La concepción de la educación de Hayek y Friedman
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
13 años atrás 6 min lectura
El título corresponde al artículo de mi amigo, Jorge Vergara, publicado en Diálogos de pensamiento crítico – en mi concepto, Jorge es el mejor analista chileno sobre estos dos padres del neoliberalismo – que, partiendo de la concepción de la educación de F. Hayek y M. Friedman, llega a definir con precisión que esta visión emana de una antropología que limita la dimensión de la existencia situándole, exclusivamente, en el mercado, sobre la base de un reduccionismo absoluto. Friedman llega a tal grado de ideologismo que niega la existencia de la sociedad afirmando que sólo existen individuos sometidos al mercado, en consecuencia, para Friedman es inválida toda apelación a los derechos humanos y, sobre todo, a la educación concebida como un derecho. El mercado puede y debe invadir áreas no relacionadas directamente con la economía educación, salud pública…-.
El Chile de la dictadura, de la Concertación y de la Alianza se ha constituido como el modelo más perfecto de lo que Vergara define como “la utopía del gobierno de la sociedad por la élite del mercado”. Si algún arqueólogo descubriera los restos del modelo educativo chileno, podría reconstruir, a la perfección, los trazos más radicales y reduccionistas de la teoría educativa de los dos autores que comentamos en esta columna. En el fondo, el debate se centra en la educación privatizada, dominada por el mercado, y la concepción de la educación como derecho universal y humano, del cual el Estado debe hacerse cargo.
Dejemos de lado los eufemismos: la Concertación y la Alianza, durante estos últimos 25 años, son igualmente tributarios de la ideología de Hayek y de Friedman, por consiguiente, si no se demuele, hasta sus cimientos, el modelo imperante, – lo digo enfática y literalmente – es impensable una educación de calidad, digna e integradora; en esta línea, todos los ministros de Educación de la Concertación son prisioneros de la ideología dogmática de Friedman, que la encarnaron a la perfección, y es difícil de creer en un cambio tan radical en aquellos mismos personajes que acompañan a la candidata Bachelet en su campaña a la presidencia – recuérdese a Sergio Bitar y Yasna Provoste, Martín Zilic, entre otros -.
“No demorará mucho tiempo para que las personas se convenzan de que la solución está en despojar a la autoridad de sus poderes en el ámbito de la educación”, (Hayek, Friedrich, Los fundamentos de la libertad). Esta cita refleja nítidamente la estación terminal de la utopía de ambos pensadores neoliberales, que pregona la privatización total de la educación total, en sus niveles básico, medio y universitario. La enseñanza-aprendizaje es un bien de consumo, muy preciado, que debe ser solventado por las familias en el mercado.
Friedman sabe bien que su utopía privatizadora tiene que recorrer un camino en la sociedad norteamericano, donde existe un sistema de propiedad mixta en los establecimientos educacionales, por consiguiente, en primer momento, debe existir un voucher, un bono o un cheque que el Estado proporciona a las familias más pobres, a fin de que puedan elegir la escuela que consideren mejor para la educación de sus hijos, sean estas privadas y con fines de lucro o fundaciones y corporaciones – en Chile, a cierta derecha recalcitrante le gustaría la existencia del vaucher del cheque, pero, afortunadamente, esta modalidad no va a lograr imponerse, esperemos, sin embargo, la elección de las escuelas por parte de las familias existe en la realidad, respecto a las escuelas subvencionadas y las municipales -.
El desprecio por parte de Friedman a la intervención del “ogro filantrópico”, el Estado, no hace sino llevarlo a una falsa apología de la capacidad de las familias para elegir para sus hijos la mejor escuela, con altos índices académicos, pero está claro que la familia no está capacitada para calificar la complejidad de la pedagogía contemporánea, como tampoco lo está, por ejemplo, ante la enfermedad de un hijo, en consecuencia, los factores que jugarían en la elección no son de índole académica – el valor de la mensualidad, el prestigio social de la escuela, la presencia de hermanos o el carácter confesional o laico, entre otros -.
Como Chile es un laboratorio ad hoc de estas teorías de los “maestros del neoliberalismo, hemos podido probar, en la práctica que las familias eligen los colegios, quizás no por la calidad académica de ellos, sino por las redes sociales que se construyen desde la primera infancia hasta la universidad – un alumno de los Jesuitas o del Nido de Águilas puede estar seguro que, aunque no comprenda lo que lea, siempre tendrá un compañero de curso que lo va a auxiliar en su larga lucha en este valle de lágrimas -.
Cuando nos referimos a las clases medias y de bajos ingresos, tenemos que considerar en la elección de las escuelas entre las subvencionadas y las municipales. Se supone que en las primeras los hijos se relacionarán con gente de “mejores costumbres” que los de la segunda – hay algo en la naturaleza humana que hace creer que el sector donde vives es mejor que el barrio del vecino -.
“En la educación, los padres y los hijos son los consumidores y el administrador de las escuelas y los profesores los productores” (Milton & Rose Friedman, Libre para Elegir).
Los consumidores deben calificar el producto que compran – en el caso que nos ocupa, la educación – y como los discentes no están capacitados para elegir la mejor compra, la responsabilidad recae sobre los padres de familia, quienes no siempre tienen buen criterio como consumidores. El trabajo de Jorge Vergara está ilustrado con ejemplos interesantes, como el hecho de que en Estados Unidos, padres fundamentalistas religiosos exijan que, en determinada escuela se rechace, por ejemplo, la teoría de la evolución, y que se sostenga como científica la versión bíblica, atropellando así la primera enmienda de la Constitución, que dice que el Estado no puede favorecer ninguna religión.
Estoy seguro de que este ejemplo se repite en Chile, en las escuelas fundamentalistas religiosas protestantes y no pocas católicas – desde mi experiencia, como formador de formadores, puedo dar fe de que algunos alumnos, de muy rígida formación religiosa protestante, se negaban a aceptar verdades científicas evidentes por no estar consignadas en la biblia – lo que hace más urgente, hoy por hoy, en pleno siglo XXI, reafirmar el carácter laico, republicano, democrático, pluralista y libertario que debe tener la educación pública.
Como no creo que la Nueva Mayoría, por la composición doctrinaria de sus miembros, se atreva a proponer una ruptura radical con el modelo neoliberal que es la tarea fundamental del próximo período político en Chile. Estoy casi seguro de que en un eventual triunfo de Bachelet, al igual que en el plano de la nueva Constitución, las expectativas se verán frustradas una vez más.
17/10/2013
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