(Carta a las lectoras y lectores de mis textos)
Mi “carta abierta” a Cristián Warnken –la más leída y comentada de mis crónicas- suscitó una bullada resonancia en los medios electrónicos -sobre todo-, agregándose a ellos nuestro inefable Decano de la prensa. He recibido más congratulaciones que críticas, más parabienes que denuestos, aunque algunos de estos últimos tienen carácter de ofensas e insultos burdos, como los que me inflige un joven escritor de la Fundación Neruda, Ernesto González Barnet. Me refiero a él, porque otros intelectuales ligados a la institucionalidad nerudiana también se han alineado con Warnken, como si criticar al célebre entrevistador, porque se le premió, fuese casi un pecado nefando.
Ellos parecen ser parte del virtual blindaje que le proveen, junto a El Mercurio, en una especie de santa alianza que, por supuesto, nada tiene de ideológica, si nos remontamos a los contenidos ruines que desde sus páginas se lanzaron contra nuestro Poeta, agudizados en los días en que recibió el Nobel de Poesía (octubre de 1971, dos años antes de su muerte).
Detractores me señalan, además, no solo como parte de una conjura (en esto, los chilenos poseemos más imaginación que Lovecraft), sino cabecilla de un movimiento de carácter totalitario que busca terminar en Chile con la llamada “libertad de prensa”.
Créeme, amiga lectora, amigo lector, que me siento anonadado con esta inmensa carga y responsabilidad pavorosa. Pudiera yo pasar a la historia, no en mérito a mis más de mil doscientas crónicas y mis veintiocho libros publicados, sino por la condición de Atila del libre pensamiento. No es poco para una fama; quizá es mucho para la infamia –eso podría haberlo definido Jorge Luis Borges en su Historia Universal de la Infamia, que habrá que leer, en veinte o treinta años más, para observar sus adiciones-.
Mi indignada crítica a Cristián Warnken, a través de la cual interpreto a miles de chilenos, como queda en evidencia, -(siento pudor por estos guarismos elevados que hieren mi modestia), estriba en dos hechos, tan desafortunados como conocidos: uno, la entrevista edulcorada y sensiblera a Jaime Mañalich, Ministro de Salud (debiera ser Salubridad) del nefasto gobierno de Sebastián Piñera. El doctor Mañalich es responsable directo, junto a su mandante y amigo íntimo, del desastre humano, social y sanitario que estamos viviendo desde hace cien días.
Y la pregunta implícita: ¿Cómo puede un intelectual, con el rango de poeta laureado, prestarse para semejante aberración, en el momento en que asistimos al colapso de los hospitales, al sufrimiento y a la muerte de millares de compatriotas, al drama social de los pobladores?
Se responderá que, según Warnken, el ministro de marras ha sido “erróneamente evaluado” y que su responsabilidad es mínima y sus méritos ilimitados. Yo refuto tal aseveración, a la luz de las cifras y las conclusiones de organismos nacionales e internacionales especializados, que cada día confirman los descomunales errores cometidos por la cúpula política de salud, con una pertinacia cerril, sorda a toda sugerencia idónea. Pero, bueno, Warnken, con innegable sagacidad intelectual, resalta el “lado humano” del funcionario y su proverbial sacrificio. No me opongo –ridículo sería- a que escriba lo que le venga en gana, pero que considere que ese derecho también me asiste.
A pocos días de la criticada entrevista, desde la misma página mercurial, cuando Mañalich había sido recién defenestrado y aparecían, entre las penumbras de Santiago del Nuevo Extremo, “los muertos que vos matasteis”, no incluidos, junto a treinta mil -¡treinta mil!- casos, todos ocultos y manipulados para “no causar mayor alarma pública”, Cristián Warnken le prodiga emocionados agradecimientos, con ternura rayana en llanto fraterno.
¿Criticable? Por supuesto, y lo hice, quizá con mayor vehemencia de lo que acostumbro en mis textos, movido por la indignación que experimento ante la catástrofe humana y sanitaria en la que estamos sumidos, cuyas proporciones crecen, al punto que hoy, 19 de junio de 2020, uno de cada tres testeados arroja resultado positivo, otra cifra que nos ubica en el primer lugar de la tabla ignominiosa de la peste.
Otro de mis contradictores en este enfrentamiento, mi amigo cineasta y editor de Off The Record, Rodrigo Gonçalves, en cuya revista colaboro con gusto y paciencia, junto con enviarme una breve frase: “Yo estoy por la libertad de expresión” –opinión que comparto por completo- difunde en sus redes el último texto de Warnken, como tácita respuesta a la “carta abierta” y a los supuestos ataques en contra del derecho a libre opinión, articulados por esta conjura que yo parezco dirigir desde mi sencillo refugio ñuñoíno.
Insta el entrevistador y sobrino de Enrique Lihn a cerrar filas contra sus críticos “antes de que sea demasiado tarde”, es decir, antes de que Robespierre Moure active la guillotina recibida, probablemente, desde Corea del Norte… En esta cruzada liberal, Warnken cuenta, además, con su socio y paladín de la libertad, Jorge Edwards.
Me sigo preguntando: ¿Por qué se blinda a Warnken?, ¿de dónde procede esta protección a su imagen impoluta? ¿Será que la carencia menesterosa de intelectuales de peso en la Derecha les impele a defender a aquellos que se inclinan por sumarse a sus filas? Podría ser, pero a esto se han sumado intelectuales de sesgo progresista, armando una especie de segunda línea de troneras. No deja de ser asombroso.
Finalmente, aclaro: escribo artículos, notas y crónicas desde 1980, en plena dictadura. Fui colaborador de Punto Final, La Época, Fortín Mapocho y La Nación, amén de cronista permanente de Galicia en el Mundo y de la revista cultural gallega Areal. Hoy publico mis colaboraciones en Politika, Letras de Chile, revista Crítica, Página web de mi querida SECH, Letras de Chile y, como redactor adjunto, en Cine y Literatura.
En Chile, nunca –jamás de los jamases, como diría mi querida amiga Stella Díaz Varín- he recibido ni un solo peso por mis crónicas. Han sido y son colaboraciones gratuitas de quien no vive –mal que le pese- de este oficio, sino de lo que le provee su profesión de Contable (sí, como Fernando Pessoa, excusando la desmedida comparación).
Es de esperar, que ahora, como jefe de la conjura totalitaria, los siniestros conspiradores que represento tengan presente mi número de cuenta RUT en el Banco del Estado, aunque hace poco recibí la generosa caja de menestras asignada a la vivienda social en que habito.
Salud, amigos, salud contradictores y… a blindarse contra la Peste, que es totalitaria: no razona, no disputa ni dialoga.
*Fuente: Politika
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