Venezuela: Con las armas en la mano
por Cristian Joel Sánchez (Chile)
7 años atrás 6 min lectura
Hace algunos años, no recuerdo cuántos, diez o más, escribí un artículo cuyo sólo nombre provocó una urticaria irritativa en más de alguno: se llamaba “La experiencia bolivariana y la dictadura del proletariado”. Lo que ahí decía, permítanme el vanidoso comentario, es ahora fácilmente trasladable a estos azarosos días y horas que vive el socialismo bolivariano sometido a la más formidable presión que sobre el gobierno de Nicolás Maduro ejerce la derecha venezolana, los regímenes de la neo oligarquía latinoamericana y, por sobre todo, el imperialismo norteamericano a cuya cabeza está el más retrógrado gobernante de los últimos tiempos. En ese escrito me agarré de una frase con la que el líder de la revolución bolivariana Hugo Chávez comparó el éxito de su propia experiencia con el trágico resultado del gobierno popular de los años setentas en Chile. Dijo Chávez respondiendo a la pregunta de un periodista:
“La diferencia entre la revolución chilena y la nuestra, es que Allende no tenía armas. Nosotros sí las tenemos”
A propósito de esa frase me preguntaba yo en ese artículo:
¿quiénes tienen esas armas en Venezuela? ¿el pueblo? ¿o el ejército que apoyaba firmemente a su comandante en jefe de ese tiempo? ¿o ambos a la vez, pueblo y ejército?
Afirmé a continuación que ese era un importante enigma cuya resolución a la hora de los hornos sería fundamental.
La socorrida frase que asegura que la historia se va repitiendo en la sociedad humana, pero que lo hace en espiral, es decir que no se reproduce exactamente como antaño, sino que agrega nuevos elementos que marcan las diferencias, se puede aplicar hoy día sin temor a equivocarse. En la experiencia chilena de entonces y ahora en la venezolana, es posible observar un mismo objetivo y un mismo camino para obtenerlo:
el bienestar del pueblo por medio de cambios revolucionarios de la sociedad,
aunque ambas eligiendo un camino diferente al clásico advenimiento del socialismo en muchos países del siglo pasado. Bautizado como el “Socialismo del Siglo XXI”, avanza hoy la experiencia venezolana, igual que la chilena de entonces, respetando el orden burgués con su seudo democracia, la hegemonía de la superestructura, leyes, ejército, iglesia y una buena parte del ordenamiento económico. Sin embargo, a estas alturas, luego de varios intentos de este novedoso neosocialismo, es posible preguntarse ya cuál ha sido su resultado. En el caso de Chile, usted estará de acuerdo conmigo en que no es necesario profundizar mucho para entender que la guerra civil que se quiso evitar a costa de falaces argumentos, existió, pero de manera muy sui generis:
el pueblo, que no tenía las armas, puso algunos miles de muertos, torturados, exiliados y reprimidos, en tanto que la otra parte, que sí las tenía, me refiero a las armas, se llevó las ganancias que perduran incluso hasta nuestros días.
Esta amarga experiencia se convirtió, sin duda, en el mejor argumento para quienes, como yo, tenemos la convicción que el camino del socialismo bautizado como el del siglo XXI, es intrínsecamente errado, un ímprobo intento de amoldar la realidad a los designios del capitalismo burgués.
La arremetida de las fuerzas reaccionarias luego que América Latina pareció poblarse de gobiernos progresistas seducidos por los nuevos aires de este supuesto socialismo, tardó muy poco en demostrar que por ese camino es imposible soñar con una revolución de verdad. Uno a uno han ido cayendo a manos del poder que siguieron sustentando las derechas del continente con la ayuda solícita de Norteamérica: hoy si no utilizan el poder judicial para someter a proceso y encarcelar a los líderes que se han atrevido en el intento, utilizan el ahogo económico con el que fácilmente se echa abajo cualquier recurso destinado a consolidar el necesario bienestar que un régimen que se declare socialista debe traer a su pueblo. El resultado de esto último, este maquiavélico bloqueo, conduce inexorablemente al descontento de buena parte de la población que, sin entender el real origen del problema, se vuelve violentamente contra los gobiernos que ingenuamente creyeron en el llamado socialismo aggiornado. El gobierno de Allende, efectivamente como dijo Chávez, no tenía ni las armas, ni tampoco un ejército leal a la constitución y las leyes. Pero por sobre todo no tenía la convicción ideológica que una revolución, si es verdadera, no se puede llevar a cabo si las armas no están en manos del pueblo. Hasta hoy lo ha demostrado porfiadamente la historia.
No podemos preguntar a Chávez, que ya no está, si su revolución tenía efectivamente las armas en poder del pueblo. Tampoco tenemos la certeza que la misma revolución que hoy encabeza Nicolás Maduro tiene ese potencial para enfrentar el ataque a sangre y fuego que prepara el imperialismo en connivencia con la reacción de su país. Usted me responderá que el resultado del intento de golpe del martes 30 contradice lo que aquí estamos diciendo ya que no tuvo la adhesión del resto de las fuerzas armadas de Venezuela. Permítame ser el abogado del diablo en este entuerto, el aguafiestas, el desconfiado pesimista que porfiadamente mira el espiral anterior que dio la historia, y déjeme que enarbole yo un solo ejemplo con el que puedo amargarle su enternecedora ingenuidad: el 29 de junio de 1973, menos de tres meses antes del sangriento golpe del pinochetismo, se insurreccionó una parte de las fuerzas armadas atacando La Moneda ‘a tanquetazo limpio’. Ese mismo ejército, no el pueblo que miraba con las dos manos vacías, se encargó de aplastar la asonada en menos de tres horas. ¿Recuerda usted como saltaba ese mismo pueblo de alegría por la derrota de la conspiración? Nuestras fuerzas armadas nos tenían bien protegidos del golpismo, era la principal frase que proclamábamos junto al Presidente. El resto, que no es necesario removerlo, ya es historia.
Creo que la conclusión de todo esto pudiera atribuirse a don Pedro Grullo, nacido Pedro Grillo, o más claro, es una perogrullada:
no se puede sacar las castañas con la mano del gato, por muy uniformado que esté este felino.
Ojalá que la respuesta de Diosdado Cabello a la amenaza de Blackwater, una empresa de mercenarios, de desembarcar cinco mil de sus sicarios en Venezuela, diciéndole que
“acá hay dos millones y medio esperando”,
no sea como esas balandronadas a las que fuimos tan asiduos en tiempos de la Unidad Popular. Estamos, sin dudas, en un compás de espera; no podemos predecir lo que ocurrirá en las tierras de Bolívar, pero una cosa es segura, y es que estos días los viviremos con el alma en un hilo, con el credo en la boca como diría un fraile por pedófilo que sea, con los ojos puestos en ese ejército venezolano que, de seguir leales hasta el fin con su pueblo, darán un gran tapaboca a todos los escépticos y mal pensados.
Entre ellos a mí.
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