Si vemos la historia de Chile, en grandes saltos, desde los orígenes como colonia, no podemos caracterizarla como un país que privilegió la oportunidad para todos sus habitantes. Muy por el contrario, la aristocracia de los antiguos criollos asumió las mismas características de exclusión del periodo español, en todo lo concerniente a sus derechos de exclusividad como dueña absoluta de las tierras, los negocios, los bancos y de la explotación minera. Los españoles que llegan a América, son parte de las economías ibéricas de guerra, es decir, que tienen poca relación con la agricultura y preferían la actividad social (cosa que no sucedía en el resto de Europa), de modo que los jóvenes estaban acostumbrados a ascender socialmente por méritos de guerra y a enriquecerse con los botines de guerra y los saqueos, que fue lo que ocurrió con toda América.
Con miles de muertos frenaron el clamor social durante la década del 1900/1910, producto de las pésimas condiciones de miseria e insalubridad en que vivía hacinada la población en ésa época, mientras el crecimiento económico generado por la industria minera y los grandes negocios fue fecundo para la formación de las mayores fortunas de los empresarios.
Por ello es que la catástrofe social y política desatada a partir del golpe militar, evoca una suerte de legado histórico con orígenes en los siglos anteriores copiados de Europa, que se va modernizando en el tiempo hasta el rompimiento del año 1973, donde se vuelve a marcar a sangre y fuego el oprobio y la inequidad de una casta que no le tiembla la mano para desenfundar las armas y restaurar posiciones de riqueza y poder nunca antes igualado en su infame legado aristocrático, lo que se arrastra hasta nuestros días, garantizado por las leyes de amarre que son las “escrituras” o las tablas de Moisés de la élite actual, para marcar a perpetuidad, lo que arrebataron a sangre y fuego.
En esto proceso fue clave la alianza UDI, los Chicago boys y los militares. Una mixtura modernizada por los nuevos criollos y los militares, que es de antigua data, excepto por la sofisticación del lenguaje. El de ahora se estudia en las universidades de EE. UU, y el de antes en Europa, como en los siglos XVIII y XIX.
Es el tiempo transcurrido lo que nos permite constatar cómo fuimos presa de un modelo cultural cuyos orígenes están situados más allá de las fronteras chilenas, para imponer la instalación de un sofisticado modelo de envilecimiento social, cuyos fundamentos provienen del puritanismo teológico legado de la vieja Europa desde los tiempos de Lutero y Calvino, cuyos fundamentos excluyentes fueron los cimientos del imperio, con una doctrina que hoy rige los objetivos de la derecha republicana en EE. UU.
Sabemos que el golpe militar en Chile, produjo una gran fractura social con graves consecuencias sociales derivadas de ello, pero además, se posibilitó un enfoque muy rígido y determinista que abarco a varias generaciones, donde la forma en que se debía articular el pensamiento estaba constreñido al razonamiento del orden, concordante con una jerarquía lineal propio de las estructuras militares, y cuyo fundamentalismo ideológico económico proviene de los sucesores de David Ricardo, para quien, “el salario se reduce a lo estrictamente necesario que permita al obrero subsistir y reproducirse”. Para D. Ricardo, los salarios debían mantenerse lo más fijos y estables posible. Esta teoría influyó en Marx para afirmar que el obrero nunca disfrutaría de los beneficios del capitalismo.
La población chilena consumió por años TV, arte, música, teatro, literatura con censura previa a cargo de censores oficiales del régimen, quienes determinaban lo que era “correcto y verdadero”, culturizando como erróneo y demonizando todo lo que no sintonizara con la ideología de derecha. Los gobiernos posteriores a la dictadura no aportaron grandes cambios en esa cultura, fueron sus administradores y le agregaron una contribución especial, dejar morir la prensa y las revistas que lucharon en contra de la dictadura, porque veían en ella un peligroso rol de vigilancia política, para el devenir de los gobiernos que luego asumieron el poder.
La arista que nos preocupa hoy, es la gran dosis de envilecimiento instalada en la sociedad chilena, disfrazada con el consumismo de bienes de mercado, cuyo objetivo debía ser el modelo de felicidad para la población y cuya norma implícita era, haga lo que quiera para ganarse la vida, siempre que no lo pillen y no implique organizarse para hacer cambios en las leyes “divinas”, o en la constitución heredada.
Así es como llegamos al tipo actual de éxito que promueve la TV, con personajes anclas sacados de la farándula, (Maldonado, Argandoña, etc.) y el fortalecimiento de la agresión sexual a niños y jóvenes, o el bullyng en los jardines o colegios, producto de una sociedad enferma que ha ido desintegrando la familia y nos ha puesto como el 2º país que más ha incrementado su tasa de suicidios (55 %) y con altos niveles de depresión. No se conversa de las fronteras éticas ni de los valores inherentes a toda sociedad que desea vivir con principios de respeto mutuo. Por el contrario, se dejan abiertas todas las facilidades para que los más desvalidos puedan ser “consumidos” por otros si se dispone de poder o dinero. No existe en la conciencia de estos abusadores o criminales el valor de alguna regla moral concordada y respetada por todos, que los inhiba de cometer los peores crímenes con los más desvalidos.
Existe un silencio social cómplice que ha ido impregnando a toda una sociedad que privilegia el valor material de quienes rodean a esos personajes, para no levantar la voz ni actuar cuando escuchan o ven el atropello de otros. Callan frente al estudiante golpeado, los niños abusados, las mujeres explotadas, los trabajadores, las poblaciones aisladas de servicios o atención básica o médica, de los extranjeros sin papeles, pecando por omisión para dar paso una corrupción moral mucho más grave, que es el traspaso de esa cultura a las nuevas generaciones de niños y jóvenes, cuyo envilecimiento lo ven como algo tan natural, que hoy vemos los resultados en las páginas policiales.
¿Pero dónde reside el daño mayor causado por este envilecimiento como país?
En que la estructura del pensamiento individualista neo liberal, enseñó y acostumbró a la población a tener que liberarse de la necesidad de pensar y contemplar al “otro” en comunidad, para poder sobrevivir. Hemos sido olvidados por un modelo de derecha, donde el hábito de crear lazos y relaciones pasa por interés al dinero. Ya no somos personas, somos clientes o potenciales cliente, es decir, me interesa el otro sólo si produce un beneficio o provecho económico.
Tanto se ha ido descartando el pensamiento de comunidad en el tiempo, que los funcionarios y los empresarios diseñaron jaulas para animales, que llaman casas, donde comprimen a los pobres a vivir lejos de las vías de movilización, muy distantes de los servicios, e imposible de caminar a pié para ir a trabajar. Se impuso un concepto economicista que lo cruza todo y no contempla nada más, ni un miserable árbol en la casa construida, es la peor corrupción que puede sufrir el alma de un país.
Es el mismo concepto economicista que ha permitido que llevemos años con un sistema como el Transantiago, que no mejora ni ayer, ni hoy con el actual gobierno, porque poner más buses es antieconómico, es un modelo de negocio pensado en las empresas y para la ganancia de los bancos que los operan, sin importar el hacinamiento o las esperas que deban sufrir las personas.
Cuando se diseña un país pensado, que no es para todos, se descarta el pensamiento creador de comunidad con espacios donde se produce la integración humana y el encuentro para la conversación con el “otro”. Se dañó la esencia vital del ser humano que es la realización y que sólo ocurre con los demás. Quedó instalado un orden estático que protege el camino donde va el dinero, no dónde va el hombre. Esta suerte de fatalismo por el envilecimiento, se está desmoronando en constantes y periódicas crisis financieras y económicas que vive el mundo. La literatura en diversos campos, describe aterradoras escenas de un mundo profundamente dividido entre “nosotros” y “ellos”, desgarrado por la sospecha mutua, el odio a la autoridad por los individuos y el desprecio de la autoridad hacia la gente.
Sin embargo, el nuevo éxito mundial no vendrá de seguir repartiéndose los escasos recursos que existen en el planeta, el éxito vendrá de la mano del hombre libre y de sus múltiples ideas creadoras dirigidas por un pensamiento pluralista, que sea proclive a crear un mundo integrador en solidaridad humana, en donde la comunicación será de hombre a hombre, y donde no quedará oro que repartir, sino dejar en el olvido cientos de años de envilecimiento humano.
De las nuevas generaciones no podrá provenir otra cosa que no sean valores esenciales para la vida, es lo único que necesitarán para ordenar el pensamiento de un mundo acogedor y respeto mutuo para la subsistencia de la vida con los demás.
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