En la peli de 1952, Gary Cooper, que encarna al sheriff de un pueblito de nada, se va quedando solo cuando corre la noticia de la inminente llegada de un pistolero sin dios ni ley que él mismo había encarcelado tiempo atrás. Problema: el malo no viene solo. Y ahí, a todo el mundo se le hacen agua los helados.
En el “remake” europeo los papeles están invertidos. Acaba de llegar el “bueno”, Alexis Tsipras, y los forajidos son legión. Por el momento Tsipras parece abandonado a su triste suerte.
Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, reciente organizador del fraude fiscal más masivo de la historia del continente, que fuese varias veces primer ministro de Luxemburgo uno de los paraísos fiscales más activos del planeta, y primer presidente del Eurogrupo –el consejo de ministros de finanzas de la zona euro (el zorro en el gallinero)–, hace un mes declaraba que no le gustan los “extremistas” ni las “caras nuevas”.
Con la misma cara de sable con la que explicó haber organizado el fraude fiscal de cientos de multinacionales para salvaguardar los intereses de Luxemburgo, Juncker felicitó efusivamente a Tsipras por su “éxito” electoral y le ofreció la asistencia del Ejecutivo europeo para lograr “crecimiento sostenible” y “credibilidad fiscal”. ¿Por qué te ríes?
Este es el tipo de rufián que en las pelis de cowboy llega por la espalda, cuando el bueno de la peli está ocupado ayudando a la rubia platino, con el revólver descargado y las cananas vacías.
Por su parte, Angela Merkel hace lo que mejor que sabe hacer: ladra.
Los socialistas y la derecha españoles, que temen correr en mayo la misma suerte que sus homólogos del PASOK y de Nueva Democracia, ningunean a los griegos. Esa economía, dicen, pesa lo que la economía de Andalucía, vale decir hongo.
François Hollande, en una actitud reptiliana, ofrece “cooperación”. Invita a Tsipras a venir a París, en plan Kaa jugando con Mowgli en el Libro de la Jungla, como juega el gato maula con el mísero ratón. No hace mucho Tsipras vino a París, y no le quiso recibir nadie, si exceptuamos al Frente de Izquierda.
El primer ministro finlandés, Alexander Stubb, advirtió que su país –con elecciones en marzo– no aceptará una quita. “No vamos a perdonar ninguna deuda”, dijo. O sea que con Finlandia no se juega, Grecia tiene que pagar la deuda, o si no… O si no ¿qué? ¿Invaden Grecia?
Lo cierto es que unos y otros miden la importancia histórica de lo que puede ocurrir. Algunos como Sarkozy –haciendo de necesidad, virtud– proclaman que hay que escuchar la voz del pueblo griego, y buscar seriamente un acuerdo porque si las cosas se ponen feas, los que más tienen que perder son Alemania y Francia. Los griegos no: ya perdieron todo, o casi todo.
Se vive pues un ambiente de vela de armas, antes del combate final.
Ahora bien, como todo el mundo sabe, la deuda pública griega es impagable. La troika impuso una austeridad feroz que en cinco años redujo el PIB de Grecia en un 25%, puso la tasa de cesantía en un 26% (60% para la juventud), e hizo pasar la deuda de un 120% a un 190% del PIB.
El Banco Central Europeo (BCE) le compra los bonos de la deuda griega a los bancos privados, y cobra intereses de hasta un 18% al año, ¡mientras las tasas del BCE están prácticamente en cero! Mediante el Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, Alemania (€ 60 mil millones) y Francia (€ 50 mil millones) participan del festín.
Sin embargo, según los cancerberos del neoliberalismo “hay que cumplir con lo pactado”, y seguir pagando, lo que es lo mismo que “seguir muriendo”.
Alexis Tsipras recordó oportunamente que después de la Segunda Guerra Mundial (1953) se le anuló a Alemania el 60% de la deuda que tenía con los vencedores. El milagro alemán se apoyó en ese gesto, magnánimo, para con los principales responsables de 60 millones de muertos.
No sólo fue reducida la deuda contractada por Alemania –fuera de las dos guerras mundiales– en un 60%, sino que el pago de las deudas de guerra y el pago de las reparaciones a las víctimas civiles y a los Estados fueron postergadas a una fecha indeterminada. En los hechos, a la reunificación alemana que intervino en 1990 y al tratado de paz firmado en Moscú el mismo año entre las autoridades de las dos Alemanias en curso de reunificación, los EEUU, la URSS, el Reino Unido y Francia.
Y Grecia, que no ha invadido a nadie, ni desatado ninguna guerra… ¿no merece igual tratamiento?
Al apoderarse de Irak, para no hacerse cargo de ese muerto, los EEUU estimaron que la deuda pública era una “deuda odiosa”, contractada por el régimen de Saddam Hussein, y que no podía ser pagada. El tema se arregló en el Club de París, que anuló 80% de esa deuda (120 mil millones de dólares), eliminando la referencia a la noción de “deuda odiosa” para evitar que otros países reclamasen la anulación de sus propias deudas invocando el mismo motivo.
Y Grecia… ¿no merece igual tratamiento?
Hace un par de días, Henri Guaino, ex ministro de Sarkozy, declaró que antes de entrar en política había trabajado en el Club de París, y que había sido testigo de múltiples negociaciones para anular deudas públicas, reducir los intereses y/o prolongar los plazos de rembolso. Dicho de otro modo, no hay nada excepcional en lo que exige Grecia hoy día. Y agregó que esperaba que la victoria de Syriza pudiese hacer “reflexionar a Europa y hacerla deshacerse de sus dogmas”. “Una cosa es segura, apuntó, y es que las políticas de austeridad que hemos seguido no funcionan”.
Después de las consabidas amenazas, ladridos, intimidaciones y otras aniñadas, llegará el momento de echar un pulso. El flamante ministro de Finanzas griego, el economista Yanis Varoufakis, no es un principiante, ni tiene sangre de horchata.
Ahí se verá si Merkel es el “tigre de papel” que denuncia Jean-Luc Mélenchon, y si Alexis Tsipras y su gobierno son, o no son, capaces de levantarse frente a la Europa de las finanzas.
Del resultado depende buena parte del futuro de Europa. Y de alguna manera, el futuro del resto del mundo.
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