
Piensen ustedes…
Abusan sexualmente de las mujeres y lo relativizan. Violan a un joven durante dos horas para luego lanzarlo de una camioneta y lo relativizan. Le introducen una luma por el ano a un chico gay mientras lo tratan de “maricón” y lo relativizan.
Acorralan, atropellan, balean, golpean, asesinan; lo relativizan. Dejan a más de 200 personas sin un ojo y lo relativizan. Obligan a hombres y a mujeres, incluido a un niño con su tío, a desnudarse y hacer sentadillas, y lo relativizan.
Cuelgan de sus brazos en una antena a dos adultos y un chico de 14 años y lo relativizan.
Disparan a mansalva a familias en las poblaciones y lo relativizan. Espían a organizaciones sociales, vigilan y detienen a dirigentes desde sus casas y lo relativizan. Reprimen con violencia hasta a las educadoras de párvulos y lo relativizan.
Viene Amnistía Internacional y declara alarmante la situación y lo relativizan. En todos los periódicos del mundo salta la alarma de este Estado criminal y aquí se relativiza.
Mientras, en la televisión, en los matinales y en los discursos, en las ruedas de prensa, en los diarios y en sus conversaciones, la gran preocupación son los derechos vulnerados de la señora que no puede tomar la micro, del caballero que no puede trabajar. Del carabinero acusado sin pruebas. Del supermercado saqueado, de la farmacia que murió ardiendo. El profundo dolor que sienten es por las cumbres internacionales que no pudieron ver la luz.
De qué nos sirvieron las horas de Historia. De qué nos sirvió el informe Valech. De qué nos sirvió el Museo de la memoria. De qué nos sirvió el Juez Garzón.
De qué nos sirvieron Machuca, los documentales, los testimonios, las conmemoraciones para los 40 años del Golpe. De qué nos sirvió decir “para que nunca más en Chile”. De qué nos sirvió la lucha, la muerte, las desapariciones de todos esos hombres y mujeres del pasado, si bastó que un grupo de estudiantes saltara un torniquete en protesta por años de abuso, para retroceder 46 años y repetirlo todo. Como si no hubiera sido suficiente.
Quizás tengamos que usar otras palabras. Otro tono de voz que haga falta. No sé quién tiene que decirlas, no sé qué debemos escribir en nuestras columnas quienes escribimos, si es que las palabras sirven todavía de algo. No sé qué tiene que pasar para que digan con su nombre lo que eligen callar, para quitarse el velo ante lo que prefieren no ver.
Duele esa indolencia, ese silencio que es como un crimen, duele su afán por aferrarse, incluso mintiendo, a su propia verdad. No son capaces de mirar la historia de frente cuando sucede, de actuar como humanos ahora, en este presente y no mañana pidiendo perdón.
La van a dejar pasar de nuevo, impune, enterrada en la memoria frágil.
Nos van a condenar a vivirla otra vez.
*Fuente: Politika
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