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España: De encrucijadas electorales y corruptelas 

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Han transcurrido cuarenta días desde las elecciones en España (verdadera travesía del desierto para el presidente en funciones, Mariano Rajoy, que pretende repetir como jefe del gobierno) y, en lugar de aclararse, el panorama se complica día a día.  La crisis de la economía se ha convertido en crisis de la política, y tras los cuatro años de Rajoy y el PP (Partido Popular) en el poder, con políticas económicas, laborales y sociales que han precarizado el mercado de trabajo y han arrastrado a millones de españoles a la pobreza, la arena política se ha vuelto movediza para algunos y se ha convertido en terreno firme para otros.   Las dos formaciones políticas nacidas en los últimos años como reacción a la crisis y a la pestilencia de las tramas de corrupción del PP, léase Podemos y Ciudadanos, se sitúan en extremos opuestos del arco político.  El primero, liderado por Pablo Iglesias, un joven profesor universitario, está llamado a tomar el relevo del desgastado PSOE por la izquierda, y el segundo a relevar al PP, el partido emblemático de la derecha, tocado por los malos resultados de su gestión, por el fenómeno del recambio generacional y porque sigue sumido en un rosario de corruptelas que parece no tener fin.
En efecto, la cobertura mediática de las tramas corruptas ha vuelto a poner a éstas como primera preocupación de los españoles,  y no hay tregua para los personeros del PP, que día a día van apareciendo en la prensa y la televisión como imputados en alguna nueva causa abierta por la justicia.  Son ya 57 causas en todo el país, es decir, grandes redes que, gestionadas por los cargos públicos del PP a nivel municipal, regional y de gobiernos de las comunidades autónomas han ido revelándose como la esencia de la política clientelista que este partido ha practicado desde hace años.  En esas 57 causas hay centenares de cargos del PP imputados por una larga lista de prácticas caciquistas que revelan hasta qué punto este partido jamás ha renunciado a su concepción patrimonial del Estado.
De los 186 diputados que el PP tenía en la legislatura pasada, ha caído hasta los 123, es decir, ha perdido la tercera parte de sus votantes.  ¿Dónde han ido a parar éstos?  No cabe duda de que el principal beneficiario de la descomposición interna del PP ha sido Ciudadanos, la formación liderada por Albert Rivera, un dirigente de nuevo cuño (revolucionó la publicidad electoral posando desnudo en una de sus primeras campañas).  Ciudadanos dio sus primeros pasos en Cataluña hace ya más de diez años, y en 2015 se convirtió en partido a nivel nacional.  Sus cuarenta diputados lo sitúan como cuarta fuerza política.
La tercera fuerza, Podemos, es una formación política que germinó a partir de 2011 al calor del movimiento de los Indignados del 15M, una confluencia de plataformas y colectivos de izquierda, movimientos cívicos, asamblearios y estudiantiles democráticos que se alzó para protestar contra los recortes del gasto social aprobados, primero por el socialista Zapatero, y después masivamente por Rajoy.  En 2014, Podemos se presentó, ya como partido, a sus primeras elecciones europeas y obtuvo el 10% de los escaños.  Desde entonces, su ascenso ha sido imparable, en parte sustentado por las nefastas políticas de recortes en salud y educación del gobierno de Rajoy, y por una política económica que ha seguido destruyendo el tejido social y empresarial de la sociedad española y ha multiplicado el número de indignados.  Por otro lado, Podemos debe su ascenso al siempre vigente principio de fatiga de los metales, que en este caso se traduce como el final de ciclo del PSOE, el partido fatigado, hegemónico de la izquierda española que, tras cuarenta años repartiéndose el poder con el PP, ha llegado a confundirse camaleónica y sospechosamente con éste.  Aquejado de males muy parecidos a los de su eterno rival político, el PSOE es hoy un partido también escindido por el efecto generacional,  con sus dosis de corrupción y con una vieja guardia liderada por Felipe González, ex presidente socialista, hoy portavoz de las posiciones más reaccionarias del partido.  En efecto, 30 años separan a González del actual Secretario General, Pedro Sánchez, el candidato del PSOE, que estos días ha desechado la propuesta del viejo jerarca Felipe de formar un gobierno de coalición con el PP.  Sánchez se enfrenta a un dilema mayor.  Hacer caso al Consejo de Ancianos de su partido y pactar con el PP significaría enajenarse el apoyo de las corrientes de izquierda y de la generación de jóvenes que propugnan el recambio y que él supuestamente representa.  Pactar con Podemos y con el variopinto arco de izquierdas salido de las elecciones signifcaría perder apoyo en el aparato del partido, todavía manejado en parte por sus gerontes.  En cualquiera de los dos casos, la escisión anunciaría una práctica desaparición del PSOE, tal como lo conocemos hoy en día.  Una buena parte de ese partido se integraría en las filas de Ciudadanos o se confundiría con ellos en el plano de las políticas y soluciones que defienden.  Otra parte previsiblemente emigraría hacia posiciones más izquierdistas y afines a Podemos y a Izquierda Unida.
No sería muy diferente el caso del PP.  La corrupción en sus filas arrastra a toda una generación de figuras que antaño brillaron con luz propia y que también pertenecen a otros tiempos.  El perfil del corrupto del PP es invariablemente el mismo, un personaje bonachón, deslenguado en sus propósitos fascistoides, narcisista enfermizo hasta la grosería, machista, poco preparado intelectualmente, las más de las veces venido del mundo empresarial y atraído por los  dineros que maneja la política.  Como los antiguos caciques, dicen hablar el lenguaje del pueblo,  reparten favores y ganan adeptos con discursos populistas, simplistas y demagógicos.  Se enquistan en las finanzas y desvían recursos públicos como quien desvía el agua de los regadíos.  Cobran comisiones por obras públicas, amañan contratos con empresas que eligen a dedo y van dejando un reguero piramidal de dinero entre los suyos, lo cual les garantiza el apoyo “popular”.  Sin embargo, para muchos analistas, sigue siendo un enigma el hecho de que a menudo, aún probados los hechos delictivos que se les imputa, estos personajes vuelvan a ser elegidos por sus propias víctimas, que parecen ser inmunes a los efectos de tanta prevaricación, cohecho y saqueo del dinero público.  Son numerosos los imputados, a estas alturas probablemente superan el millar pero, sometidos a la creciente presión de los medios y la opinión pública en general, su pervivencia se vuelve más difícil en estos tiempos que exigen que tanto el césar como su mujer parezcan virtuosos.
En este panorama de aguas revueltas, que despierta no pocos temores y expectativas en el resto de Europa, como en su momento ocurrió con la crisis política e institucional en Grecia, las puertas se van cerrando.  A menos que intervenga algún efecto milagroso, el PSOE de Sánchez no pactará ni con Podemos ni con el PP, porque teme los efectos rupturistas inmediatos de una decisión de ese tipo.  Previsiblemente, Ciudadanos tampoco pactará con el PP porque entraría en contradicción con uno de sus principios fundamentales: el PP es un partido corrupto y sinónimo de lo viejo, mientras que Ciudadanos está impoluto y se presenta como la fuerza joven del futuro.  Hay que guardar las distancias con el apestado de la clase.  En cierto sentido imprevisto, cuantas más corrupciones del PP vean la luz antes de unas posibles segundas elecciones, más beneficiado se verá Ciudadanos gracias a los desencantados del PP que irán a engrosar sus filas.  La electricidad de la polarización se hace notar, está en todas partes, y quizá un solo chispazo, una decisión equivocada, podría ser el catalizador de ese movimiento de placas tectónicas que sería la reacomodación de las fuerzas en pugna.  Cualquier acuerdo pactado que parezca “contra natura” a un sector de cualquiera de los partidos firmantes, podría desatar esa partición de las aguas que todos temen y que nadie quiere ser el primero en mencionar.
Cuarenta días después de las elecciones del 20D, la sociedad civil, rehén de la indecisión de sus dirigentes y cansada del interminable baile de las sillas protagonizado por los gestores políticos, debe prepararse para volver a votar.

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