En mi serie “No hemos inventado nada” hay un caso que ayuda a comprender lo que ocurre en Chile en el momento en que garrapateo estas líneas.
Neruda pretendía que él nunca había buscado un objeto, que los objetos lo buscaban a él. A mi modesto nivel afirmo no buscar ni temas ni argumentos: me saltan a la cara y los recibo como una cachetada a la mala.
Bajo el título Camerún: relato de una descolonización fallida, el sitio parisino Mediapart publica una nota en la que se lee lo siguiente:
“Sesenta años después de su independencia, el 1º de enero de 1960, Camerún sigue siendo un país pobre en el que se perpetúa un sistema de gestión y de control colonial. Más que otros países de África francófona, representa el fracaso voluntario de una descolonización organizada para que nada cambiase.”
Como la insurrección chilena de hoy, –silenciada en los grandes medios de comunicación internacional que tanto cacarearon a propósito de Venezuela y cacarean hoy cuando se trata de Hong Kong; y despreciable al punto de dejar de mármol a los valientes defensores de la democracia que condenaron sistemáticamente a Nicolás Maduro: Felipe González, Pedro Sánchez, Emmanuel Macron, Donald Trump, Angela Merkel y muchos otros–, la independencia de Camerún fue objeto de una escandalosa manipulación que consistió en pasar catas por loros:
“Decenas, tal vez centenas de miles de muertos: es el balance de la guerra francesa contemporánea menos conocida. Llevada a cabo en Camerún a fines de los años 1950 para impedir la independencia, esa guerra prosiguió luego para erradicar toda idea política divergente.”
Al comparar dos realidades tan lejanas en el tiempo y en el espacio corro el riesgo de incurrir en algún anacronismo, así como en uno que otro anatopismo. De ahí que precise que mi propósito no es sino poner en relieve el objetivo común de la casta político-empresarial francesa de una parte, y de la costra política parasitaria chilena de la otra: que todo siga igual.
El drama camerunés está a la vista de todos. La nota publicada por Mediapart señala:
“Yaoundé y París mantienen desde hace décadas un silencio culpable sobre la guerra de independencia y los años de represión que siguieron, con el objetivo de privar a los cameruneses de toda referencia política y por consiguiente de imaginar alternativas a la situación actual.”
La conclusión del autor de la nota es clara y definitiva:
“Sesenta años más tarde, Camerún sigue siendo un Estado gobernado por un pensamiento colonial.”
Entre unos y otros, sátrapas locales y neocolonizadores, hubo consenso. En Chile el consenso se verificó entre los esbirros de Pinochet y la supuesta oposición política que en conjunto son Los herederos asumidos del legado de la dictadura.
Ningún partido político chileno –ninguno– hizo suya una reivindicación tan natural que resulta ocioso mencionarla: terminar con el secuestro de la soberanía popular, mancillada por el esperpento Constitucional impuesto a sangre y fuego, para restituir al pueblo de Chile en sus derechos, comenzando por el primero de todos: darse las leyes que estime convenientes para la organización de la sociedad que acoge a toda la nación chilena y a los pueblos originarios.
Mi conclusión resuena como un eco a la expresada mas arriba. Treinta años más tarde, Chile sigue siendo un Estado gobernado por un pensamiento autoritario, excluyente, oligárquico y reaccionario.
Los herederos asumidos del legado de la dictadura son los beneficiarios del saqueo de las riquezas básicas, del atropello a los derechos más elementales de los trabajadores asalariados, y de la destrucción sistemática de la Naturaleza.
La inmensa mayoría del pueblo de Chile, el 99%, conscientemente o no, es la víctima de 17 años de dictadura feroz, prolongados por 30 años de servidumbre y humillaciones.
La explosión social que comenzó el 18 de octubre pasado es un intento de abrir las Grandes Alamedas. Pero cada día, la costra política parasitaria trabaja para ponerle trancas al cambio. Para travestir la soberanía popular en un remedo abyecto, sin contenido, sometido a la bota de los “acuerdos” y “consensos” cuyo único objetivo consiste en evacuar al pueblo del proceso Constituyente.
Algunos dirigentes sociales –expresión convenida– aligeraron el paso para ir a La Moneda en tropel, convocados por el ministro del Interior. Allí, en vez de significarle a ese representante de nada que la ilegitimidad del poder actual aconseja su eliminación pura y simple… en un discurso plañidero le rogaron a ese poder ilegítimo que los “pescara” (sic).
Si los dirigentes sociales no están convencidos de la ilegitimidad de la institucionalidad de la dictadura… ¿a quien encomendarse? Al pueblo. Ese que tampoco los pesca. Que desconfía con razón de sus pretendidos representantes.
Jean-Jacques Rousseau, en El Contrato Social (1762) –particularmente en el libro III, capítulo 15– ya desconfiaba de la democracia representativa. Rousseau escribe en El Contrato Social:
“La idea de los representantes es moderna: nos viene del gobierno feudal, de ese inicuo y absurdo gobierno en el cual se degrada la especie humana, y donde se deshonra el nombre de hombre. En las antiguas repúblicas, e incluso en las monarquías, el pueblo jamás tuvo representantes”.
El tiempo le ha dado la razón: hoy en día la crisis de representación política no es chilena. Es planetaria.
En Chile, la costra política parasitaria, los dirigentes sociales acomodaticios, los partidarios del consenso consensuado y los acuerdos pre-acordados, todos ellos, no buscan sino hacer de modo que todo siga igual.
Para ello diluyen el objetivo central –darse una Constitucion democrática elaborada por todos– en una serie de consultas mañosas, en las que un sistema electoral tramposo fija los límites y predetermina solo condiciones de imposibilidad.
Al extremo que un patético oportunista ofrece su propio partido (una murga de su propiedad privada) para acoger a los candidatos del pueblo llano.
La única respuesta digna, portadora de esperanzas y de potencialidades democráticas, es llevar adelante una Asamblea Constituyente que asuma la plenitud de los poderes públicos. Comuna por Comuna, Región por Región.
De otro modo, dentro de sesenta años alguien escribirá sobre Chile lo que hoy se escribe sobre Camerún:
Noventa años después del regreso de la ‘democracia’, Chile sigue siendo un país en el que se perpetúa un sistema de gestión y de control dictatorial. Más que otros países de América Latina, representa el fracaso voluntario de una pseudo democratización organizada para que nada cambiase.
*Fuente: Politika
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