Articulos recientes

Al navegar en nuestro sitio, aceptas el uso de cookies para fines estadísticos.

Noticias

Cultura

Julio siempre está volviendo 

Compartir:

Es bello ser Cronopio,

aunque cause muchos dolores de cabeza.

Y es que el dolor de cabeza de los Cronopios

se supone histórico, es decir

que no cede ante las tabletas de analgésicos,

sino sólo ante la realización del Paraíso en la Tierra.

Así es la cosa.

En la sociedad Fama nos duele la cabeza.

Y nos arrancan la cabeza.

En la lucha por el Paraíso, la cabeza es una bomba de retardo.

En las sociedades supuestamente cronopianas se planificaba el dolor de cabeza,

lo cual no lo hacía escasear, sino todo lo contrario.

Una verdadera sociedad cronopiana será

-entre otras cosas-

una aspirina del tamaño del sol.     
(parafraseando a  Roque Dalton)

 

“Julito ha vuelto”, me dijo con un estremecimiento Raúl Ruiz. -Bueno, le contesté grandilocuente, siempre estará con nosotros. -No, no, acaba de entrar, pero como hay tanta gente no lo has visto- repuso con tono conspirativo. Miré al cineasta chilote suponiendo que había bebido algunas copas de Mouton Cadet  más de la cuenta -Es verdad, terció el Grillo Mujica, con él entraron Vipos, Vipas, Hormigachos y Horminetas, aparte de algunos Famas infiltrados y una pléyade de Esperanzas. Se han escondido entre los próceres bolivarianos. Mira, Gardel discute con los cubanos, Sandino parece asturiano, Neruda con su eterna cara de elefante y Roque Dalton de incógnito, vaya…vaya..-Ya sabes Grillo, le dije, los Cronopios no somos muchos pero somos machos, de modo que si hay problemas…-No seas porfiado, insistió, observa la mesa del centro, con clavel rojo y mantel negro, la copa de vino tiene un brillito, la animita de Cortázar muy celoso de la Maga cuando le da un beso a este Grillito..La copa está casi vacía…hay que escanciarle otro poco…-

Hierática, la copa de vino tinto rendía silencioso homenaje al lado de Rayuela, abierto en el capítulo 68. Una cinta negra ceñía un clavel rojo. Era una fría noche de invierno parisino del mes de febrero de 1984 y el Grillo concluyó temeroso -A mí no me gustan las historias de muertos…prefiero las de nutrias…-

Esa mañana, Julio Cortázar había sido sepultado en el cementerio Montparnasse. Tres días antes, Luis Bocaz, me había dado la infausta noticia y sus amigos y admiradores nos dimos cita luego de su entierro en una casilla de Rayuela, esa ancha avenida jalonada de obstáculos que se debe atravesar para alcanzar el Cielo.

Cien flechas de pétalos rojos habían surcado el espeso frío del cementerio llegando hasta la nieve que bordeaba la tumba que desde entonces lo cobija. Quisimos darle a esas rosas rojas impulsos suplementarios, tratando de inclinarlas “hacia el lado de la eternidad”, ante la lívida indiferencia del Gran Cronopio, que por cierto, nunca se preocupó de la gloria ni de las nieves, puesto que en vida sólo había querido saber “dónde se reunían las golondrinas después de la muerte”.

Meses antes, cuando había visitado Buenos Aires por última vez, contestó a la TV argentina : “¿Qué si vengo a radicarme definitivamente? No me gusta la palabra radicar, pero sí me gusta la palabra radical”. Era un cronopio extremista y radical cuyas ideas sobre el socialismo no las bebía con vodka sino que se nutría más bien con el áspero y colorido alcohol de la realidad latinoamericana. “Creo -dijo alguna vez- que el fin supremo del marxismo no puede ser otro que el de proporcionar a la raza humana los instrumentos para alcanzar la libertad y la dignidad que le son consubstanciales”.

Este Cronopio radical y extremista acompañó nuestros sueños y alegrías desde la adolescencia. También nuestros desvelos y penas. Seguramente en aquella noche de homenaje, quiso beberse el trago del estribo. Hoy, veintiocho años después de su partida,  sigue estando junto a nosotros.

El Gran Cronopio “tensaba su arco cuando escribía”, pero sabía llegado el momento “colgarlo en un clavo para beber una copa con sus amigos”.

Chacabuco Lager

Esta es la historia de los avatares de uno de sus libros, El Libro de Manuel, publicado hace casi cuarenta años.

En una calurosa tarde de diciembre de 1973, poco antes de Navidad, en la ex oficina salitrera de Chacabuco, declarada monumento nacional por el gobierno del Presidente Allende y transformada en campo de detención por los militares chilenos, me encontraba  junto a otros cientos de compatriotas bajo el poco envidiable rótulo de “prisionero de guerra”, y me aprestaba a ingresar a la Filarmónica, la Opera de Chacabuco, frente a la placita a la que el historiador Mario Céspedes se esforzaba arrancarle algunas sonrisas verdes.

La Iglesia y la Cruz Roja habían logrado autorizaciones para visitar a los prisioneros y un capellán de carabineros junto a oficiales y soldados del ejército, dirigían las operaciones de cacheo, ingreso y reencuentro con nuestros familiares. Cuando me tocó el turno para ingresar, el capellán me dijo : “Tiene visita…una jovencita”. Entré a la Filarmónica enceguecido por la penumbra, luego de haber permanecido esperando bajo el abrasador sol del desierto. Vi a contraluz su silueta y luego su rostro conmocionado por el reencuentro. Nos saludamos y un soldado nos indicó que podíamos sentarnos en unas butacas. Recibí de ella en medio de las lágrimas, tartamudeos y besos, toda la información del caso : Fulano muerto, Zutano asilado, Mengano clandestino, sin noticias de este otro, en fin. Otros compañeros hablaban con sus esposas, madres, hijas o hermanas, vigilados por los soldados. No sé cuánto tiempo transcurrió en medio de esa atmósfera irreal, en esa oscuridad herida sólo por pequeños rejones de luz que atravesaban las viejas ventanas de madera. Nos miramos. Me preguntó que si y yo, le expliqué que no. Sus bellas y delicadas manos acariciaban mi barba y cabellos descoloridos por el sol del desierto. Sumidos en un sopor indefinible, parecía que el mundo se reducía únicamente a nosotros. Fue entonces cuando la bella jovencita comenzó a desabotonarse su camisa. Inquieto, escudriñé en la penumbra observando a los soldados y al capellán que se paseaba preguntando : “¿Todo bien? ¿Es su esposa?” -No, le respondí un poco mosqueado, es mi polola- Cuando el preguntón se alejó vi que la bella jovencita había sacado de entre sus ropas el Libro de Manuel, publicado en Argentina sólo algunas semanas antes. -“Mira el regalito que te traje, tu autor preferido”, me dijo orgullosa. La abracé y aproveché de ocultar el libro en mi cintura, agradeciéndole en glíglico : “¡Qué tisclama que no pueda amalarte el noema!” -“Estás loco”, repuso ella, siguiendo el juego, “se nos agolparía el clémiso y los salvajes ambonios alertarían a los soldados”. –“Ah, susurré sottovoce, estoy como el trimalciato de ergomanina al que se le han echado unas fílulas de cariconcia, es una tisclama que no pueda retilarte la murta”.

Su justificado y prudente recato en la situación en la que nos encontrábamos, nos impidió tordularnos los hurgalios, sin siquiera haber podido aproximar nuestros orfelunios en aquella Filarmónica, que algunos decían había conocido el encanto de Sarah Bernard.

Nos despedimos y con el Libro de Manuel en las verijas para evitar su decomiso, traspuse nuevamente el portón, la alambrada, los miradores por entre la doble fila de soldados. Los buses partieron en dirección de Antofagasta y el libro inició en ese perdido campo de prisioneros de la V° división del Ejército de Chile una sobrehumítica aventura.

El Libro de Manuel es una novela política de Cortázar. La historia entre otras historias, de una güagüita sudamericana nacida en París -Manuel- alrededor de la cual sus padres y amigos tratan de construir “otro mundo posible”, más humano y divertido, en medio de las terribles noticias -recortes de diario- que constituirán su futuro libro de lectura. Manuel se come las cortinas, mea y defeca como todo bebé de buena salud emitiendo berrinches destemplados cuando le falta la mamadera, para luego dormirse plácidamente en medio de encendidas discusiones políticas. Es testigo de la planificación de una operación de guerrilla urbana en la que termina secuestrado un Vipo, de la internación ilegal de un pingüino y de la utilización de contéiners de doble fondo para actividades revolucionarias. Este libro explicó una vez Cortázar, “no solamente no parece lo que quiere sino que con frecuencia parece lo que no quiere”.

La Biblioteca de Chacabuco funcionó gracias al esfuerzo de algunos compañeros que seleccionaron libros de diversos autores, obtenidos por las siempre inescrutables vías del Señor. Pero el Libro de Manuel nunca formó parte del catálogo público. Recuerdo haberlo leído con deleite y comentado con mis compañeros. Luego se lo presté a Alvarado y desde entonces su presencia clandestina en el campo se hizo famosa, este…quiero decir cronopiosa. Eran numerosos los que venían a pedírmelo. Tenía una lista con los impacientes inscritos que esperaban disciplinadamente su turno.

Gracias al Libro de Manuel  comenzamos con Leonardo a practicar el “fortran”, la formulación transpuesta inventada por Lonstein y por las mañanas cantábamos el himno nacional, introduciendo ecofones, economizando fonemas e inventando boex, bonitas expresiones :

Huesos nomes valsoldaos

Quiá  besido dechil esostén

Nues pechololle vangrado

Losabnushijstamién.

Habían variantes del orlopró (organización lógica de programa) y del orilopró (organización ilógica). Luego las discusiones se desviaron sibilina pero peligrosamente hacia el campo político, y claro, la cosa subió de color cuando tradujimos al orlopró, orilopró y al glíglico frases de indudable raigambre partidaria como :”Arverjar sin centrar”, “Trapinaores a  correr” o “No a la suegra cerril”. Sospecho que  fue Claudio o Leonardo el que tradujo al glíglico unas pedregosas frases de Luis Corvalán y yo hice lo mismo con la profusión de erres que acostumbraba a emitir  por entonces Mayoneso. Virgilio Figueroa se mataba de la risa y trataba de aprendérselas de memoria. Un día me dijo : “si te vas a Francia, cásate con una mujer como Ludmilla o Francine”. La descripción que de ellas hace Cortázar en el Libro de Manuel lo tenía por las cuerdas. Una tarde llegó antes del silencio uno de los Que te jedi. Como estábamos presos en el desierto no portaba terno gris, pero lo tenía dibujado en la piel : “Tenga cuidado compañero, hay que preservar la unidad, no agarre para el tandeo a los dirigentes de los partidos hermanos”.

Le expliqué que justamente el libro de Manuel nos enseñaba que un revolucionario no tenía por qué perder el sentido del humor. Lo leyó y no le causó ninguna gracia, “ulraizquierdistas”, masculló molesto. Jamás supe si se refería a los personajes creados por Cortázar o a nosotros, dos jóvenes e irreverentes estudiantes. Años más tarde Cortázar nos diría :  “El Libro de Manuel fue una tentativa por desquitinizar revolucionarios. Había conocido a algunos en París, y me había quedado aterrado por su sentido dramático, trágico, de su acción, en donde no había el menor resquicio para que entrara ni siquiera una sonrisa, y mucho menos un rayo de sol”.

Un ex jugador del club de fútbol profesional Palestino, al que los milicos le habían volado los incisivos superiores -“la delantera”, decía mostrando sus encías heridas- casi se meaba de risa cuando nos escuchaba imitar en orilopró o glíglico a los oficiales del campo : “En el coche río/ en el diaca, loor/ yasí toos los días.”

Yo era el escribidor de sus cartas personales dirigidas como el mismo afirmaba, a “su Catedral y a su Capillita”. Un buen día se equivocó de sobre y envió la esquela de la Catedral a la Capillita y viceversa. Quedó la mansa cagada. “Compadrito -vino a verme muy compungido semanas después- escríbale una carta de excusas a la Catedral y otra a la Capillita”. A raíz de este error epistolario no le había llegado desde hacía meses ni un gramo de azúcar. Tratamos de convencerlo con Leonardo que lo mejor era escribirle en glíglico a ambos monumentos eclesiales o al menos, alterar la ortografía castellana como una manera de enloquecer a los censores militares. “Ha lo mejor ny ce dan quenta del qambio de horthografía”, acotó Leonardo desternillándose de la risa.

La misiva decía más o menos así : Mi múi Kerida Kathedral, lamento el hekíboco en el ke inqurrió un kompañero hestudiante de lelles, letrado pero pajarón. Hez el mismo que aora me está alludando en la redaktion de hézta. Lo ke pazó fue ke hisso doz kartas al mismo tiempo, para dos perzonas diferentes, i komo el tiene tan vuena boluntad, les ezcrive qartas a los ke no zon demaciado duchos en la lengua de Tserbantes. De modo ke la karta para tí le yegó a hotra perzona, i la ke tu resiviste hera para la mujer de hotro kompañero. Heza es la rrassón por la ke en la eskela ke te yegó dice mi Negra. ¡Kómo no bói a zaber  ke eres de horijen teutón y más rrubia ke el trigo estival quando hestá pronto para la kocecha! Hademáz conosqo la losanía de tu qutiz rozado y tersso qual porselana de Limoges. Me reprochaz yamarte Kaper Uzita Roja y me haconzejas ke deje las malas frekuentaziones, pero ¿kómo bói a azerme de hamigos ke no cean rojos, kuando haqí zon todos de ece kolor? De todas maneras usted sabe qe hez mi Katedral, kon qoro, monaguiyos, nabe sentral, pulpitoz, Santísimo Sacramento, Miza qantada i todo, hez dezir, mi berdadero Tedéum. Y hun Tedéum zólo se ace en huna Katedral. Kapillita, es hotra manera de llamar a zu mujer ke tiene hezte compañero kuya karta te yegó de pura mala zuerte Ci halguna bes entro en hotra Iglesia, ke Dios me saqe los pokos dientes ke me kedan. I para muestra de mi hafekto te mando un poema ke esckiví para ti. Aí ba :

Komo los kronopios tienen  ciete mujerez/ Tamién los Famas tenerlas qieren./ ¡Ay ké halegría hun día el mundo se volverá todo Kronopía!/ Kerer una es qomo kerer a ninguna / kerer doz hez falzedad/ kerer trez y engañar quatro/ ¡ezo hez gloria ke Dios da!    Firmado : Borware Cheterifare

Cuando se la leímos soltó una carcajada :  “Compadrito, usted quiere que me fusilen”.

Creo que finalmente el buen tino se impuso y entre Basílicas, Catedrales, Capillas, Capillitas, Sacristías y Naves Centrales y Laterales, lograron su expulsión de Chile. Lo acogieron los brazos generosos de la Rubia …Albión.

Con los meses, le perdí la pista al librito y siempre supuse que había quedado en buenas manos. Años más tarde, el Gran Cronopio al enterarse de esta historia afirmó que se sentía más satisfecho que de una buena centena de críticas literarias juntas.

Hace algunos años, en Santiago, en una conferencia en la USACH,  en una papeleta con  preguntas dirigidas a la mesa, una escritura menuda y femenina  : “Yo tengo el Libro de Manuel. Está ajado, sucio y polvoriento, le faltan algunas hojas. A mi Papá se lo regaló un detenido que fue expulsado de Chile en 1976”. Más abajo su nombre.

No quise indagar para no violar el secreto de las aventuras corridas por el libro de Manuel, Ludmilla, Gómez, Monique, Lucien Verneuil, Francine, Andrés, Marcos y los demás. Varias veces he creído verlos por las callejuelas de París, saltando de un autobús, sentados en un asiento de un vagón del metro o deslizándose sigilosamente por las calles por las que acostumbraba a deambular el Gran Cronopio. Me he topado con algunos en Santiago, en la primera cuadra de la calle San Diego, en Ñuñork, en  El Rápido o el Venecia. En La Habana he sorprendido a un eufórico Cronopio libando con un Tarapacá en la mano. En la calle Rachid de Bagdad, creo haber visto a Ludmila cuando trataba infructuosamente de estacionarse en su alfombra voladora detrás de un bus, y en Ramalá, tendida escudriñando el cielo inundado de mosquitos metálicos. A pesar del tiempo y la latitud, todos siguen teniendo la misma cara, los mismos ojos de mares y horizontes inalcanzables, y claro, algunas llaguitas en el pecho.

El libro que en Chacabuco leyeron bajo el poncho algunas centenas de prisioneros, nunca pasó por mejores manos. Me cuentan que incluso uno de los oficiales se interesó en leerlo : qiera Dioz ke le aya hentrado hen probecho.

El vigésimo octavo  aniversario de la partida de Julito ha reavivado en mí, el recuerdo de su primera lectura en el desierto. Leo en voz alta a Roque Dalton -que de dictaduras, revolcones y fatwas de comisiones políticas algo sabía- quien alcanzó a dedicarle estos versos de Miedo : “Un ángel solitario en la punta del alfiler oye que alguien orina”.

Como se sabe, los derechos de autor del Libro de Manuel, sirvieron por voluntad de Julio Cortázar para “ayudar a la realización de la esperanza” en algunos países de América Latina,

sometidos en esos años a bárbaras dictaduras.

Lo que quiso narrar Julio Cortázar en este libro, queda explicado en el prólogo y está hoy más vigente que nunca y debería resonar con la fuerza de las trompetas derribadoras de muros : “Lo que yo he tratado de contar, es el signo afirmativo frente a la escalada del desprecio y del espanto, y esa afirmación  tiene que ser lo más solar, lo más vital del hombre : su sed erótica y lúdica, su liberación de los tabúes, su reclamo de una dignidad compartida en una tierra ya libre de este horizonte diario de colmillos y dólares”.

¡Buenas salenas querido Cronopio, veintiocho años no es nada! Afuera llueve, todo el cielo…y tú siempre estás llegando.

Paco Peña, París, siberiano invierno de 2012;

Compartir:

Artículos Relacionados

1 Comentario

  1. ultimoikano

    Donde estas musa perdida de la urbe
    donde estas maga de mis estrellas
    tal vez vagando por las callejuelas
    azules y protejidas por las romane
    o quizas en nuestra querida nicaragua
    tan violentamente dulce…

Deja una respuesta

Los campos marcados son requeridos *

WordPress Theme built by Shufflehound. piensaChile © Copyright 2021. All rights reserved.