Sábado 19 de abril 2014
Para quien la escritura es tan natural como respirar, comer o dormir, no resultó ni incómodo ni ofensivo que su madre nunca hubiera leído, al menos completa, alguna de sus novelas. Aunque esas obras sean de las más altas cumbres de la literatura universal, a Luisa Santiaga Márquez Iguarán le resultaba fácil identificar a los personajes que su hijo describía en sus libros en el propio álbum familiar, y quizás por el temor de encontrarse ella misma retratada, que no leyó ni Cien años de soledad ni El amor en los tiempos del cólera ni ningún otro de la veintena que escribió su hijo. Luisa Santiaga, dice su hija Aída Rosa, se sentía más orgullosa que ella fuera monja que Gabriel José, el mayor de sus 11 hijos, hubiera obtenido el Premio Nobel de Literatura. Y fue en ese mundo, donde la lógica se retuerce frente a una realidad que parece mágica, donde se fue fraguando el imaginario de Gabriel José García Márquez. Un escenario que rezuma tierra prometida y Caribe, siesta y calor, ensoñación y fiesta, y que este escritor colombiano decidió contar.
Como casi todo en la vida y obra de García Márquez, hay una historia detrás, una pequeña historia que va explicándolo todo. Como cuando aún era un periodista y discreto escritor, y trabajaba en una novela costumbrista al estilo de su autor favorito, William Faulkner, que pensaba llamar La casa, y que en un viaje desde Ciudad de México a Acapulco, a fines de la década del 60´, cuando iba de fin de semana a la playa, llegó a él la voz de cómo debía contarla. Cuenta su mujer, Mercedes Barcha, que no tocaron ni la arena ni sus cálidas aguas, sino que regresaron de inmediato a su modesto departamento en el DF, vendieron algunos enseres, y “Gabo”, se encerró a escribir durante meses. De esa convicción y arduo trabajo saldría la primera y mítica frase con la que arranca Cien años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”, y con ella, el destino de lo que sería parte importante de la literatura latinoamericana y la corriente que a partir de entonces conoceríamos como realismo mágico. Lo que comenzó siendo un rapto escritural y algunos sintieron cómo una suave brisa que venía a renovar la literatura latinoamericana, luego se fue transformando en un gran viento huracanado que derrumbó ciudades literarias e hizo caer a escribanos desde sus torres de marfil, un cálido y envolvente tornado que fue transformándolo todo, aireándolo todo, para contarlo todo de nuevo…nacía el Boom latinoamericano con Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso…
Cien años de soledad es uno de los libros más importantes de la literatura universal, pero no para su autor. Para él, su obra más trascendente era El amor en los tiempos del cólera, porque era algo real aunque la fantasía se colara en cada una de sus líneas. Porque ese amor que era capaz de esperar años, era el que el telegrafista Gabriel Eligio García Márquez sintió por su madre, Luisa Santiaga. Un amor que debió desafiar el rechazo del padre de la novia, el fiero coronel Márquez, que hasta mandó, de manera poco discreta, a drogar a su hija el día del casamiento. La novia llegaría con más de dos horas de retraso a la cita en la Iglesia, donde aún estaría esperándola Gabriel Eligio, rojo de calor, rojo de furia y rojo de vergüenza, pero cuya gran venganza sería formar esa amplia familia de los García Márquez, cuyas aventuras y desventuras serían universales y de las que Luisa Santiaga prefería no enterarse en la pluma de su hijo.
Cuando se produce un coro de lamento universal por la partida del escritor colombiano, alguien falta. De todas las voces que hoy lamentan la muerte de Gabriel García Márquez no se escucha la de quien fuera uno de sus más grandes amigos: Mario Vargas Llosa. Quien escribiera García Márquez: historia de un deicidio, un libro académico pero laudatorio al fin, de la obra de García Márquez, permanece en el silencio. Una confusa ruptura por cuestiones amorosas, dicen, con puñete en el mentón de por medio, terminó la amistad entre el escritor peruano y también Premio Nobel de Literatura y García Márquez en 1976.
Cuenta el periodista del diario El Espectador, Fernando Aráujo Vélez, que un colega peruano que asistiera a uno de los talleres que ofrece la Fundación Nuevo Periodismo, que fundara el mismo García Márquez, con la idea de encontrarse con el Nobel llegó hasta Cartagena de Indias con una edición del polémico libro bajo el brazo. Como una bayoneta, la edición tenía una dedicatoria que le arrancara al mismo Vargas Llosa, que decía algo así como “…por una amistad que nunca más será”. Cuenta Araújo que cuando el joven reportero pudo llegar hasta García Márquez y pedirle le respondiera la dedicatoria, éste se limitó a garabatear en la asesina página: “totalmente de acuerdo”.
*Fuente: Diario U de Chile
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