No vengo a vender, sino a regalar
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
13 años atrás 6 min lectura
Un “rábula” de la Avenida Pedro Montt exponía, ante un público atónito, los diferentes juegos que pueden surgir de los sistemas electorales y, para impresionar a los transeúntes que se iban agolpando a su alrededor, decía, muy horondo, que las elecciones son como las misas para los católicos en las democracias representativas, pero lo malo es que, actualmente, la representación está en crisis – los políticos y los partidos son despreciados por la ciudadanía y “el que se vayan todos” se repite en todas las capitales del mundo- en consecuencia, lo fundamental no es el cambio del sistema electoral, sino la convocatoria a una Asamblea Constituyente, que abarque todo el sistema político.
La democracia moderna supone una mezcla de instituciones representativas con las plebiscitarias: no legislan sólo los representantes, sino también el pueblo entero, a través de iniciativas populares de ley, y los elegidos por sufragio universal no pueden hacer lo que ellos quieran, sino cumplir el mandato de los ciudadanos, que lo pueden revocar de su cargo cuando lo estimen conveniente. En este género de democracia, los sistemas electorales dejan de ser la piedra angular del sistema político, pues el verdadero mandante es el pueblo soberano.
Según nuestro rábula de Pedro Montt hay tres tipos de sistemas electorales: los mayoritarios, en que el país se divide en tantos distritos electorales como cargos a elegir – si son 120 diputados, hay el mismo número de distritos -. Patricio Navia hizo una simulación del sistema mayoritario, a una vuelta, y la Concertación tendría mayoría absoluta en ambas Cámaras, en el período de la confección de esta hipótesis. Para usar los términos de Lionel Sánchez – ex futbolista – “siempre gana el más mejor”-.
Los sistemas proporcionales, que pretenden representar, lo mejor posible, la relación entre los votos obtenidos por los partidos políticos y los escaños a repartir. También existen los sistemas mixtos – como en Alemania – que mezcla lo mejor de cada uno de los anteriores.
Seguía nuestro voluntario conferencista que también distritos uninominales – un solo diputado -, binominales – dos diputados, en que la mayoría de las veces resulta elegido el tercero en votación -; los plurinominales, que eligen más de un diputado. Le parecerá ridículo, pero el sistema binominal es proporcional y plurinominal en la clasificación de los cientistas políticos – si Uds. quieren, este último, el más perverso de los proporcionales -.
Los cientistas políticos piensan siempre en base a modelos, en que su ideal los constituyen los sistemas políticos anglosajones – americanos e ingleses -; el modelo y la icaria es el bipartidismo y, además, tienen la pretensión de concluir leyes científicas, pero que nunca se aplican a la realidad: es falso que el sistema mayoritario mixto y proporcional genere siempre un determinado número de partidos políticos – en Chile, por ejemplo, hemos aplicado tres tipos de sistemas electorales y en todos, el número de partidos con representación parlamentaria es el mismo, de seis a nueve -. Análogamente, los economistas pretenden tener el modelo ideal en su campo – alto crecimiento y baja inflación – pero la economía, como ciencia humana, tiene más variables que la rigidez mental de los científicos. El árbol siempre de vida es muy superior a cualquier elucubración científica.
La experiencia electoral indica que mientras más diputados se elijan en un distrito determinado – por ejemplo, 18 en el primer distrito de Santiago, como lo era en la época republicana, da mayor representación a los partidos políticos pequeños – hay más posibilidad de representación para los partidos pequeños, y así se daría una Cámara más plural y representativa, evitando partidos extra sistema.
Otra forma de visualizar la Cámara de Diputados es que sea representativa de las regiones y provincias, y en este caso no importaría el número de votantes por distrito, sino que todas las regiones estuvieran representadas. Con esta modalidad, la proporcionalidad no tiene mayor importancia, pues el eje es la representación es la región. El ideal sería un país federal, donde hubiera parlamentos en cada región.
La Cámara también puede ser distribuida según el número de habitantes: desde 1925-1973, se elegía un diputado por cada 30.000 habitantes; bastaba con no aprobar el censo – que se hacía cada diez años – para que la Cámara se mantuviera con el mismo número de diputados, lo cual favorecía a la derecha, pues el crecimiento de los distritos urbanos era muy superior a los rurales, donde se usaba el cohecho, especialmente por los partidos políticos de derecha.
En otros artículos hemos probado que los sistemas electorales siempre falsifican la voluntad popular, por mucha pretensión de perfección que tenga. En el siglo XIX, el sistema de lista cerrada permitía que todos los senadores fueran elegidos por el Presidente de la república; a partir de 1958, el sistema proporcional D´Hont distorsionó en favor de los Partidos Radical y Democracia Cristiana y, desde 1990 hasta hoy, el binominal distorsiona entre un 5% o 6% en favor de los partidos políticos del duopolio.
En el sistema electoral 1925-1970 se prohibieron los pactos electorales: cada Partido competía solo, lo cual permitía, a mi modo de ver, mayor proporcionalidad, como también un pluralismo que favorecía el centro político, fuese laico o cristiano, de patronazgo o mesiánico, muy cercano al multipartidismo que alaba Giovanni Sartori, (recordemos que los modelos de los cientistas políticos tienden a valorar la normalidad sobre la complejidad). A partir de 1970 se permitieron los pactos electorales, debido a la polarización existente – La CODE y la UP -, que permitió a Sartori plantear el modelo del “multipartidismo polarizado”.
Sería un error sostener, como lo sostiene la UDI, que siempre el bipartidismo, o la existencia de dos combinaciones favorece la llamada “democracia de los acuerdos”, pero ya hemos probado que en la UP sucedió todo lo contrario. Lo que ocurrió en Chile es que la Concertación – como don Quijote – de soñadora y utópica, se puso realista y reaccionaria; de loca, en cuerda, por consiguiente, la “democracia de los acuerdos” no es más que seguirle la cuerda a la UDI, partido que no se convirtió en freista, por el contrario la Democracia Cristiana se volvió en guzmanista.
La propuesta de limitar la duración de los períodos es, francamente, una ridiculez, pues los senadores desempeñarían su función durante 16 años, lo que es una enormidad si a los actuales se les suman los 24 años que ya llevan en el congreso y, con respecto a los diputados, se agregarían 12 años más. El ideal sería que los diputados duraran dos años, sin reelección inmediata, los senadores no existieran y los Presidentes de la república, un año, como proponía el gran héroe, Manuel Rodríguez.
Rábula- leguleyo, charlatán y otros apelativos “cariñosos”, según el diccionario – resultó ser más acertado que muchos de los políticos que ha tocado estos temas electorales que, a simple vista, parecen aburridos, pero que son imprescindibles mientras exista la representación.
16/07/2013
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