Con sorpresa he leído hoy, miércoles 28 de abril, en el portal de Radio Cooperativa una noticia titulada: “Quince covidiotas detenidos en un local nocturno, en toque de queda, en Punta Arenas”. Evidentemente el neologismo covidiotas llamó mi atención, como seguramente esperaba Carola Chávez, periodista digital que firma dicho artículo.
Recurrí entonces al diccionario histórico de la RAE, enlazado en el texto de la noticia, que cita esta palabra como tomada del inglés covidiot (por lo tanto un barbarismo), y que se refiere a la “persona que se niega a cumplir las normas sanitarias dictadas para evitar el contagio de la covid”.
Si aún los mismos científicos y médicos no terminan de saber qué es la covid, y frenarla, entonces ocupémonos de la otra mitad del nuevo vocablo, de qué es ser idiota, recurriendo a la misma RAE como fuente.
En su primera acepción, como insulto, dice que idiota es “tonto o falto de entendimiento”. Y si revisamos qué es el entendimiento, dice que es la “potencia del alma, en virtud de la cual concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce”. Es decir que lo que le faltaría a un idiota sería la facultad de tomar conocimiento de algo, compararlo y juzgarlo y, de algo que ya conoce, inducir y deducir. Razonar.
Entonces, mi primera reflexión ha sido que atribuir falta de entendimiento a quien no acata una norma es negarle su capacidad de decidir, proceso que solo se puede realizar después de un razonamiento. Si la decisión es acertada o no, eso ya es otro asunto, pero quitar a alguien su libertad de decidir frente a una norma, y calificarlo de idiota, no es sino una forma de estigmatizarlo, de marcarlo.
Si tenemos en cuenta la cantidad y calidad de datos que se dan a diario acerca de la incidencia de la covid en el país, por todos los medios posibles, podemos estar casi seguros de que nadie está al margen de conocer su existencia y probables consecuencias. Pero si analizamos las estrategias implementadas por las autoridades, constantemente debatidas, también podemos estar de acuerdo en que no hay una comunicación efectiva y clara de esta crisis sanitaria. No entraré en si debe ser calificada de pandemia o sindemia, mi objetivo de fondo es otro. Hasta aquí, solo me interesa rescatar que las personas que fueron detenidas en este local nocturno, tenían conocimiento de la covid, de las normas sanitarias y, de motu proprio, aceptaron participar en dicho evento, asumiendo todas las posibles consecuencias. Ejercieron su capacidad de razonamiento y tomaron una decisión, por lo tanto no serían idiotas bajo ninguna acepción.
¿Cómo se produjo la detención? ¿Fue una fiscalización de las autoridades sanitarias? No. Un vecino llamó a la Central de Comunicaciones de la policía y acudieron a verificar la denuncia por ruidos molestos.
El fin de semana pasado, en la comuna de La Florida, en la Región Metropolitana, un vecino denunció y provocó la detención de 87 personas en un motel (hotel para adultos), es decir 43 parejas y la administradora del establecimiento. Si bien los hoteles y moteles comparten el tipo de licencia de funcionamiento, y ambos están habilitados para funcionar, los policías que realizaron el allanamiento de cada habitación, y detuvieron a las parejas, dijeron que éstas no contaban con permisos válidos para pernoctar en ese lugar. Cabe aclarar que esos permisos requeridos no existen.
¿Serían ruidos molestos también los que provocaron la anónima denuncia? Es difícil saberlo, pero lo que sí sabemos es que los llamados de la autoridad a denunciar anónimamente a quienes incumplan la norma sanitaria están surtiendo efecto. Y si agregamos el insulto “covidiotas” entonces estamos no solamente negando la capacidad de razonar frente a una norma (y acatarla o no), sino que estamos señalando a una persona o grupo de personas, y la denuncia se convierte, gracias a esta “periodista digital”, en delación.
El derecho a la intimidad, roto durante el allanamiento a las habitaciones del motel, y la búsqueda de un momento agradable luego de más de un mes de confinamiento total de la Región Metropolitana, han valido nada para alguien que eligió no solamente acatar la norma sino también hacerla cumplir delatando 43 parejas. Lo mismo ha sucedido en ese local nocturno de Punta Arenas que, antes de este período de excepción, contaba con los permisos para funcionar, y eso significa haber sido fiscalizado y autorizado. Aclaro en este punto que no defiendo el cumplimiento o incumplimiento de las normas. Lo que me preocupa es la normalización de la delación.
Sabemos lo que significó la delación en los días posteriores al Golpe de Estado de 1973, en que personas que mantenían rencillas o simples desavenencias, delataron a vecinos por ser “comunistas”, y esos vecinos fueron detenidos, torturados, fusilados y desaparecidos. Lo mismo que sucedió durante la Guerra Civil española y que generó distancias insalvables hasta hoy entre familias y familiares en muchos pueblos.
Y me preocupa aún más sabiendo ahora que existe una palabra inventada para marcar a esas personas delatadas, un signo visible en un titular de una noticia, que puede hacerse de uso cotidiano y causar mucho daño. ¿Habrá considerado eso Carola Chávez al escribir? ¿Habrá pensado por un segundo que el miedo repartido por todos los medios posibles, unido a este signo estigmatizador, podría dividirnos irremediablemente? ¿Dónde está la responsabilidad social de esta periodista?
He pensado mucho en las personas a quienes se aplica este sambenito. Y solo he tenido que proyectar en el tiempo cosas como la exigencia de un carnet de vacunación (1) para imaginar que, en algún momento, puede no haber cabida para los “covidiotas”.
He encontrado una imagen que me ha devuelto al terror de otros tiempos, de la normalización de la delación, de la división entre puros e impuros.



He recordado también una imagen, que se ha repetido mucho en las redes sociales: una persona recién vacunada con la primera dosis contra la covid, sosteniendo una tarjeta impresa con los colores de la bandera chilena, con su nombre escrito a mano, la fecha de aplicación de la dosis, marca de la vacuna y una sonrisa oculta bajo la mascarilla. Los discursos varían, y van desde lo más sencillo a declaraciones tan pretenciosas como: “Pocas veces en la historia de la humanidad, se puede ser parte de la historia…!”.
Respeto el proceso de razonamiento que cada persona haya tenido para decidir que respetará las normas sanitarias, o que se dejará aplicar una, dos o más dosis de una vacuna cuyas consecuencias a largo plazo son aún inciertas (2). Asumo que son personas conscientes de que aceptan libre y voluntariamente la responsabilidad de los efectos que les pueda causar ahora o en el futuro. Pero no puedo aceptar que, bajo dictado de una “periodista digital”, comencemos a dividirnos entre “ciudadanos obedientes” y “covidiotas”.
(1) «Países europeos contemplan instaurar un «pasaporte de vacunación»
(2) «Los expertos que asesoran a la agencia de Naciones Unidas recomendaron en un comunicado que “no se exija una prueba de vacunación como condición de entrada” para los viajeros internacionales, “dadas las pruebas limitadas sobre la eficacia de las vacunas para frenar la transmisión (del virus) y la desigualdad persistente en la distribución mundial de vacunas”.
El debate por el pasaporte de vacunación de la UE: ¿Un portazo a los turistas inoculados con inmunizantes chinos y rusos?
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