A Cuarenta Años: Crónica de un Golpe de Estado VII
por Álvaro Cuadra (Chile)
13 años atrás 6 min lectura
Chacarillas: El diseño dictatorial
1.- El discurso de Chacarillas: Refundación
Hoy resulta claro que la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet poseyó un carácter fundacional de la vida política e institucional en Chile. El diseño básico de ese país anhelado se materializó en una Declaración de Principios de la Junta de Gobierno y se hizo público en el cerro Chacarillas en julio de 1977, frente a un grupo de jóvenes del Frente Juvenil de Unidad Nacional. Aquella noche, entre antorchas que recordaban los paganos aquelarres del nacional socialismo, el dictador declaraba: “Para un adecuado enfoque de este problema, es conveniente reiterar una vez más, que el 11 de septiembre no significó sólo el derrocamiento de un Gobierno ilegítimo y fracasado, sino que representó el término de un régimen político-institucional definitivamente agotado, y el consiguiente imperativo de construir uno nuevo”
Es interesante destacar que la noción de un nuevo orden jurídico institucional se basó explícitamente en el autoritarismo. El mismo Pinochet les explica a sus prosélitos: “En esa perspectiva, advertimos nítidamente que nuestro deber es dar forma a una nueva democracia que sea autoritaria, protegida, integradora tecnificada y de auténtica participación social, características que se comprenden mejor cuando el individuo se despoja de su egolatría, ambición y egoísmo” Más allá de la grotesca demagogia de estas palabras, resulta claro que el eje sobre el que se construyó la llamada Constitución del ochenta es, precisamente, la noción de “democracia autoritaria”. Como bien sabemos, es esta carta constitucional la que todavía rige el destino de los chilenos hasta el presente.
En el diseño pinochetista queda fuera de toda consideración seria el derecho de las personas, de hecho, declara sin ambages: “Sólo una amarga experiencia reciente, que estuvo a punto de conducirnos a la guerra civil, nos ha hecho comprender que los derechos humanos no pueden sobrevivir en un régimen político y jurídico que abre campo a la agresión ideológica del marxismo-leninismo, hoy al servicio del imperialismo soviético, o a la subversión terrorista, que convierte a la convivencia social en una completa anarquía” En la tesis dictatorial, los derechos humanos quedan suspendidos cuando los movimientos sociales reclaman sus derechos, o dicho de otro modo, cualquier manifestación de una demanda democrática se traduce como una “agresión ideológica”. En la actualidad basta pensar en la llamada “Ley Hinzpeter” para advertir la plena vigencia de esta visión autoritaria.
Ante la demanda de organismos internacionales y muchos gobiernos democráticos del mundo por las graves violaciones de derechos humanos en el Chile de Pinochet, el dictador, con un cinismo de antología, responde: “Resulta incomprensible que toda restricción a determinados derechos de las personas se enjuicie como una presunta transgresión de los derechos humanos, mientras que la actitud débil o demagógica de muchos gobiernos frente al terrorismo no merezca reparo alguno en la materia, aun cuando es evidente que ella se traduce en una complicidad por omisión, con una de las formas más brutales de violación de los derechos humanos”
2.- El discurso de Chacarillas: Plan
La dictadura militar se propuso instituir una “democracia autoritaria” en que las fuerzas armadas fuesen las garantes del nuevo orden. A diferencia del estado democrático – liberal, se trata de fundar un orden jurídico institucional “protegido”, o mejor dicho, una “democracia protegida”: “Protegida, en cuanto debe afianzar como doctrina fundamental del Estado de Chile el contenido básico de nuestra Declaración de Principios, reemplazando el Estado liberal clásico, ingenuo e inerme, por uno nuevo que esté comprometido con la libertad y la dignidad del hombre y con los valores esenciales de la nacionalidad”
Para llevar adelante su empresa, el dictador trazó un plan que culminaría en la actual carta fundamental: Recuperación, transición, consolidación. Interesa hacer notar que el presente de Chile responde a la última etapa del plan pinochetista, es decir: los principios de una junta militar se han institucionalizado. De suerte que se puede sostener que, en estricto rigor, el orden dictatorial no ha sido superado. Como sostenía el dictador: “Simultáneamente con lo anterior, que implicará el paso de la etapa de transición a la de consolidación, corresponderá aprobar y promulgar la nueva Constitución Política del Estado, única y completa, recogiendo como base la experiencia que arroje la aplicación de las Actas Constitucionales. La etapa de transición servirá así para culminar los estudios del proyecto definitivo de la nueva Carta Fundamental”
En aquel acto se encontraba toda una generación de extrema derecha que hoy participa del gobierno: Cristián Larroulet, Patricio Melero, Juan Antonio Coloma, Joaquín Lavín, Andrés Chadwick y muchos artistas y figuras de la época. El capital y el terror engendraban a los hijos de Chacarillas, mientras la DINA secuestraba, torturaba y asesinaba chilenos dentro y fuera del territorio nacional. En aquellos años, todos ellos soñaban con un nuevo orden político para el país, aquel, precisamente, que hoy administran en calidad de ministros, legisladores, alcaldes o empresarios.
3.- El discurso de Chacarillas: Proyección
Una “democracia protegida” que restringe la participación ciudadana unido a una amplia libertad económica amparada en el principio de subsidiariedad siguen siendo hasta hoy los conceptos fundamentales del así llamado “modelo chileno”. La llegada de la Concertación de Partidos por la Democracia no alteró, en lo fundamental, este diseño matriz. Los partidos políticos de los más diversos cuños ideológicos decidieron mantener inalteradas las reglas del juego y acomodarse en una “democracia de los acuerdos”, desactivando toda movilización social o sindical, ampliando las posibilidades de negocios, en definitiva y como suele decirse “administrando el modelo”.
Esta paisaje que ha caracterizado nuestra vida política los últimos veinte años se aproxima bastante al que había previsto la dictadura militar y su particular concepción de la participación social: “/Una democracia / De auténtica participación social, en cuanto a que sólo es verdaderamente libre una sociedad que, fundada en el principio de subsidiariedad, consagra y respeta una real autonomía de las agrupaciones intermedias entre el hombre y el Estado, para perseguir sus fines propios y específicos. Este principio es la base de un cuerpo social dotado de vitalidad creadora, como asimismo de una libertad económica que, dentro de las reglas que fija la autoridad estatal para velar por el bien común, impida la asfixia de las personas por la férula de un Estado omnipotente”
Insistamos, este es el fundamento último del “modelo chileno” amparado en el orden constitucional pinochetista. Esto explica el celo obsesivo de la derecha en preservar “la obra” del general Pinochet, oponiéndose a todo cambio sustancial a la constitución y, desde luego, a todo reclamo ciudadano por una Asamblea Constituyente. La Constitución del ochenta es, finalmente, la fórmula jurídica e institucional que construyó la derecha de mano de los militares para evitar por muchos años más la amenaza a sus privilegios. El desafío para los demócratas del presente y del porvenir es, justamente, poner fin a este orden injusto, excluyente y antidemocrático.
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