La ofensiva del capitalismo salvaje: la sospecha fundada en el nuevo gobierno de derecha
por Alex Ibarra Peña (Chile)
8 años atrás 4 min lectura
El capitalismo salvaje es el principal problema político del cual no hemos podido sobreponernos después de las crisis de los socialismos que fueron desarticulados con brutalidad en las décadas del setenta. Ni los socialismos renovados ni los populismos han podido establecer modelos económicos alternativos reales, no han podido reestructurar las fuerzas armadas siempre vinculadas a la genocida Escuela de las Américas y tampoco han asegurado democracias contemporáneas a partir de nuevas Constituciones que respondan a las nuevas ciudadanías reclamadas por distintos movimientos sociales. Son pocos los países que han asumido desafíos políticos más revolucionarios en lo que va de este siglo.
Las fuerzas políticas antisistémicas tampoco han logrado convencer a la ciudadanía que vive atrapada en una cultura política servil a la hegemonía y al colonialismo. El pueblo se encuentra desarticulado, preso del individualismo, engañado en la promesa del consumo masivo, escépticos que naturalizan la desigualdad y relativistas que asumen el dogma engañoso de que cualquier gobierno da lo mismo.
Sin duda todo este mal es culpa de quienes engordaron haciendo carrera política, aceptando la lógica neoliberal que impusieron las dictaduras. Fue el turno de los operadores políticos que no supieron empatizar con el sufrimiento y tampoco con las necesidades de las víctimas de Moloch.
Nuestros historiadores más lúcidos desencantados del desarrollo de las democracias representativas que siempre terminan eligiendo por la clase privilegiada por sobre la clase popular vienen apostando a una revolución cultural desde los territorios locales y desde las demandas de los movimientos sociales. Dado el poder que ejercen los privilegiados sobre los medios de comunicación masiva (no tenemos una ley de medios), las instituciones educativas (con participación de los intereses privados que lucran con ella) y toda una estructura estatal que protege al mercado; las reales transformaciones políticas sólo podrán alcanzarse después de varias décadas. Lo único que podría acelerar las transformaciones políticas es un trabajo de terreno bastante comprometido que sin duda debe comenzar con la recuperación del diálogo convivencial cotidiano que no excluye la discusión política a favor de estimular el pensamiento crítico.
Sin embargo, como vienen haciendo ya varias personas y organizaciones hay que estar muy atentos a la puesta en marcha de las acciones del gabinete que hemos conocido por estos días, y que ya sabemos que viene con alto compromiso neoliberal en lo económico y conservador en lo valórico. Esto es muy relevante en Argentina casi en un mes Mauricio Macri con Decretos de Necesidad y Urgencia terminó con las reformas de doce años del populismo social, con lo cual quedó en evidencia la fragilidad de aquella alternativa política que administró un país con ciertas consideraciones a los desfavorecidos, con recuperación de la riqueza nacional (nacionalización de los recursos naturales) y con varias lecciones de vida más democrática (instalación de universidades populares, fortalecimiento del sistema de salud pública, mejoramiento de viviendas, etc).
Ese golpe a los alcances del populismo argentino, que no tuvo oposición y resistencia real en el sistema político representativo, se acabó en cien días, tampoco había una ciudadanía volcada en la calle. Los logros populistas fueron demasiado frágiles. Hoy el pueblo argentino vive una depresión social con organizaciones políticas que ya estaban desarticuladas. Bastó la persecución política a la Tupac para dejar claro que siempre se puede volver a la vulneración de los derechos humanos.
Estos días de verano han sido activos en lo político, de ahí el fracaso de la visita de Francisco I, la incesante crítica al próximo gabinete del terror, un final de gobierno con mucho más pena que gloria (Bachelet por segunda vez entrega la banda presidencial a Piñera), y con crisis al interior de los partidos políticos tradicionales que esperemos no se vuelvan a recuperar más.
No hay que darle mucho tiempo al gobierno de Piñera, no hay que caer en el error de los vecinos argentinos que siguen justificando el haber votado a Macri padeciendo con sufrimiento estos años de agudización del capitalismo salvaje acusando a la «pesada herencia». Ojalá sepamos estar en las calles exigiendo la dignidad de los ciudadanos más allá de la comodidad de las redes sociales. La política es el ejercicio más noble en favor de un pueblo y los ciudadanos somos pueblo.
-El autor, Alex Ibarra Peña, es miembro del Colectivo de Pensamiento Crítico “palabra encapuchada”
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Metidos allí, donde la mayoría de los políticos retrocede por los problemas que se presentan, los comunistas austríacos han dado con la mejor recete para hacer crecer su influencia, demostrando que están por una sociedad más humana, uniendo voluntades y solucionando los problemas.
Hay palabras dentro del vocabulario políticamente interesado, que tienen una connotación molestosa. Una de ellas es «populismo». Esa palabra ha sido usada para explicar las acciones de un líder de masas para permanecer en el poder. La coima de un dictadorzuelo. Equivalen al «pan y circo» de los romanos. Y es como tirarle dulces a la plebe ignorante.
Otra cosa es como en Argentina donde hay un movimiento peronista, que por descacharrado que esté, es una reivindicación del pueblo argentino de poseer su tierra y sus recursos naturales, por sobre los apoderamientos que Europa ha hecho a través del tiempo de esa tierra inmensa, para beneficiar al pueblo argentino, criollos, inmigrantes y darles un nivel de educación que les permitiera equipararse a los países de Europa. Además equilibraba un poco el poder de los grandes exportadores terratenientes, que enviaban trigo y ganado al extranjero y jamás pagaron impuestos.
¿Es esto «populismo» demagógico? No será nacionalismo en una de sus facetas, que representaba a millones de personas? Porque había peronistas de izquierda y de derecha, pero el objetivo de ambos era el bienestar de su país.
Ahora que la nueva religión es beneficiar al individuo por sobre la colectividad o la patria usando para ello los sistemas eleccionarios de la democracia, el populismo se convirtió en una mala palabra. Parece que la moda es beneficiar y engordar a las elites, seduciendo a los individuos con un crecimiento económico que tendrá chorreo, que todavía no se percibe, olvidándose de los estados de bienestar, que como dicen los que tienen el poder y dinero «viven a costillas nuestras».
Como la moda es hacer dinero no trabajando ni poniendo industrias innovadoras, sino jugando a la ruleta financiera mundial con dineros off shore, cualquier carga impositiva para financiar al estado se convierte en un pecado mortal. Así lo que antes era bien común se transforma en izquierdismo puro y duro y cualquiera que cree en eso es un marxista leninista stalinista, por añadidura.
El poder de la palabra es terrible y su connotación emocional se opone a cualquier reflexión serena. No diré objetiva, pues no hay nada menos objetivo que la comprensión de la realidad.
E