"El golpe de estado de Chile ha sido poco menos que perfecto"
por Alejandro Torrús (Madrid, España)
13 años atrás 9 min lectura
11/09/2013
La obra ‘Pinochet: Los papeles secretos’ (Crítica) ofrece una crónica de la preparación del golpe de estado en Chile, así como una amplia cronología de la feroz represión ejercida por Pinochet
Apenas transcurridos dos días desde la investidura de Salvador Allende como legítimo presidente de Chile (4 de noviembre de 1970), el presidente Nixon convocó al Consejo para la Seguridad Nacional al completo con la intención de debatir la forma de «propiciar su caída». Nada importaba ya cuáles serían las políticas que emprendería el nuevo presidente chileno. Ni tan siquiera cómo afectarían esas políticas a los intereses de las multinacionales estadounidenses presentes en el país. La decisión estaba tomada desde antes que Allende se presentara, y perdiera, las elecciones presidenciales de 1964. El político socialista no podía gobernar Chile bajo ninguna circunstancia. Nada de lo que hizo ni de lo que pudiera haber hecho hubiera cambiado el curso de la historia.
«El éxito de un gobierno marxista elegido por el pueblo constituiría un claro ejemplo (e incluso un precedente) para otras partes del mundo, lo que atañe en concreto a Italia, y la generalización, por imitación, de fenómenos similares en otros países afectaría de modo significativo el equilibrio mundial y, en consecuencia, a la posición que ocupamos nosotros en él», expuso el secretario de Estado Kissinger durante la citada reunión.
Lo único importante para el Gobierno estadounidense de Richard Nixon y que justificaría la estrategia golpista de Estados Unidos era lanzar un mensaje al mundo: Allende no es el ejemplo a seguir. «Lo que más nos preocupa en relación con Chile es la idea de que [Allende] pueda consolidarse y que la imagen que se ofrezca al mundo sea la de su éxito», señaló Nixon en su explicación de por qué EEUU debía derribar a Allende en la reunión del Consejo de Seguridad Nacional.
Toda declaración pública de Nixon y su Gobierno en relación a Chile y a Allende fue desde entonces una gran mentira, según desvelan los papeles secretos recogidos en la obra, recientemente reedita, Pinochet: Los papeles secretos (Crítica), escrita por Peter Kornbluh, director del National Security Archive’s Chile Documentation Project. La única verdad salida respecto a este caso de boca de un presidente norteamericano fue la segunda parte de la célebre frase de Ford de todo esto se hizo «por el bien del pueblo chileno y, por supuesto, por el nuestro propio».
Crear las condiciones para el Golpe
La decisión surgida de aquella reunión del Consejo para la Seguridad Nacional aparece expuesta en el Memorando 93 sobre Seguridad Nacional ‘Política respecto a Chile’ y cuyo resumen sería el decidido intento de aislar, debilitar y desestabilizar Chile hasta hacer de él un país ingobernable.
Los esfuerzos estadounidenses se dirigieron en todas las direcciones. En política internacional trató que Argentina y Brasil se unieran a EEUU a su rechazo a Allende; en política económica se diseñaron una serie de medidas para «hacer saltar la economía chilena» y obligó a bancos y Estados europeos a no renegociar bajo ningún concepto la deuda contraída por los gobiernos democristianos anteriores a Allende.
En clave política, Kissinger envió un resumen destinado en exclusiva al presidente Nixon y marcado como «Secreto/delicado/confidencial» en el que informó de las cinco claves del «programa de acción clandestina» en Chile:
«Emprender acciones políticas para dividir y debilitar la coalición de Allende; mantener y ampliar los contactos con el estamento militar chileno; brindar respaldo a los grupos y partidos de oposición no marxistas; ayudar a ciertas publicaciones periódicas y emplear otros medios de comunicación chilenos que puedan propagar información contraria al gobierno de Allende; y emplear canales selectos de comunicación de Latinoamérica, Europa o cualquier otro lugar del mundo para fingir la subversión del proceso democrático por parte de Allende y la intervención de Cuba y la Unión Soviética en Chile».
Sin embargo, ninguna de estas acciones consiguió su objetivo de hacer caer a Allende de la presidencia. La muestra final del fracaso de la política estadounidense fueron las elecciones legislativas de marzo de 1973. Allende obtuvo dos escaños más en el Senado y seis en el Congreso. El pueblo chileno seguía apoyando el programa reformista de la coalición izquierdista.
«Las opciones futuras -cablegrafió el cuartel general de la CIA en Santiago de Chile tras las elecciones- se están revisando a la luz de unos resultados electorales decepcionantes que permitirán a Allende y la UP aplicar sus programas con mayor vigor y entusiasmo». Estas nuevas «opciones futuras» consistirían, según informó la CIA desde Chile, en buscar «un consenso entre los dirigentes de las fuerzas armadas» y «una relación segura y estrecha del puesto de operaciones en Santiago con un grupo serio de militares golpistas».
El golpe perfecto
La nueva estrategia surtía efecto. Asesinado el general Schneider y dimitido el comandante en jefe del ejército chileno, Carlos Prats, tras una campaña de difamación de El Mercurio (diario que recibió cuantiosas sumas de dinero de EEUU) el 31 de agosto de 1973, las fuentes de que disponía Estados Unidos en el ejército chileno informaron de que éste estaba «unido en torno a la idea de un golpe, y algunos importantes comandantes del regimiento de Santiago han prometido prestar su apoyo».
«Se dice que han comenzado a ponerse en marcha iniciativas para hacer efectiva la coordinación entre los tres ejércitos, aunque aún no se ha fijado una fecha para la tentativa golpista», informaban estas fuentes. Apenas, unos días después, la recién creada Junta Militar, que aglutinaba a los tres ejércitos, informó que la fecha del golpe sería el 10 de septiembre.
Según un examen de la confabulación golpista obtenido por la CIA, el general que reemplazó a Carlos Prats en calidad de comandante en jefe, Augusto Pinochet, era el «elegido como cabecilla del grupo» y debía decidir cuál sería la hora a la que comenzaría el golpe.
El 8 de septiembre, tanto la CIA como el DIA (Agencia de Inteligencia de la Defensa) pusieron a Washington sobre aviso de la inminencia del golpe de estado y confirmaron la fecha del 10 de septiembre. Un informe del DIA clasificado como ultrasecreto comunicó que «los tres ejércitos han acordado, al parecer, levantarse contra el gobierno el 10 de septiembre, y todo apunta a que la iniciativa va a contar con la ayuda de grupos de derecha y de terroristas civiles».
El 9 de septiembre, la base de operaciones en Santiago actualizó la cuenta atrás. Uno de sus agentes secretos, Jack Devine, recibió una llamada de un colaborador que huía del país y que le confió: «Va a efectuarse el día 11». Su informe, remitido al cuartel general de Langley el día 10, manifestaba: «El atentado golpista tendrá lugar el 11 de septiembre. En esta acción están implicados los ejércitos de tierra, mar y aire y los carabineros. El día del golpe, a las 7.00, se leerá, en Radio Agricultura, una declaración. Los carabineros tienen la responsabilidad de arrestar al presidente Salvador Allende».
Esta vez sí, los planes de EEUU salieron a la perfección. No les hizo faltar poner en marcha sus planes militares previstos por si el golpe preparado por los golpistas chilenos fracasaba. «El golpe de estado de Chile ha sido poco menos que perfecto», anunció en un informe de situación enviado a Washington el teniente coronel Patrick Ryan, al frente del grupo militar estadounidense apostado en Valparaíso. A las 8.00 del 11 de septiembre, la marina chilena había tomado esta ciudad portuaria antes de anunciar que se estaba derrocando el gobierno de la Unidad Popular.
Alrededor de las 14.00, tras largas horas de lucha y asedio al Palacio de la Moneda, las Fuerzas Armadas entraron y encontraron en su despacho interior a Salvador Allende, sin vida. A las 14.30, la emisora radiofónica de las fuerzas armadas anunció que La Moneda «se ha rendido» y que todo el país se hallaba bajo «control militar».
Construcción de la represión
«Hasta el momento, la operación golpista del 11 de septiembre y las posteriores acciones de limpieza han provocado 4.000 muertos», informó el puesto de operaciones en Santiago el día 20 del mismo mes. Cuatro días más tarde, sus cálculos hablaban «de 2.000 a 10.000» muertos civiles. El advenimiento del régimen de Pinochet fue tan violento como despiadado. El derramamiento de sangre por parte de los militares fue tan extendido en los días que siguieron al golpe de estado que ni siquiera las fuentes de la CIA pudieron determinar con exactitud el número de víctimas.
El gobierno militar se confesó autor de sólo 244 muertes, pero los servicios secretos estadounidenses sabían que esta cantidad era falsa. «Nadie va a registrar estas cifras y, en consecuencia, no habrá nunca un recuento exacto del total de muertos. Sólo los miembros de la Junta Militar podrán tener una idea clara de la verdadera cifra de víctimas, algo que, probablemente, mantendrán en secreto», escribió el puesto de la CIA en Santiago.
Durante los diecisiete años que duró la despiadada dictadura de Pinochet, los militares chilenos serían responsables de la ejecución o desaparición de alrededor de 3.197 ciudadanos, a los que hay que sumar los miles que fueron víctimas de brutales abusos como la encarcelación arbitraria o el exilio forzoso, amén de la citada tortura y otras formas de terror estatal.
Estados Unidos tuvo conocimiento de cada uno de los pasos que llevó al genocidio de la izquierda chilena. A finales de octubre del mismo 1973, la CIA recibió una exposición secretísima sobre la represión preparada por la Junta. Según este documento, que fue enviado al secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, tras el golpe los militares habían masacrado a unos 1.500 civiles, de los que entre 320 y 360 fueron ejecutados de forma sumaria por pelotones de fusilamiento mientras se encontraban detenidos, o bien abatidos sin más en la calle.
El resumen estimaba que se había llevado a cabo la detención de más de trece mil quinientos ciudadanos chilenos mediante redadas y arrestos en masa dirigidos a integrantes del depuesto gobierno de la Unidad Popular, activistas políticos, sindicatos, trabajadores de las fábricas y habitantes de chabolas. Los detenidos fueron recluidos en una veintena de campos de confinamiento repartidos por toda la nación. Los dos más gran- des y de más triste memoria fueron, sin lugar a dudas, dos edificios deportivos de Santiago: el Estadio Nacional y el Estadio Chile.
*Fuente: Publico.es
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