Desde hace un tiempo, distintos personeros de la alicaída Concertación de Partidos por la Democracia no ocultan su anhelo, casi una obsesión, por un retorno de la ex presidente Bachelet. Muchos de entre ellos están convencidos de que ella es la única posibilidad cierta de regresar al gobierno en las próximas elecciones presidenciales. El argumento es sencillo: Solo una figura muy bien evaluada en todas las encuestas de opinión puede salvar a una coalición tan desprestigiada como venida a menos. La ex mandataria mantiene un diplomático y distante silencio dedicada a sus tareas en la ONU.
Nadie puede negar que la señora Bachelet, en efecto, sea una figura que convoca adhesiones en el país. Así ha sido durante su mandato y después de éste, el lugar común que se repite por doquier es siempre el mismo: La gente la quiere. No obstante, el razonamiento interesado de muchos concertacionistas no es del todo convincente. Surgen varias cuestiones a considerar: Por de pronto, cabe preguntarse si acaso una figura carismática es suficiente para insuflarle vida a un conglomerado que ha dado muestras de una infinita incapacidad para ser políticamente eficiente como oposición al actual gobierno de derechas.
Es cierto, los chilenos no se caracterizan por su buena memoria. Sin embargo, todavía está fresco ese tufillo maloliente de corruptela que caracterizó el último periodo de la Concertación y que determinó, en gran medida, su ocaso. Su papel como oposición no ha sido mejor: Los mismos rostros de siempre, superados por los movimientos sociales, faltos de ideas nuevas, carentes de liderazgos y sumidos en políticas mezquinas, miopes y demagógicas. Todo ello plantea la cuestión de fondo: Bachelet, ¿para qué?
Mientras no quede claro un horizonte de sentido histórico capaz de convocar a un pueblo; mientras los partidos políticos de esta coalición sigan disociados de las demandas democráticas que se gritan en las calles; mientras los distintos grupos, tendencias y “caciques” sigan en disputas pequeñas entre sí, la pregunta sigue vigente ante la ciudadanía: ¿Para qué un retorno? La irrupción de Bachelet en el actual estado de cosas en la Concertación resultaría un “Deus ex machina”, una presencia artificiosa en medio de una situación política incierta.
Invitar a la señora Bachelet inspirados en expectativas puramente electorales, por importantes que parezcan, no solo es una falta de respeto sino una deslealtad hacia una persona que ha prestigiado al país como presidente y como figura internacional. Su nombre no merece ser manoseado de manera tan interesada como oportunista por algunos políticos que se niegan a pensar en grande. Pareciera que lo que nuestro país reclama es una renovación democrática profunda que, más allá de quien la encarne, debe fundamentarse en cambios políticos de fondo que, hasta el día de hoy, ni el gobierno ni la oposición han sido capaces de proponer y, no digamos, llevar adelante.
– El autor es Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
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