Sucede de vez en cuando en las empresas (ruego disculpar la vaguedad con que me expreso) que llega un gerente nuevo cuyo sueldo y cuyas ambiciones le demandan traje de superhéroe. Viene para cambios superlativos. Si no para renovarlo todo, sí para levantar todo aquello que cojea o derechamente no camina. Viene avalado además por un proceso muy transparente de selección de personal a cargo de un head hunter, esas empresas especializadas en conseguir a los mejores ejecutivos, los más idóneos, y que prestan sus servicios de reclutamiento por unos pocos millones de pesos, no más de doce, pongamos. Lo que no demasiada gente gana en un año de trabajo.
Sucede a menudo que la llamada picardía del chileno le calza al supergerente, de entrada, uno o más sobrenombres. Puede que le digan “el Oruga”, por ejemplo, pensando en el aspecto físico. Una carita como de cuncuna, pero de esas cuncunas de montaña rusa que se ven en los juegos mecánicos de los balnearios, a las cuales dudamos subir más por miedo al descarrilamiento que por el vértigo de las curvas. Una carita entre inocente y diabólica.
El otro apelativo podría ser, por ejemplo, “el Profeta”, que guarda mayor relación con la personalidad del gerente nuevo: su afición a las parábolas y las historias con moraleja. Deben cumplirse algunas condiciones para que uno se convierta en víctima de sus enseñanzas:
Que uno sea subordinado del Profeta.
Que el Profeta lo pille volando bajo.
Que lo note desmotivado con la pega.
Que quiera apretarnos las tuercas, para lo cual usará un mensaje parabólico.
Estas condiciones pueden concurrir en conjunto o bien por separado. Sin embargo la única que es conditio sine qua non para ser abordado con una prédica es, en rigor, la número uno. El Profeta tiene una sensibilidad muy aguda para relacionarse con el poder.
El Profeta podría inspirarnos, por ejemplo, con una anécdota sobre Napoleón. Una parábola que incluye promesas de aumento de sueldo a cambio de dar “el 110%”. No queda otra que poner cara de interés: Iba Napoleón con su ejército y bla bla bla… Todo termina en algo como “querer es poder”. El nuevo gerente es la prueba viva.
¿De dónde provienen la seguridad y confianza en sí mismo? De los talleres de coaching y cursos de liderazgo. En ellos aprendió de lo humano y lo divino. Todo es posible, porque “todo está en ti”. El Profeta goza desplegando confianza en sí mismo y diciendo las cosas tal como son, siempre de frente. Da lo mismo lo que diga, lo importante es quedar bien con los de arriba.
Puede ocurrir que el Profeta, para conseguir su propósito, arme un equipo de trabajo. Entonces traerá personas de su confianza a las que el mercado laboral no ha tratado muy bien y les preguntará si están dispuestas a trabajar hasta las dos de la mañana. Esto se entenderá como “ponerse la camiseta”. La idea es que todos estén “en la misma”. Para los nuevos, “la misma” será un contrato mensual con una empresa externa cuya renovación depende de la voluntad del gerente. Así, vivirán con la camiseta puesta. Entretanto podría ocurrírsele mostrar un video motivacional. La película “Gladiador”, por ejemplo. Con buena voluntad el equipo encontrará finalmente el nexo entre gladiadores romanos y el procedimiento para ingresar facturas a la contabilidad. El Profeta, por supuesto, confesará su identificación con Máximo, el protagonista.
Esta es la clase media empeñosa e hiperactiva que promueve nuestro experimento ultra-liberal con seres humanos: el puto chilensis (hay una novela con ese título). Existen especímenes como el Profeta y también hay de los otros, que consideran “chantas” a los primeros. Estos segundos son los tecnócratas aplicados que van trepando por las universidades, las empresas, los llamados think tanks y, si Dios es grande, los organismos internacionales. Quizás el viaje les demande mayor esfuerzo intelectual, pero siempre en una dirección: asimilar el discurso del poder. Son igual de putos. Un señor como Golborne vendría a ser la síntesis perfecta de ambos especímenes.
El puto chilensis es tolerante, sobre todo por indiferencia. La tolerancia se termina cuando ciertas opiniones se convierten en actos. Muestra apertura mental en los llamados temas valóricos, hasta que un hijo le confiesa que le gustan los hombres. Mantiene una distancia cínica con los ideales, un razonable escepticismo; su pasión es la carrera calculada, que exige un gran sentido de la oportunidad. Y si uno anda volando bajo, nos pondrá una mano en el hombro:
Iba Napoleón con su ejército…
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