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Elecciones en EEUU: punto de quiebre para Trump 

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11 de noviembre de 2018
Considerada como un referéndum de los dos primeros años de un gobierno, la elección de medio término realizada el martes pasado en EEUU no ha sido “un tremendo triunfo” para los republicanos, como autoproclama Donald Trump. Al contrario. El haber perdido la Cámara de Representantes a manos del Partido Demócrata (PD) representa un cambio en el escenario político con miras a las elecciones presidenciales de 2020.

Esta contienda, en la que se renovaron los 435 asientos de la Cámara de Representantes, 35 de los 100 escaños del Senado y se eligieron gobernadores de 36 de los 50 estados y sus respectivos congresos locales, registró un crecimiento importante del PD en jurisdicciones tradicionalmente republicanas, aun cuando no se ganara la elección. A diferencia del Senado, en el que cada uno de los estados tiene dos miembros, los escaños de la Cámara de Representantes son proporcionales a su población.

Si bien Trump ha anunciado que “confía en lograr acuerdos con la nueva mayoría demócrata en la Cámara Baja”, también ha amenazado con cerrar la puerta a esa cooperación y “paralizar el gobierno” con una “guerra” política si se abren investigaciones en su contra.

Al día siguiente de las elecciones, Trump despidió al fiscal general de la nación, Jeff Sessions, por recusarse a supervisar la investigación de la trama rusa después de descubrirse su participación en reuniones con el entonces embajador de Rusia en Washington. Por ello, se nombró un fiscal especial, Robert Muller, exdirector del FBI, quien dirige esta investigación.

En lugar de reemplazarlo por el fiscal general adjunto, Rod Rosenstein, quien sí cuenta, como Sessions, con la ratificación del Congreso, Trump ha nombrado temporalmente a Matthew Whitaker, jefe de gabinete de la fiscalía, quien carece de la misma. Según el New York Times, esto convierte la medida en inconstitucional. Whitaker es leal a Trump y, dice como él, que dicha investigación es una cacería de brujas.

A pesar de algunas protestas en las calles e iniciativas en el Congreso para proteger la investigación del fiscal Muller, analistas en Estados Unidos consideran que este despido no tiene las repercusiones que tuvieron lugar cuando Trump echó al director del FBI, James Comey, en mayo de 2017, por no darle garantías de lealtad personal, acelerar la investigación sobre la participación rusa en las elecciones y por concluir que la investigación por los correos electrónicos de Hillary Clinton debía cerrarse. La menor reacción de la sociedad ante un hecho similar, los lleva a pensar que la democracia en EEUU viene siendo socavada peligrosamente a tal punto que, acciones que eran inaceptables en 2016, son hoy moneda corriente.

Jason Stanley, profesor de la Universidad de Yale, califica a la política de Trump como fascista y destaca como una de sus características la evocación de un pasado mítico que el líder rememora recurrentemente. Asimismo, un estilo de propaganda en el que prevalece el antiintelectualismo. Al respecto, cita a Hitler, en su libro Mi Lucha, quien decía que la propaganda debía ser atractiva para las personas menos educadas. De forma similar, Steve Bannon, estratega de la campaña de Trump, y consejero de Jair Bolsonaro, considera que “la emoción y la rabia son las que impulsan a la gente a votar, por lo que son elegidas frases como ‘¡Enciérrala!’ y ‘¡Construyan el muro!’”.

En ese marco se inserta el discurso de desprecio y criminalización al migrante pobre que su base electoral, mayoritariamente blanca, conservadora y rural, aplaude enardecidamente. Trump no podrá “hacer América grande otra vez” si erosiona la institucionalidad interna y la internacional. Su país empequeñece cuando le tira un portazo al Acuerdo de París contra el Cambio Climático, al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, a la UNESCO, al Pacto Mundial sobre la Migración de la ONU y amenaza con retirarse del Tratado de Reducción de Armas de Medio y Corto Alcance (INF). Asimismo, cuando abandona el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) –dejando que China reine en la región Asia-Pacífico– y, cuando con una visión miope, inicia una guerra comercial con ese país que, tanto el FMI como el Banco Mundial, advierten, desacelerará la economía mundial.

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