La historia de la canción «Stefanie» de Alfredo Zitarrosa, Capítulo 2
por piensaChile
9 meses atrás 6 min lectura
15 de abril de 2025
El 8 de mayo de 2011, publicamos un artículo tomado de La República, el que se titulaba «La historia de la canción «Stefanie» de Alfredo Zitarrosa«. Ese artículo, como mucho otros, ha sufrido las consecuencias de ataques recibidos, de cambios de plataforma y otras aventuras que han hecho que se hayan perdido fotos que incluimos al comienzo, link a videos y datos estadísticos. A pesar de eso, hoy, 15 de abril de 2025, podemos ver que la estadística registra casi 15.000 visitas. Y esto sólo desde fines de 2015. Por esas casualidades de la vida, nos hemos encontrado en Youtube, al pie de una de las publicaciones de «Stefanie», con un comentario ingresado por «@gcalvo59 hace 1 año» que nos ha parecido de tanto interés que lo hemos copiado aquí, para ustedes, seguidores de «Don Alfredo Zitarrosa», para hacer crecer la leyenda de esta historia-canción. Curiosamente, al pie del comentario se lee una firma que no es de un hombre, sino de una mujer. Ahí va!
La Redacción de piensaChile
Stephanie fue una «trabajadora social», que Zitarrosa conoció en Brasil, entre whisky y whisky que como siempre, se andaba bajando tupido.
Estaba sólo en el bar del hotel, «bastante bajoneado» y esperando para la próxima entrada del segundo. de los 4 recitales que debía dar en San Pablo.
Y que necesitaba dar en realidad. Porque la situación económica ya no le resultaba cómoda a él, y apremiaba a su representante.
Situación que además pintaba claramente para agravarse: ya era un exiliado residiendo en una Argentina, donde había estallado el golpe militar.
En ese bar, se le aparece de repente, una «mujer de extraordinaria belleza», a quien le convida una copa y rápidamente se van para la habitación.
El inicio de su tema ya refleja lo maravilloso de ese encuentro con la brasileña, pero lo cruelmente pasajero del mismo («no hay dolor más atroz que ser feliz»).
Stephanie,
no hay dolor más atroz que ser feliz.
Decías anoche:
ouve me por favor, bésame aquí.
Stephanie,
sé que tu corazón, fala de mim,
y eso es dolor, Stefanie
Sin embargo, Zitarrosa se enamora al instante y perdidamente. Le propone irse juntos a Buenos Aires, casarse. Le cuenta a su amigo, que «Había descubierto de nuevo al amor». Pero no hubo caso. A la hermosa niña no le interesaba nada serio o formal. Sólo se relacionaba por dinero.
Y él refleja en el tema, esa desesperanza casi dramáticamente («ayer estaba solo, y hoy también»), y expresa su tormento por verla partir («La vida es cruel!»)
Stephanie,
yo ayer estaba solo, y hoy también.
Pero en mi cama:
ha quedado el perfume de tu piel.
Te veo salir,
correr por el pasillo del hotel,
la vida es cruel, Stephanie.
Cuando Zitarrosa regresa a Buenos Aires, le cuenta a su representante que veía la situación en Brasil menos represiva. Que allí se podían hacer cosas le contaba. Que había espacio para lo artístico.
Hasta que al final su amigo, ya yendo «a los bifes», le pregunta si le había llevado la plata de la comisión que le correspondía por esos recitales en Brasil.
Y Don Alfredo titubeó… Dejó el mate y se sirvió un whisky, y le fue narrando la historia de esta niña que lo había prendado.
Y de cómo se lamentaba él no haberla podido convencer: «Me golpeaban la puerta de la habitación para la segunda entrada, pero no me importaba nada».
Pero nos cuenta otra vez, crudamente, que de esa niña que logró por un instante reflotarlo de sus bajoneos, e intuyó que podía salvarlo de su soledad, o quien le restituyera ese amor perdido, sólo le quedará como recuerdo, todo lo bello que se palpa y se disfruta en el momento. Pero nada más. «Pero no a ti».
A ella nunca llegará a conocerla. Por eso es que: «hay una sombra oscura tras de ti».
Stephanie,
hay una sombra oscura tras de ti.
De tu ternura:
recuerdo la mirada, azul turquí.
Los pies calientes,
tus palabras de amor en portugués.
Pero no a ti, Stephanie.
Y no hubo caso. Zitarrosa no la convence y «queda demolido».
«Me incorporé. Apreté los billetes, los tuyos y los míos (le cuenta a su amigo) y se los arrojé por la cabeza hasta con odio. Ella los juntó uno a uno, saludó con su maravillosa testa, y en silencio salió de la habitación.».
Y aquí aparece el macho rioplatense que en medio de su (pese a todo) tierno recuerdo, le recrimina a la niña por su sueño frustrado, más que por su actividad, (finalmente por esa actividad la conoció). Y le advierte por el incierto futuro que a ella le espera («hazme saber si va a sobrevivir»), y hasta la alecciona o casi le implora, o ambas cosas: «Sé más mujer!».
Stephanie,
hazme saber si va a sobrevivir,
entre la gente,
el color de tu pelo, Stephanie.
Te ves vivir,
la soledad que sales a vender.
Sé más mujer, Stephanie.
Zitarrosa trató de tranquilizar a su angustiado amigo y representante: «Pero Carlitos, tené paciencia. Ya reaparecerán tus dólares. Tengo una canción que va andar muy bien, estoy seguro. Se llamará Stephanie, ….».
Así termina pretendiendo consolar a su amigo, e intentando reivindicarse de la macana que sabe cometió, sin saber si logrará compensarla…
Y en el final de la canción, este gran uruguayo actúa igual. Trata de disimular su abrupta inocencia, («yo tampoco te quiero»), pero sin dejar de recriminarle a la brasileña, que lo de ella fue peor, («mas tu amor por el dinero…»).
Y como suele ocurrir con Zitarrosa en estas canciones, deja un final para la imaginación.
Un final desbordante de ternura, pero abierto a cualquier interpretación, quizás, como para que nadie se dé cuenta de esa debilidad suya.
Porque si la canción «pregunta por ti y no ha dormido», es porque no puede olvidarla, pero al mismo tiempo, esa canción que no puede olvidarla, es puro olvido.
Stephanie,
yo tampoco te quiero, más tu amor,
por el dinero,
ha olvidado al obrero y al señor.
Esta canción,
que pregunta por ti, que no ha dormido,
es puro olvido, Stephanie.
Díganme, si no debe ser considerado un himno semejante elaboración, pergeñada a partir de la pasión que provocó una dama, por apenas una simple horita que logró infiltrarse en su vida, y por más belleza que hubiere desparramado.
No sé qué habrá sido de Stephanie en la vida real, y si es que así se llamaba. No sé si vivirá, si será feliz, o la vida fue cruel con ella.
Si logró que el color de su pelo sobreviviera, o si la soledad que salía a vender no la terminó engullendo.
Si Stephanie creyó que ganó buena plata con Zitarrosa, se equivocó. Porque por esos mismos pesos o dólares, hemos sido millones los que la disfrutamos.
Probablemente lo supo o lo sabe. Y en una de esas, hoy junto a algún hijo, su hermoso rostro logre esbozar una sonrisa satisfecha, pícara e intrigante.
«De qué se sonreirá mamá???»… se preguntarán sus hijos. Y quizás nunca sepan lo que ella sabe. Que gracias a un morocho engominado, formal y muy culto, a quien le brindó sus placeres por una hora, ella se sintió querida y deseada para toda la vida, y hasta logró hacer lagrimear a más de medio continente.
Rebeca Veronica Sotelo
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