Chile: Nosotros y la imaginación política
por Andrés Figueroa Cornejo (Chile)
12 años atrás 5 min lectura
1.
Sabemos que en la estrategia general de los subordinados/as, exigir y esperar algo del Estado chileno y su concesionaria en el Ejecutivo no sólo es inútil, sino que un contrasentido cuando necesitamos modificar radicalmente las actuales relaciones sociales y de poder. Sabemos que únicamente contamos con nuestras propias fuerzas y que nuestras propias fuerzas se realizan en el ejercicio concreto de la socialización conciente donde nos encontremos, sea cual sea la oficina, el pueblito, el barrio, el Wallmapu, el sindicato, el liceo, la universidad y el volcán que humea y aguarda su hora para desembarazarse de su raíz incandescente.
2.
Sabemos que nunca es de mala gente (pero sí de iniciativas sin matrices políticas colectivas, ausentes de fecha y horario, más abstractas que salidas del permanente análisis concreto de la realidad concreta) que tendemos a confundir el asistencialismo con el denominado poder popular. Y tendemos a confundir el poder popular con casi todo, como en la Unidad Popular de hace tres generaciones atrás. Como si las aguas del río fueran las mismas que transitan los actuales ríos sin agua.
3.
Sabemos que los brotes fascistoides a escala mundial y chilena funcionan como una mega corporación delincuencial que atraviesa banderas y grupos de interés formalmente contradictorios. Y sabemos que el antifascismo y el anticapitalismo son razones y movimientos necesarios, pero insuficientes para el triunfo de la humanidad. Es decir, sabemos que toda resistencia descamisada siempre es urgente, pero que por sí sola no crea las conducciones políticas de los intereses del pueblo trabajador. Esto es: no es posible una vanguardia sin retaguardia, ni es cuestión terminada la pura existencia de una retaguardia que no es capaz de observarse así misma como tal. Sin la comprensión de la totalidad capitalista, no hay comprensión de las partes y roles de las resistencias dinámicamente imbricadas.
4.
Sabemos que la actual crisis capitalista mundial es efecto del retardo y contención premeditada de la no valorización del valor que se expresa en la sobreacumulación, la sobrecapacidad y la superproducción de mercancías en el marco general de la hegemonía del momento financiero de la reproducción de un sistema integral e inestable que genera miseria y rebeldía como grifo descontrolado, eufórico. Que la competencia y concentración del capital a escala planetaria tras la persecución del fetiche de la tasa de ganancia y del dinero es el modo en que se organiza el siglo XXI entre los polos centrales del capitalismo y sus Estados corporativos -los cuales monopolizan la generación del conocimiento y la técnica-, mientras que un enorme territorio de economías dependientes son víctimas del saqueo de materias primas, commodities, recursos sin repuesto. Sabemos que el llamado capital ficticio y especulativo está disociado de la generación de valor sólo creado por el trabajo humano, y que sus maneras están emparejadas carnalmente con la industria de la deuda infinita. Sabemos que estamos en medio de una guerra económica, social, política y militar entre EE.UU., Alemania, China y sus respectivos aliados. Que el Medio Oriente es la plaza donde se condensan las pugnas intercapitalistas hoy.
Sabemos que la dimensión inédita de la presente crisis se intenta resolver con la aniquilación de comunidades enteras, destrucción de fuerzas productivas, con el patriarcado, el crimen y la criminalización contra los indígenas; el negocio inmobiliario, la sobreexplotación del trabajo humano, las democracias sin pueblo, los sistemas políticos desacreditados, el partido único ornamentado de duopolio, las leyes antiterroristas, la propaganda multimediática y todopoderosa –artífice del miedo, del consenso, de la alienación, del sentido común dominante-. Que los programas sociales para el control de la mayoría empobrecida y la autoafirmación ideológica de la minoría son un medio para la dotación de cierta capacidad de endeudamiento familiar tanto para el consumo de mercancías, como para la apariencia de inclusión social y la represión de la organización de los trabajadores/as. Sabemos que los Estados están al servicio del capital y que el libremercadismo es pirotecnia de manual ortodoxo, en tanto el crédito, el IVA y los fondos de pensiones alimentan los fiscos que salvan repetidamente al puñado que oprime.
Sabemos que, tanto como estamos hechos de agua y tiempo, la era de una sociedad postcapitalista está a la orden del día. Mucho más sabemos, en realidad. La cuestión es cuál será la doctrina, el proyecto, la estrategia y la madeja táctica necesarias para enfrentar al enemigo colosal de la humanidad. O sea, al menos tenemos las pistas nucleares del desafío histórico para la realización de los intereses de los oprimidos/as y la socialización de la vida.
5.
En medio de esta historia feroz no existen los atajos. No hay posibilidad siquiera de dar combate sin una conducción estratégica y un pueblo en lucha.
Sabemos que los viejos estandartes que sangraron antes son apenas átomos hermosos, inolvidables y aleccionadores en la historia de la rebeldía humana. Y que, sin embargo, aquello que ahora late, pero que aún no existe, no tiene que ver con la recreación política, orgánica y simbólica de los mires y los frentes populares y los lautaros y los socialistas y los nacional-desarrollistas y los patrióticos y una buena cantidad de empeños menos visibles. Ni siquiera basta con su fusión por muy virtuosa que parezca. La cuestión no es aritmética, sino que matemática. O dialéctica y no positivista.
Sabemos que la imaginación política es indispensable como el aire. Que aquello nuevo no es jamás completamente nuevo, como tampoco es eficiente “retomarlo en donde lo dejamos”. Que los remedos acaban en desastre, como volver al primer amor en un tango.
Sabemos que no existe la pureza y que es con todos/as y cada cual en su sitio.
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