El sistema capitalista ha perfeccionado su escudo invisible de defensa. Las protestas que se realizan en Europa en contra de los recortes sociales no están cambiando los objetivos del poder. La movilización siempre será necesaria, no obstante, el modelo de explotación global se ha blindado para desgastar los objetivos. Y aparecen piedras que pocas veces se saben de dónde vienen. Ocurre que las piedras siempre regresan en contra de la seriedad que requiere contradecir los abusos capitalistas. La televisión se encargará de ponerle música de circo al guión de víctimas y victimarios. Es de tomar en cuenta que el principal escudo que hoy utiliza el sistema contra el fondo del problema es la instauración de la estupidez como norma global. Ya en el siglo XIX el escritor Gustave Flaubert describió con magistral ironía su plan de realizar un monumental diccionario sobre la estupidez: “Sería la glorificación histórica de todo lo que se aprueba. Demostraré en él que las mayorías siempre han tenido la razón y las minorías no. Sacrificaré a los grandes hombres en aras de todos los imbéciles, a los mártires en aras de todos los verdugos. Así, para la literatura establecida, lo que es fácil, que lo mediocre estando al alcance de todos es lo único legítimo y que hay que deshonrar toda forma de originalidad como peligrosa, idiota, etc.” La palabra sigue ocupando su lugar en el laberinto de los contenidos, lo que está en crisis es la capacidad de interpretación (se consolida la formación de un ruido interior que nos divide). La confusión popular es la principal ganancia del poder.
En el siglo XXI la norma es la frivolización del todo. Con frivolidad España discute el tema de la llegada de africanos a Melilla y con frivolidad responde Bruselas. Bastaría con ver las palabras que se utilizan: asalto, invasión, etc. para hacer un manual de la frivolización de una tragedia que representa la vergüenza del planeta. Con frivolidad se habla de crisis, de paro, de desahucio, de aborto, de abuso de niños, de violencia machista, de mala educación, del otro (el supuesto extranjero) y de justicia. Con frivolidad se ignora la raíz del problema: el tempo del ser humano ha sido cambiado para dominar su capacidad de entendimiento. La prisa actual no nos pertenece, sin embargo los jueces de las olimpíadas nos quitaron las otras opciones de carrera. Que la tecnología avance a una velocidad mayor que la educación del hombre dice mucho del campo de fracaso donde estamos metidos (y aún así nos divertimos). El alcance de la explotación total, la que no reconoce el explotado. Todo un manual de conductas del entretenimiento ha vomitado Hollywood para que el mundo vacíe la utilización de la inteligencia. La estupidez ha llegado al extremo de que hoy lo normal es ignorar la profundización de los contenidos. Por igual nos montan la parodia de una primavera árabe que un golpe de estado en Honduras. Con la misma intensidad nos promovieron la riqueza como un valor absoluto y ahora nos imponen la pobreza como la última carta disponible. También por igual (y aquí cabe discutir el tema Venezuela) gobierno y oposición utilizan el circo del ruido y de los no contenidos. No tiene sentido que la izquierda asuma como vía de participación popular el mismo circo propio del capitalismo. Mucho se dice que una revolución es un proceso largo y complejo; el capitalismo es una forma de destrucción rápida y sencilla. ¿Por qué no atreverse a buscar una tercera lógica? Estamos maleados, como decía Arthur Rimbaud, maleados o paralizados. Desvivimos como actores mediocres de nuestra propia tragedia.
¿Qué hacer? Sin duda el tema es complejo, de ahí que no se pueda enfrentar desde la estupidez. La izquierda no ha sabido ser oposición del capitalismo. A un sector del pensamiento alternativo le pesa el sagrado respeto a los dogmas. Se teme que una nueva propuesta no cumpla con los parámetros diseñados por algún estudioso comunista. Y se frena la creatividad individual y colectiva, con todo y los riesgos, se castra el surgimiento de teorías y prácticas que interpreten la nueva realidad capitalista. Es un asunto de espacio-tiempo, es un proceso de destrucción y construcción de realidades, es un tema de estudio y ofensiva de todos los procesos que desencadenaron el actual escenario. El absolutismo del capitalismo del siglo XXI viene de muchos laboratorios del pasado. El sistema se alimentó tanto de la Unión Soviética como de dictaduras locales. Lo que nos entregan como democracia es la aceptación de que sólo puede quien más tiene. Hoy, con el invento de la crisis financiera, arribamos a la uniformidad de los miserables. Ya no estamos en los años 60 del siglo XX, he ahí donde quedaron las intenciones de la izquierda. El capitalismo no es el mismo de entonces, ha tecnificado su fondo y sus formas. La izquierda no ha estado a la altura para detener la debacle del mundo. Capitalismo y humanidad no podrán coexistir en el formato salvaje que está en práctica. La humanidad tendrá que conseguir una nueva vía de respuesta. Habrá que atreverse desde los contenidos, habrá que convocar (en uno mismo) una rebelión de la inteligencia. Habrá que faltarle un poco el respeto a los maestros. O subvertimos el modelo que llevamos en nuestra (no) conciencia, o aplaudimos como estúpidos la puesta en escena de nuestra derrota.
*Fuente: ArgenPress
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