Palabras pronunciadas en el funeral del médico e historiador Carlos Molina Bustos (Subsecretario de Salud en el Gobierno de Salvador Allende)
por Pablo Aravena Núñez (Chile)
8 años atrás 3 min lectura
La familia de Carlos me ha encargado unas líneas para referirme a su faceta de historiador, que es el momento de su vida en que yo lo conocí, es decir hace solo unos diez años. Poco para una vida de ocho décadas, una vida no solo larga sino también densa en acontecimientos.
No me gustaría hacer aquí una reseña academicista del trabajo de Carlos, frivolidad por lo demás de las que se mantuvo siempre distante. Una frivolidad intolerable en un momento como éste en que -la verdad- cualquier cosa que nos distraiga del recuerdo honesto de la vida de Carlos es una frivolidad. Todos sabemos aquí que Carlos, siendo médico, se graduó como Magíster en Historia por la Universidad de Chile, el año 2007, con una tesis que luego publicaría como libro en la más importante colección de historia de la principal editorial de Chile.
Pero esta relación que tuvo con la historia, siendo un aporte inmenso a la Historia Social chilena, fue una relación que para mí siempre fue secundaria. Varias veces le dije que lo importante ahora era volver sobre esa primera relación con la Historia que tuvo a fines de los sesenta e inicio de los setenta (como actor, como agente político, pero siempre como médico). De cosas de ese tiempo muchas veces hablamos, pero por sobre todo de la Unidad Popular, hablábamos del modo en que funcionaba la racionalidad política de Salvador Allende (como sabemos de cuyo gobierno Carlos fue Subsecretario de Salud), pero también –producto de una cercanía privilegiada- pudo describirme con lujo de detalles la racionalidad con la que Allende construyó su existencia como sujeto histórico, la estructura de una vida que también era la media vida de él. Lo menciono porque, junto con el nombre de otros médicos de antes, Allende era una figura histórica central para Carlos. Yo coincidía con él en que éste no ocupaba un lugar en nuestras conversaciones por su mero encuentro biográfico, sino porque nos permitía acceder a unas claves con las que comprender una época, en gran medida un país que ya no existe y que cada vez nos cuesta más –y nos costará- entender. El problema, yo le decía, no es solo “de memoria”, en el sentido convencional, sino que mientras menos conozcamos ese país pasado (el Chile que va del Frente Popular a la UP) más nos costará pensar el país que podemos, o no, ser en el futuro. Hablamos mucho sobre esto los últimos años (sé que Sergio Grez fue también un gran interlocutor de Carlos sobre estos temas) Muchas veces estuvimos en desacuerdo respecto de lo que había que hacer, últimamente en desacuerdo en casi todo. Por esto mismo nos quedaba tanto que conversar todavía.
Hablamos horas sobre sus filiaciones, acerca de por qué en determinado momento se hizo médico, luego masón y más tarde comunista. Su respuesta para todos los casos era más o menos la misma: porque la vida lo coloca a uno en unas circunstancias en las que uno tiene que decidir y tomar posición, hacer lo que tiene que hacer. En ese “hacer lo que uno tiene que hacer” se jugaba lo que era Carlos.
Lo que yo pude ver estos últimos tres años es que Carlos fue un disciplinado militante de su familia. Puso ahí, en esa causa, todas sus energías vitales… y aún le sobraban para la amistad. Estuvo ahí también para mí cuando necesité algún consejo de esos que solo puede dar, no un viejo amigo, sino un amigo viejo.
Doctor Carlos Molina Bustos, Q.: H.: (Querido Hermano), Compañero, quizá el Oriente Eterno y el Rojo Amanecer sean la misma cosa. Lo que es seguro es que, más temprano que tarde, nos reencontraremos ahí.
–El autor, Pablo Aravena Núñez, es Historiador
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