A un diputado no se le puede exigir que sea conocedor de nuestra historia política, mucho menos que sepa de Catalina y el fin de la república romana, tampoco tiene que saber del “ruido de sables” (1924), mucho menos de los regímenes políticos, ni memorizarse el reglamento de la Cámara – para esta actividad tiene asesores de distintos niveles intelectuales y especialidades- lo único que se le debe exigir a un diputado o senador es captar, al menos, el sentimiento de su jefe: sus mandantes, o sea los electores. Cualquier empleado o alumno estudia a su jefe o profesor y lo conoce perfectamente para actuar en consonancia con lo que el jefe o el profesor desea; al fin y al cabo, gracias a los electores, reciben un estipendio. Sería completamente idiota oponerse a ellos.
¿Qué dirían los lectores de un jefe que no conoce a sus empleados o de un profesor que no conoce a sus alumnos? ¿No sería justo exonerarlos, de inmediato, de sus cargos por no conocer a quienes son sujetos de sus tareas? Hasta ahora yo creo, ingenuamente, que los diputados son representantes de los ciudadanos, y no al revés.
Es cierto que en Chile, actualmente, hay un Estado rico; al parecer, por las malas lenguas, tiene billones de dólares depositados en grandes Bancos, europeos y norteamericanos, a un interés del 4%. No falta el maldiciente y catastrofista que, basado en algunos informes apocalípticos, cree que algunos de estos Bancos se declararán en default, pero estas tonterías apenas me atrevo a escribirlas; el capitalismo es eterno, salvo para Carlos Marx.
Si estos billones existieran, aumentar $100.000, $200.000 – ó $500.000, como dice irónicamente el diputado Alinco- no le haría ni cosquillas al gasto fiscal, al presupuesto nacional, ni a la inflación. Los diputados no sobrepasan los 120 y cualquier multiplicación da una cifra exigua. Está claro que el problema no está ahí, sino en la justa indignación de los siervos de la gleba que, en un 75% gana menos de $250.000. Acepto perfectamente que estas cifras puedan ser una exageración de mi amigo Marcel Claude y de otros economistas progresistas, pero basta que nuestros buenos representantes del pueblo recorran sus Distritos con la bencina subvencionada para comprobar, con creces, esta realidad de miseria en que viven los ciudadanos.
¿Cuánto costó lograr aumentar en $1.000 el sueldo base? ¿Se imaginan multiplicarlo por cien? Según la nueva Ley de Previsión, la pensión básica será de $60.000, durante este año. Cómo estarían de felices los pensionados si le subieran $30.000 más, es decir, treinta kilos de pan – un kilo por día- . Para FONASA, quienes ganan más de $140.000 son susceptibles de copago en las enfermedades acogidas al Auge, de las demás, sepa Dios. Los subsidios de electricidad, para los más pobres, son irrisorios, y los bonos de Navidad y de Fiestas Patrias dan apenas para una cola de mono y una chicha. No seamos mal agradecidos, pues algo es algo.
Con todo respeto, al parecer los señores diputados, casi todos gente proba, trabajadora y valiosa, pocos saben de la vida cotidiana de los siervos de la gleba, es decir, sus electores. Sería una incalificable calumnia, que no cometeré- compararlos con María Antonieta, que les proponía comer galletas en vez de pan, mucho menos con Luís XIV, que auguraba que después de él, el diluvio. Los diputados son personas sensibles, que quieren la subvención para entregarse, como apóstoles, al servicio de los electores y sus necesites y, quien sostenga lo contrario, es partidario de las peores tiranías militares.
Afortunadamente, en esta desgraciada instancia, hay algunos diputados que poseen el necesario cable a tierra, básico para un político: es el caso de los díscolos quienes, oportunamente, denunciaron tamaña tontería y despropósito que ofenden gravemente a sus electores, y tuvieron el gesto simbólico de devolver el monto de la subvención, aprobada por el presidente de la Cámara y los jefes de bancada, que son un poco más que nadie, que denunciaba Edwards Bello en sus crónicas – tienen nombre y apellido que será gravado en la frágil memoria popular: afortunadamente, el viento se lo llevará.
Nada más tonto que confundir la solidaridad corporativa con el populismo. Que yo sepa, la Corporación no es una mónada que existe por sí sola, pues su sustento es la delegación de la soberanía popular, razón por la cual a nuestro sistema de gobierno lo llamamos democracia representativa, aun cuando por ahí haya algún diputado o senador designados. Estos son pelos de la cola, el hecho evidente es que la Corporación no es de derecho divino, por consiguiente, no puede exigir lealtad entre ellos, que no sea la que se debe al soberano: el pueblo. No es populismo sufrir con él y escucharlo, mucho menos hacer oídos sordos a su indignación cuando le meten la mano al pobre bolsillo, por poco que sea el monto.
Es cierto que a nadie le gusta que los médicos especialistas le inspeccionen sus partes pudendas, sea ginecólogo o urólogo, salvo el caso de “Sexo con Amor”, que lo pasó muy bien. Claro que estos episodios tienen poca relación con el tema que estamos tratando, los coloco sólo para reírme con los lectores de tan enojoso, aburrido y torpe tema. Debo decir que no condeno, en absoluto, a quienes jugaron fútbol, en tiempo de sesión, en el patio del Congreso, pues todo trabajador tiene derecho a sacar la vuelta siempre y cuando el elector o los periodistas no lo pillen. Mala suerte, porque los diputados son personajes públicos, por lo tanto, los ciudadanos y, especialmente los periodistas, pasan controlando sus conductas. Póngase la mano en el corazón, querido lector, ¿nunca ha leído los diarios en Internet en las horas de oficina y sale “a terreno” cuando el jefe no lo está mirando?
Aun cuando no crea que estemos en una situación parecida, pues no hay ningún peligro de dictadura militar o de gobierno populista, producto del desprestigio de las instituciones me permito ilustrar a los lectores con un artículo del “Ferrocarril” – un diario equivalente al bipolio El Mercurio o La Tercera actual- que no tiene nada que ver con La Cuarta. El Ferrocarril 1907:
“Algunos diputados duermen, dando ruidosos ronquidos; otros llaman sin cesar a los oficiales de la sala, pidiendo Whisky con soda, jerez con apollinares, coñac con Panivávida.
Las interrupciones se cambian a cada instante entre los que se conservan despiertos. Algunos ríen a carcajadas por cualquier motivo. De repente llegan tres diputados a la sala, haciendo curvas y equis con lamentable dificultad.
….Otros apuran sus vasos… se injurian con incomprensible crudeza, pero reconociéndose dispuestos a no molestarse…no hay que enojarse, compadre.
…Nadie oye o nadie. A intervalos salen unos en dirección al comedor, y en la sala de sesiones se sienten los estampidos de los corchos de botellas de champaña, parece, por momentos, que hubiese un fuego graneado.
Las salas, llenas de humo que despiden los cigarros puros. El ambiente, impregnado de vapores alcohólicos. Los diputados en orden disperso, aquel tiene los pies sobre una mesa. Ese otro ronca estrepitosamente. Este, con el chaleco abierto y sin corbata parece…lo acaban de fusilar.
Más que sesión, parece una merienda de negros” .
Gonzalo Vial, “Historia de Chile”, Vol 1, tomo II, pág 613
Este texto no tiene nada que ver con la realidad actual: los diputados no ingieren alcohol, ni fuman, por orden del Ministerio de Salud, que vela por sus pacientes; sería muy grave que los sorprendiera la ministra Barría. Por lo demás, las sesiones se graban en el canal de la Cámara y del Senado, en horario para niños; conozco a algunos que utilizan sus emisiones para hacer dormir a los díscolos bebés. No creamos que hay congresistas tan feos – como el de feliz memoria Adonis Sepúlveda, vaya contradictorio nombre- que las mamás los usen para asustar a los niños cual cuco, si conoce a alguno. Le rogamos comunicarlo.
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