticket igual de colapsado, para después enfrentar una segunda escalera y viajar en un vagón colapsado, en el que los asientos destinados para ella, la mayor parte del tiempo, se encuentran se encuentran ocupados.
Es el abandono total de, quienes como nosotros, se levantaron temprano, salieron a trabajar y llegaron a su casa con el pan y lo poco que les quedaba para ahorrar. De aquellos abuelos que no pueden contemplar la vida con el ritmo pausado que les da la experiencia y el desgaste implacable.
Volví a casa pensando en Eduardo Lara y su último día de trabajo. Tenía la intención de hablar con mi conserje, preguntarle por sus condiciones laborales, por sus años que calculo en al menos 78, por su salud. Al otro lado del mesón había otro hombre en su lugar. Me contó que Ernesto, cuyo nombre hasta ese minuto ignoraba, fue hospitalizado producto de un derrame la noche anterior y aunque está estable tendrá que permanecer al menos 15 días hospitalizado. Su hija pasó pocas horas antes para entregar la licencia médica al administrador.
Alejandro, el reemplazante, tiene 73 años y una pensión de 130 mil pesos. Por eso trabaja en esos turnos que se hacen eternos, sobre todo tan cerca del invierno.
Al igual como lo hacía Ernesto, anoche lo vi luchando detrás del mesón para no dormirse. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿Por qué un anciano continúa trabajando?
*Fuente: Radio UdeChile
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