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Remozar o cambiar el modelo 

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Identificar correctamente el clivaje – la fisura y los distintos intereses sociales que se traducen políticamente – es fundamental para comprender cualquier competencia política -. En la  literatura sobre ciencia política desarrollaron esta visión pensadores como Lepset y Rokkan, en base a la concepción sociológica de Parson, que consiste en aplicar los clivajes a los grandes períodos  históricos – el quiebre entre clericalismo y su opuesto, laicismo republicano; capital y trabajo social, entre otros -. En el libro sobre Los partidos políticos y evolución pública, su autor, Scully, aplica los clivajes a la realidad chilena – clerical-laico, conservadores vs. radicales, capital vs. trabajo social, derecha liberal-conservadores vs. socialistas y comunistas; posteriormente, centro-laico radicales-centro mesiánico democratacristiano. Tomando a Lechner que, a su  vez, se basa en Weber,  podríamos definir un centro radical, dirigido por un partido político de patronazgo que fluctúa, con facilidad, entre la derecha y la izquierda, y un centro ideológico, dirigido por la Democracia Cristiana, que tiende a imponer una concepción ideológica y mesiánica de la sociedad, lo que da por resultado el aislacionismo del “vuelo del cóndor”.

Durante el período  de transición, el lobista Eugenio Tironi planteó el clivaje entre autoritarismo y democracia que, según este sociólogo, dominó las decisiones electorales hasta 1999, período en  que comienza a dominarse el clivaje entre el statu quo y el cambio. Joaquín Lavín,  tomando como bandera la idea del cambio, estuvo a punto de derrotar a Ricardo Lagos, en la primera vuelta por las presidenciales de 1999. De ahí para adelante, ningún candidato a La Moneda ha podido ganar en  la primera vuelta. En el fondo,  este cuasi-empate entre Lagos y Lavín anunciaba el inminente fin de la Concertación,  sin embargo, la carismática candidata Michelle Bachelet logró salvar esta combinación en base a la  capacidad de encarnar mejor la idea de cambio que sus rivales Joaquín Lavín y Sebastián Piñera.

En 2009, nuevamente el clivaje se manifestó entre el  cambio y el statu quo: Eduardo  Frei Ruiz-Tagle representaba lo antiguo,  caduco y obsoleto de la  Concertación – ampliamente rechazada por la ciudadanía por corrupta e  ineficiente – mientras que Marco Enríquez-Ominami encarnaba el cambio, en su forma más moderna y radical. Por otro lado, el triunfador, Sebastián Piñera, con base en promesas demagógicas y levantando las expectativas logró, más que por sus méritos personales, logró atraer a los ciudadanos y, con este hecho, sellar el destino de la Concertación.

A partir de 2011, en mi opinión, el clivaje ha cambiado: en la actualidad, nos encontramos no  con el quiebre entre continuidad y cambio, la alternancia, casi vitalicia, entre la Concertación y la Coalición por el Cambio, sino  entre remozar el modelo o construir un nuevo Chile; entre cambios “gatopardistas” o una verdadera revolución ciudadana. En este sentido, pienso que la Concertación, reencauchada y con el apoyo del Partido Comunista, está impedida de liderar una revolución ciudadana.

No sólo su pasado la condena, sino que también, dentro de su interior está  traspasada por una fisura casi insalvable, que va desde el socialcristianismo y el neoliberalismo – de Andrés Velasco y Claudio Orrego, vs. las posiciones más progresistas de José Antonio Gómez y del PC. Michelle Bachelet pretende que creamos que nació ayer y que quienes la apoyan no tienen pasado: el esconder a políticos de malas prácticas y rechazados por la ciudadanía es una táctica hábil pero, a la larga, es inconsistente y, como tal, no puede durar eternamente.

Hay mucho de teatral en las pocas apariciones de la ex Presidente: en el aeropuerto y en el municipio de El Bosque –  donde proclamó su candidatura – pero es verdad  que logró provocar profundas emociones – la política de afectos que de racionalidad – razón por la cual un personaje tan frío, falta de carisma y pedante, como Andrés Allamand, no podrá competir con la candidata de la Concertación – y qué decir de Golborne, que  critica pero no propone nada más que su sonrisa forzada.  Al único personaje que le escuchado que la política es pura racionalidad es a Enrique Correa, uno de los principales asesores de Bachelet.

La candidata tratará de seguir impresionándonos con puestas perfectas puestas en escena, sin embargo, a la larga, los espectadores descubrirán que el montaje de esta obra es pura escenografía de cartón y,  quienes hacen de  consuetas son Camilo Escalona, Enrique Correa, Ricardo Lagos Weber, Jaime Quintana, Osvaldo Andrade, entre otros prohombres. Aburridos de las representaciones teatrales, los actores macedónicos decidieron morir, realmente, en la escena – algo así como el Vía Crucis en Filipinas -.

La candidata nos quiere impresionar con su propuesta  de poner fin al lucro. En el transcurso de la campaña, que se avecina, veremos mucho de estas propuestas aparentemente audaces, pero que evitan llegar, en profundidad, al fondo del clivaje entre gatopardismo y los cambios que requiere un nuevo Chile.

La verdadera prueba de la blancura está entre la mantención de la antigua y dictatorial Constitución o la creación de una creación de una nueva Carta Magna, por medio de una Asamblea Constituyente. Sin cambiar las reglas es casi imposible pensar en cualquier programa progresista: si se quiere promover la educación pública gratuita y de calidad y poner fin al lucro, se hace imprescindible terminar con la subsidiaridad,  que es el alma de la funesta Constitución Pinochet-Lagos; mientras se mantengan los 5/7 para aprobar cualquier reforma importante, los cambios propuestos por la  candidata será música celestial; mucho más lejano aún está el cambio del sistema binominal, que hace que el empate se mantenga, en una especie de “eterno retorno”.

Al núcleo principal de la candidatura concertacionista le aterra el solo planear un llamado a Asamblea Constituyente – son los legalistas portalianos de siempre -. La Constituyente no es el monopolio de Hugo Chávez, de Rafael Correa o de Evo Morales, también lo hizo la juventud colombiana, por medio del voto de una séptima urna, que por carácter masivo de la votación,  la Corte Suprema de Justicia se vio  forzada a convocar a una Asamblea Constituyente, incluida  la guerrilla.

Charles De Gaulle jamás hubiera podido fundar la V República, en Francia, si no hubiera llamado a un plebiscito, que permitió que el Presidente de la República fuera elegido por votación popular, hecho que dio un enorme poder al Primer Magistrado, en un sistema semipresidencial.

La Constitución también está agotada por el centralismo: el hecho de que todas las políticas públicas de delineen en Santiago y los intendentes sean repetidores de las obras del Presidente de turno hacen que las regiones estén abandonadas a su suerte, pues no pueden decidir sin la anuencia del monarca- presidente. Poco podemos esperar de José Antonio Viera-Gallo, Patricio Aylwin, Ricardo Lagos, Eduardo Frei, entre otros, respecto  al paso del presidencialismo borbónico a un régimen de equilibrio de poderes, como es el semipresidencial.

01/04/2013

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