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La estructura de la Cooperación 

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CONCEPTO

Podemos definir la cooperación como el acto en virtud del cual un ser vivo ―quienquiera que sea, considerado individual o colectivamente― obra en conjunto con otro u otros para la consecución de un fin. La cooperación es colaboración, trabajo colectivo, acción común.

La finalidad propuesta, el objetivo que se tiene en vista, puede no ser necesariamente propio de todos los actores de la cooperación, sino de uno o algunos; porque, a menudo, aquella se presta para coadyuvar la labor de quien sí se ha propuesto un fin. En ese sentido, puede hablarse tanto de ‘colaboración’ como de ‘contribución’. Puede, en consecuencia, haber cooperación para la realización de un fin que es común a todos los que cooperan, a algunos de aquellos o a uno de quienes integran el grupo social.

La cooperación se contrapone, conceptualmente, a la competencia; no puede, por consiguiente, hacerse referencia a aquella sin vincularla a algunos aspectos de ésta. Porque si bien es cierto que tales instituciones constituyen categorías antagónicas, no es menos cierto que cualquier observador poco acucioso, cuando no da preeminencia a la competencia por sobre la cooperación, considera ambas en idéntico plano de igualdad. Y ello sí que constituye un error de proporciones.

No digamos, sin embargo, que tal concepción es producto de simple ocurrencia; tras aquella subyace todo un ideario cultural de proporciones que impone a la competencia como ley de la naturaleza por sobre cualquier otra. Nos hemos referido a este problema en el artículo destinado a analizar las tesis de Darwin.

La cooperación consta, consecuentemente, de actores sociales, un fin propuesto y una acción colectiva, elementos que, tratándose de la competencia, adquieren caracteres diferentes.

CLASIFICACIÓN

Como todos los fenómenos, la cooperación admite múltiples clasificaciones. Sin embargo, para los efectos de este análisis distinguiremos dos tipos, a saber:

a)      Una, que se presenta como fruto de la voluntad libremente manifestada; a ésta podemos denominarla, precisamente, cooperación ‘libre’; y,

b)     otra, que es resultado o producto de un acto coercitivo, de una imposición que hace imperiosa la colaboración del sometido con quien lo somete, a la cual podemos llamar cooperación ‘forzada’.

Demás está decir que la cooperación libre se da entre personas que no se sienten obligadas a practicarla sino lo hacen, simplemente, porque quieren o desean hacerlo; la forzada se da entre quienes tienen poder y quienes no lo tienen. El caso más típico de cooperación forzada es aquella que se da entre víctima y verdugo, admirablemente expuesta  en una de las obras del astrónomo francés Camille Flammarion[1]. Al respecto, cuenta el escritor que, en cierta oportunidad, tuvo conocimiento de haberse dictado, en cierto país del África mediterráneo, pena de muerte por decapitación en contra de un pirata berberisco; la ejecución de la sentencia se llevaría a cabo dentro de breve plazo. El astrónomo, que investigaba en esos años la problemática de la muerte, viajó para presenciar la decapitación del condenado y, entonces, narra que, al momento de cumplirse aquel macabro cometido, pidió el verdugo a su víctima estirar convenientemente el cuello para facilitar el libre paso del acero por entre sus vértebras; la medida tenía por objeto evitar que la espada se mellase o desviase al chocar contra aquellas, provocándole sufrimientos por entero inútiles. La sentencia, termina diciendo Flammarion, se cumplió de manera impecable.

La cooperación forzada, que se da entre personas con distinto poder, una de las cuales se encuentra sometida a la otra, opera también entre patrones y trabajadores, entre prostitutas y clientes y, en general, entre quienes se ven obligados a someterse a la voluntad de otro para sobrevivir. En las instituciones armadas (como el ejército y otras ramas similares) también se da, naturalmente, la cooperación; en esos institutos, puede adoptar cualquiera de ambos aspectos (libre o forzada) dependiendo de los grados de jerarquización.

Karl Marx[2], en el tomo primero de su obra cumbre ‘Das Kapital’, establece otra división que distingue entre cooperación propiamente tal y cooperación capitalista. La primera se da en la vida normal de los individuos que colaboran entre sí; la segunda tiene lugar en el ámbito de la producción y se manifiesta, por ejemplo, cuando un objeto pasa de la mano de un trabajador a las de otro para completar el proceso de fabricación de un bien. La cooperación que se da entre los trabajadores tiene por objeto el perfeccionamiento de la obra, pues cada vez que el objeto pasa de una persona a otra es para mejorarla y entregar, finalmente, el producto acabado.

La cooperación, así, rige ampliamente en las relaciones humanas con prescindencia del tipo de sociedad en la que opere; es, por consiguiente, un elemento que se encuentra siempre presente en toda agrupación animal. Desde este punto de vista, la cooperación se presenta como un atributo normal de las especies, como una forma natural de actuar de todas ellas. Sea que sea libre o forzada, la cooperación es una forma de ayuda mutua; cuando ella no es posible, surge la competencia a resolver el dilema que se ha hecho presente. A diferencia de la competencia, que resuelve las controversias a menudo con el empleo de la violencia, la cooperación siempre lo hace de manera pacífica.

BREVE HISTORIA DE LA COOPERACIÓN

Uno de los primeros autores que se preocupó de la importancia de la cooperación fue el príncipe anarquista Piotr Kropotkin[3]. En términos si bien no iguales, aunque parecidos, a los que hemos venido desarrollando, sostuvo el teórico ruso que la cooperación entre los seres vivos debe considerarse ley general de la naturaleza en tanto la competencia ha de reducirse a ley de excepción.

En la época actual ―y hablamos aquí desde 1984 en adelante, año en que Robert Axelrod publicó su libro pionero sobre esta materia[4]―, pocos habían dado importancia a este debate teórico que enfrenta dos conceptos tan antagónicos como lo son competencia y cooperación.  En efecto, hasta ese momento, la cooperación aparecía un tanto desvirtuada, y no se la consideraba en el carácter de ley natural sino, más bien, como un elemento a considerar dentro de la llamada ‘teoría del juego’, en tanto la competencia se presumía incorporada como componente infaltable y necesario en la marcha de toda sociedad. Hoy, eso no sucede. Un crecido número de investigadores ha vuelto a colocarla sobre el tapete de la discusión y la bibliografía al respecto ya no sólo es extensa, sino se ha enriquecido con los notables adelantos realizados en medicina y, en general, dentro del campo de la biología.

Aunque Axelrod hizo una fuerte defensa de la cooperación, no se atrevió a introducirla en el carácter de ley de la naturaleza y por sobre la competencia. Por el contrario, se limitó a exponer las distintas formas que podría revestir en determinadas situaciones y prefirió, más bien, vincularla a la teoría del juego, especialmente al llamado ‘dilema del prisionero’ y, principalmente, para el caso del  ‘toma y daca’ (‘tit for tat’)[5]. Así, expuso diversos casos de cooperación tanto en situaciones extremas como en situaciones normales. En las situaciones extremas, señaló casos en los que hubo cooperación entre soldados de distinto bando durante la Segunda Guerra Mundial a fin de mantener y, en algunos casos, prolongar, la fase de tregua durante las Navidades.

Un grupo de biólogos y representantes de otras disciplinas afines, que acostumbraba a reunirse en el Monasterio de Lindisfarne, en Escocia, planteó directamente la cooperación como base de la relación animal. De entre ellos, merecen citarse los nombres de Lynn Margulis, Humberto Maturana, Gregory Bateson, en fin. Las obras de todos ellos presentan a la cooperación como la forma natural de relación entre los seres vivos; con mayor razón en las sociedades humanas.

Las obras del físico Fritjof Capra, se encuentran referidas a la cooperación entre los seres vivos; y, en general, se basan en los avances científicos teóricos que han ido a robustecer el indiscutible predominio de la Biología por sobre las demás ciencias (sistemas, organización, catástrofes, complejidad, fractales, etc.[6]) y, en especial, relativas a la cooperación. También, como él, las obras de Stephen Jay Gould, Bryan Goodwin, Rupert Sheldrake y Kent Wilber, entre otros, se refieren a la cooperación como el instrumento de relación por excelencia entre los seres vivos.

No debe sorprender que la mayoría de los estudios acerca de la cooperación, así como de la teoría de la red (dirección horizontal), sean realizados por las clases y fracciones de clase dominantes. Mucho menos debe hacerlo el hecho que apliquen tales investigaciones en sus empresas y organizaciones. Así sucede permanentemente. Si no fuera de esa manera, tales sectores no serían dominantes[7].

Hoy, existen numerosos libros referidos al tema pero, por ser muy recientes, ninguno de ellos ha sido traducido al castellano; por lo menos, hasta la fecha en que se ha publicado este artículo. A algunos de ellos nos referiremos en el desarrollo del mismo.

POR QUÉ LA COOPERACIÓN

Si bien es cierto que la cooperación presenta diversas formas que no siempre corresponden a formas libertarias de vida sino, más bien, a una aceptación de la dominación, su importancia es crucial. En efecto, la circunstancia que se presente tanto en el carácter de ‘forzada’ como ‘capitalista’ no constituye un menoscabo a su esencia, pues tales formas no constituyen sino la confirmación que se vive en una sociedad escindida en clases, donde una somete a otra por la fuerza obligándola a cooperar en su provecho.

Sin embargo, la importancia de la cooperación es mayor tratándose del simple hecho de constituirse en antítesis de la competencia.

En efecto. Cuando el príncipe anarquista Piotr Kropotkin criticó a Thomas Huxley su concepción de la competencia, lo hizo desde el punto de vista biológico indicándole que, contrariamente a lo que aquel afirmaba, las especies animales no se exterminan dentro de sí mismas sino que, por el contrario, se ayudan mutuamente. El exterminio de una especie, cuando llega a darse, indicaba Kropotkin, tiene lugar en forma exógena, no endógena, es decir, dentro de la misma. Por eso, no podía aceptar la expoliación entre seres de idéntica procedencia. Kropotkin, con esas afirmaciones, criticaba el arma de la competencia esgrimida por el sistema capitalista para justificar la extracción de las energías de los trabajadores. Allí no había cooperación alguna. De ahí la necesidad que tenían los liberales de elevar la competencia al rango de ley universal.

No sucede lo mismo con la cooperación, pues de aceptarse su vigencia como ley universal y por sobre cualquier otra forma de relación humana, las diferentes especies de organización social adoptadas por el ser humano, la generalidad de ellas basadas en la competencia, quedarían obsoletas, y un nuevo modo de comportarse debería hacerse presente. En palabras de Francesco Alberoni, un nuevo campo de solidaridad haría su triunfal entrada en el escenario de las contiendas sociales[8].

Existe, no obstante, una razón muy especial para tomar en consideración a la cooperación. Los individuos que conforman una especie no son tales sin su entorno y, dentro de éste, el de su propia especie; allí adquieren la personalidad que los hace ser tales. Digámoslo de otro modo: el individuo es tal por el simple hecho de estar inserto dentro de un grupo de sujetos; no se entiende de otra manera la afirmación según la cual toda persona es producto social. La participación de un individuo dentro de un entorno supone un proceso de cooperación, un trabajo colectivo destinado a moldear su personalidad para que ocupe determinado lugar al interior de un nicho social. Si todo fuese competencia, en lugar de ser formado por esa sociedad, el individuo debería ser erradicado de ella. De lo cual deriva otra consecuencia: tratándose de una sociedad que ‘produce’ individuos, toda controversia, de la naturaleza que fuese, debería resolverse en forma colectiva, y no individual. Porque lo que afecta a uno debería ser, también, problema de todos.

Así como no existe el corazón separado del cuerpo al que pertenece, tampoco existe, en consecuencia, el individuo aislado, el individuo solo, el lobo solitario, sino el resultado de la interacción con su especie, y ésta como parte de su entorno ecológico. Si así no fuera, sería no solamente lógico sino hasta conveniente elegir un modo de vida distinto que santificara la individualidad. Especialmente, un modo de vida basado en la competencia, en la disputa permanente de unos contra otros por una supuesta supremacía. Las soluciones a los graves problemas se resolverían, entonces, de manera particular. Cada uno lucharía por lo propio, sin importarle el destino de los demás. Y se haría verdad la frase de Thomas Hobbes según la cual el ser humano se convertiría ‘en lobo para el hombre’ (‘homo homini lupus’).

Sin embargo, la cooperación, entendida como base de las relaciones humanas, pondría en entredicho la estructura de clases de una sociedad; asimilada a la que existe en las demás especies vivas, haría innecesario todo tipo de organización jerárquica o piramidal. La cooperación sustituye la estructura vertical de la sociedad por el desempeño de funciones originadas en facultades, deseos o aptitudes naturales de los individuos. En palabras más directas: es imposible concebir una sociedad más solidaria entre los seres humanos sin el obligado componente de la cooperación.

COMPETENCIA Y COOPERACION

Charles Darwin no fue un naturalista que simpatizara con la cooperación; antes bien, fue él quien sentó las bases de la idea según la cual los seres vivientes compiten entre sí y con las demás especies por la supervivencia animal en una feroz contienda. Por eso, resultan un tanto extrañas las menciones que Åke Daun y Hans Norebrink hacen, en su obra destinada a elogiar la cooperación, publicada en Suecia, año 2009, en calidad de homenaje al bicentenario del nacimiento de Darwin[9].

En nuestro artículo destinado a deslindar las responsabilidades del sabio británico, señalamos que aquel concebía a la competencia como el fundamento de la variación y de la selección; por ende, la evolución, concebida a la manera de Darwin, requiere de la competencia, que aparece, de esa manera, transformada en una ley de carácter universal. Como lo señaláramos en nuestro artículo, la generalidad de quienes defienden la cooperación en el carácter de ley universal, siguen reivindicando a Darwin en todos sus escritos pues nadie se atreve a criticar al ‘maestro’. Lo hace, también, Tor Nǿrretranders, en una obra publicada en Estocolmo, que trata de la cooperación con referencias a las leyes del naturalista inglés[10].

Hoy en día, la competencia ya no aparece como ley fundamental; tampoco la cooperación como ley supletoria. A diferencia de cómo se manifestaba en el darwinismo, la cooperación es la ley universal y la competencia se presenta como ley supletoria. No son ya pocos quienes han ido abrazando esta idea. Por el contrario, aumenta día a día el número de quienes ven a la cooperación (colaboración) como la forma natural de organización que presenta la naturaleza, y a la competencia como una ley que rige cuando no puede operar aquella.

Dice, al respecto, Leonardo Boff:

“La ley universal de la evolución no es la competición en la que gana el más fuerte, sino la interdependencia de todos con todos. Todos cooperan entre sí para coevolucionar y para asegurar la biodiversidad. Por la cooperación de unos con otros, nuestros antepasados se volvieron humanos. El mercado globalizado está gobernado por la más rígida competición, sin espacio para la cooperación. Por eso, campean el individualismo y el egoísmo que subyacen a la crisis actual y que han impedido hasta ahora cualquier consenso posible frente a los cambios climáticos[11]”.

EVOLUCIÓN Y COOPERACIÓN

La evolución, aunque ha sido ha sido tratada exhaustivamente por numerosos autores, no deja de presentar aspectos importantes a considerar. Podemos aquí, y sin el menor ánimo de realizar un análisis en profundidad al respecto, consignar algunos comentarios que ponen de manifiesto las dificultades que enfrentan quienes han decidido emprender esa tarea.

a)      Es, el primero de estos comentarios, que la evolución, en las tesis darwinianas, aparece como regida por las leyes del mercado. Este supuesto, fácilmente comprobable, se afirma en referencias que formulan algunos autores en cuanto a ‘perder’ o ‘ganar’ tratándose de la marcha del proceso evolutivo. La evolución, con todo, no es un ‘negocio’ a realizar ni del que se puedan esperar resultados alentadores o desalentadores; en palabras más simples, no es un proceso que se caracterice por arrojar utilidades o pérdidas para quienes que lo experimentan. Es cierto que, a menudo, la naturaleza se muestra hostil contra las especies y éstas se ven  obligadas, continuamente, a modificar las condiciones de su entorno; todas ellas libran una denodada lucha por la existencia, por sobrevivir, pero eso no implica, necesariamente, que se vean necesariamente compelidas a competir entre sí. Menos, aún, en forma endógena, es decir, dentro de cada una de ellas. A menudo, la lucha por modificar el entorno y hacerlo más acogedor para la especie respectiva se realiza contra la dureza extrema que muestra la naturaleza; pero ese proceso no tiene por qué ser elevado al rango de ‘competencia’.

b)     Un segundo aspecto a considerar nos lleva a afirmar que la competencia es un concepto. Como tal posee los elementos propios que le brinda la semiótica: un nombre y un sintagma, es decir, se trata de una expresión que arrastra su propia carga conceptual organizada como elemento central de una idea que tiene por finalidad separar (individuos, pueblos, razas, clases, personajes, seres vivos, en fin) y no unir. La competencia enfrenta individuos con individuos o grupos con grupos; no los unifica ni reúne, sino se manifiesta, como una máquina divisoria.

Esta circunstancia nos conduce al campo filosófico. Si la competencia constituye, por esencia, la acción de dividir, para que pueda tener lugar, previo es, sin lugar a dudas, contar con una estructura que, anteriormente, se haya unido. No hay que olvidar un hecho fundamental: no se divide lo que no existe, es decir, para poder dividir algo, necesariamente, y antes de nada, debe darse existencia a ese algo que va a presentarse, labor que sólo es posible si previamente se une, se organiza, se conforma una unidad. Las unidades se construyen con la asociación previa de otras unidades lo que quiere decir, en palabras más directas, que para constituir una unidad debe, necesariamente, contarse con la cooperación de otras. La competencia (desunión) implica conceptualmente cooperación previa. De lo cual se deduce que la ley universal es la cooperación y que sólo cuando ésta no es posible se manifiesta la competencia como ley supletoria.

c)      La circunstancia que la evolución sea, también, un concepto, nos conduce, igualmente, a otros derroteros. El primero de ellos es que no tiene por qué ser asociada inextricablemente a la competencia. Porque, en verdad, la evolución es un proceso esencialmente mutable, esencialmente cambiante. Pero no se trata de un proceso que se realiza linealmente, sino lo caracteriza una sucesiva redistribución de elementos que, por lo mismo, arroja continuas y nuevas configuraciones. No se trata de un proceso orientado hacia el infinito y en continuo progreso o avance hacia formas cada vez más perfectas de existencia, sino un acelerado intercambio de componentes que, distribuidos de manera distinta, arroja nuevos modelos y situaciones. Las nuevas configuraciones no pueden tener existencia sin un necesario e ineludible proceso de cooperación entre los diversos elementos que van a originarlas. No son, tampoco, mejores ni peores de las que la han precedido o la sucederán en el futuro.

FUNDAMENTOS BIOLÓGICOS DE LA COOPERACIÓN

La cooperación no opera entre los seres vivos porque sí. Lo hace porque existen dos grandes basamentos biológicos en los que se apoya, y un tercero que es consecuencia de los dos anteriores. Podemos, por consiguiente, señalar que la cooperación es posible porque está inserta en la estructura biológica del individuo.

  1. Inserción en la estructura cerebral del individuo. El primero de esos basamentos  se encuentra en la estructura cerebral de cada persona. Más exactamente, en el llamado gyrus cingulis, lugar en donde operan las llamadas ‘neuronas espejo’. Descubiertas a mediados de la década de los 90, por el afamado biólogo italiano Giacomo Rizzolatti, las ‘neuronas espejo’ constituyen el mecanismo en virtud del cual los seres vivos copian la conducta ajena a fin de actuar en armonía con los demás; facilitan, en consecuencia y en primer lugar, la coordinación de los movimientos; en suma, la sincronización de la acción entre los seres vivos y con su entorno. Sin neuronas espejo (o especulares), el ser humano no podría bailar con su pareja, porque le sería imposible coordinar sus movimientos con los de aquella, ni constituir agrupaciones sociales, pues no podría combinar sus acciones con las de otros[12].

Las neuronas especulares tienen, no obstante, otro atributo: al copiar las expresiones faciales del prójimo, transmiten al sujeto los sentimientos de placer o dolor de los demás y, al hacerlos propios, le avisan lo que podría sucederle de experimentar lo mismo, dando origen a lo que se conoce bajo el nombre de ‘empatía’: junto con agilizar la transmisión de información, el sujeto no sólo entiende lo que ha de ocurrirle en caso de ser víctima de un acto de violencia sino lo ‘siente’ como algo tan suyo que lo hace sufrir; lo cual no significa sino que ha hecho propio el dolor ajeno.

Las neuronas especulares, al provocar tales efectos, invitan a cooperar, a colaborar con el resto de la sociedad y no a resolver las controversias en competencia  o lucha con los demás.

  1. Inserción en la estructura social de los individuos. El segundo de esos basamentos se encuentra en la diversidad individual y de especies. Nada existe en la naturaleza que sea igual a otro. La naturaleza no repite sus obras sino entrega modelos exclusivos. Un ser humano no es igual a otro ser humano, una hormiga no es igual a otra hormiga. Cada ser es obra única e irrepetible. Los seres sólo pueden ser iguales a sí mismos, no a otros.

Esta circunstancia no es casual. Implica que existe sólo una oportunidad para conocer y relacionarnos con quien se encuentra a nuestro lado. Esa oportunidad la da la longitud de vida de cada sujeto. Y eso es algo impredecible. No existe otra oportunidad para la interacción. Tal oportunidad se pierde en el ejercicio de la competencia; no así en la práctica de la cooperación. La eliminación de un ser vivo en la guerra, en la lucha por la vida, en el libre juego de la competencia constituye la supresión ad infinitum de una individualidad que jamás volverá a repetirse.

La diversidad de los seres vivos es un mensaje de la naturaleza dirigido a quien tenga oídos para escuchar y ojos para ver, en el sentido que debe interactuar con todos en el escenario en donde vive y no luchar contra ellos.

Pero la diversidad de los seres vivos, además, implica diferenciación en capacidades, cualidades y aptitudes; implica, en consecuencia, comprender que todos los seres vivos son necesarios y están hechos para ejercitar dichas capacidades y aptitudes con los demás, para suplir lo que a otros les falta o de lo cual carecen; en suma, la diversidad enseña a los seres vivos la necesidad de colaborar entre sí.

  1. Los orígenes de la moral. El último fundamento de la cooperación se encuentra en los orígenes de la moral.

En efecto, la moral no encuentra sus raíces en la religión o en el carácter ‘divino’ del ser humano; mucho menos en las relaciones culturales, aunque generalmente así suceda. En realidad, los  orígenes de la moral han de encontrarse únicamente tanto en la acción de las neuronas espejo como en la diversidad de los seres vivos. Los orígenes de la moral son, por consiguiente, biológicos, si a la relación social asignamos también ese carácter. Así, cuando se plantea un tipo de moral basado en la acción de la ‘empatía’ y en la necesidad de interactuar con las demás especies, se organiza un ‘campo de solidaridad’ en donde priman los valores de la cooperación, de la ayuda mutua, y no de la competencia, del enfrentamiento o del despojo de lo ajeno. Esto es tan efectivo que muchos investigadores dedican extensas referencias a la cooperación dentro del campo de la moral, de la confianza y de la religión. En especial lo hace Patricia S. Churchland cuando  incorpora capítulos de su obra destinada a estudiar el fenómeno de la cooperación bajo los sugerentes títulos ‘Cooperation and trusting’ y  ‘Religion and morality’[13].

El fenómeno de la reciprocidad, que se aplica a veces con éxito en las relaciones internacionales, encuentra su fundamento, precisamente en la moral cooperativa. Es, a la vez, parte integrante de la teoría del juego que intentara desarrollar John Von Neumann y a la cual, actualmente, vuelve a referirse Martin Nowak en una obra que hiciera conjuntamente con Roger Highfield[14] para abordar, también, el tema de la cooperación. A pesar que el libro se inicia ―como es natural en casi todos los autores― con una ardiente defensa de Darwin, es notable que en sus primeras páginas coloque la siguiente y sugestiva frase de Bertrand Russell:

“The only thing that will redeem mankind is cooperation”[15].

COOPERACIÓN Y AMOR

Si la cooperación es la forma de relación social entre seres que son lo que son por efectos de su entorno, uno de los aspectos más interesantes de aquella dice relación con la forma que reviste la propagación de la especie a la que pertenece o reproducción.

Para nadie es desconocido que, para el activo intercambio de genes, las diferentes especies animales se encuentran organizadas en sexos merced a lo cual pueden perpetuarse; en estricta teoría, sexo no es otra cosa que intercambio de genes[16]. Por eso, excepcionalmente acepta la naturaleza la fecundación virginal o partenogénesis. Y es que los sexos no existen por casualidad sino para la realización de un proceso que tiene por finalidad aumentar la fortaleza de los individuos y brindarles una mejor defensa de su propia integridad. La organización sexual de las especies no tiene, por consiguiente, su explicación en la existencia de elementos ‘superiores’ e ‘inferiores’ como partes del proceso reproductivo. Por el contrario, la diferenciación sexual está hecha para cumplir determinadas funciones biológicas cuya finalidad no es otra que la de asegurar la permanencia de la especie en el tiempo.

La reproducción exige vinculación, relación, comunicación de un sujeto con otro. Pero dicha vinculación ha de ser íntima, requiere del acople de un individuo con otro individuo. Y es requisito de todo acople una adecuada sincronización de los actores. En palabras más directas: sin cooperación, el intercambio de genes no podría realizarse. Porque la cooperación, al facilitar la sincronización, permite el acoplamiento de las especies y la multiplicación de las mismas.

En la fase de la reproducción, los seres vivos no solamente requieren de la cooperación para el activo intercambio de genes sino para otras finalidades como lo es el cuidado de la prole, labor que sería imposible de no existir un mecanismo que la hiciera posible. En los seres vivos, tal colaboración se logra, como ya lo hemos adelantado, en virtud de un complejo mecanismo que va desde la producción de determinadas hormonas, que atraen la atención del sexo opuesto, a la acción de las neuronas espejos, que permiten copiar la conducta ajena y conducen a la sincronización de los movimientos. Ya lo hemos dicho anteriormente: si no pudiese darse la cooperación, la danza del amor sería imposible.

De entre las sustancias que participan en el proceso de la reproducción de la especie tiene activa participación la llamada oxitocina[17]. Esta hormona, conocida también bajo el nombre de ‘droga del amor’, se pone en acción en combinación con otras sustancias similares producidas también por el cuerpo. Es la que impulsa la cooperación entre los sexos y ha sido objeto especial de estudio por parte de numerosos especialistas, de entre los que vale la pena citar a la bióloga sueca Kerstin Uvnäs Moberg[18] y el neurólogo norteamericano Arthur Janov.

COOPERACIÓN Y MOVIMIENTOS SOCIALES

Si aceptamos que la cooperación es la forma normal que revisten las relaciones sociales entre los seres vivos y, por consiguiente, entre los seres humanos, también ha de aceptarse aquella en el carácter de piedra angular y basamento sobre el cual se construyen las organizaciones. De hecho, no sucede de otra manera en la vida real: los movimientos sociales aparecen frecuentemente como consecuencia de la agrupación de personas en torno a una finalidad o un deseo común. Para que ello suceda es necesario un proceso previo de unificación de voluntades, de transferencias de ideas, de comunicación intensa y motivadora que se traduzca en encuentros o reuniones continuas de individuos que, finalmente, dan origen a una nueva voluntad personalidad colectiva que, en el carácter de ‘movimiento’, se manifiesta dispuesto a hacer valer su potencialidad. Porque la unión no es otra cosa que cooperación, colaboración, contribución, acción colectiva. Un movimiento no puede existir si, previamente, no se manifiesta la cooperación de quienes van a darle origen.

Sin embargo, allí no termina la labor de la cooperación. El movimiento, de acuerdo a lo que expresa Francesco Alberoni, es ‘estado naciente’, es decir,

“[…] una esperienza tanto individualle quanto collettiva che genera un nuovo tipo di azione sociale, una nuova solidarietà, un’onda d’urto sulle strutture stabilite ed una volontà di rinnovamento radicale, un’esplorazione del possibile per cercare di realizzare qualcosa di quanto era stato intravisto”[19].

Un movimiento no puede funcionar con sus integrantes compitiendo entre sí sino, por el contrario, los necesita colaborando estrechamente para generar ese nuevo tipo de acciones sociales, para crear la nueva solidaridad, para tener esa voluntad de renovación radical que requieren los cambios.

Podría decirse que, a menudo, la cooperación se da en carácter de jerarquía y verticalidad; pero si ello ocurre no es sino por efecto del dominio que ejercen las ideas imperantes. En tal caso, la cooperación se ha estatuido en función de la dominación; y es sabido que el dominador es un sujeto altamente competitivo. La dominación es su forma de vida. El dominador, sin embargo, no es un individuo al que se pueda acusar de ser falto de inteligencia. Por el contrario, es enormemente inteligente; de otra manera, no sería dominador. No ignora, en consecuencia, que si los seres humanos compitiesen constantemente entre ellos le sería imposible unirlos y hacerlos trabajar para sí. Entonces recurre al ejercicio de la cooperación forzada. Se impone sobre todos ellos y los domina obligándolos a cooperar con él. La cooperación forzada es, así, un invento del dominador para ejercer la dominación sin trabas. De lo cual se deriva que la competencia se da como una forma cultural de resolver los conflictos de interés. No es, por consiguiente, una ley de la naturaleza que organiza a los seres vivos y señala la forma de sociedad que éstos deben adoptar. Por el contrario, conduce a la desorganización de lo que ya existe.

LA NUEVA SOCIEDAD Y LA COOPERACIÓN

Una sociedad que permita la plena realización del individuo no puede concebirse sin cooperación; es más, las protestas, las revoluciones, las marchas, las huelgas, las luchas sociales y, en general, las manifestaciones que bajo cualquier respecto buscan mejorar las condiciones de vida de los seres humanos no parecen sino estar inspiradas en la reivindicación de formas cooperativas de convivencia que existieron en una época pasada y que aparecen, cada cierto tiempo, en el carácter de reminiscencias atávicas. Como si la humanidad toda quisiese retomar una experiencia exitosa que le fue sustraída en otras épocas y lugares. Como si anhelase al retorno de una ‘unidad originaria’ primordial. Y ello es imposible sin contemplar a la cooperación como fundamento de las acciones.

Una forma cooperativa de vida es una forma simbiótica de vida: obliga a mantener armonía con la naturaleza o el medio ambiente, y hacerse parte de ese entorno. Desde este punto de vista, de instaurarse, implica una innovación radical respecto de lo que ya existe. La economía, como disciplina científica que estudia cómo preservar la riqueza en grupos reducidos de individuos, no podría ser reformada a fin sólo de lograr que ésta pudiese hacerse extensiva al todo el conjunto social, sino ha de ser drásticamente reemplazada por una ecología basada en la idea según la cual el ser humano es producto de su propio entorno natural y que a él se debe. Un sistema en donde no opere el lucro como motor de la economía, ni lo que se ha dado en denominar ‘obsolescencia programada’. En el fondo, una ecología en donde no haya que luchar por la riqueza ni por la acumulación, aunque éstas encuentren su justificación en la sola circunstancia de ser colectivas, sino una ecología que permita entregar lo que la propia naturaleza tolera como posible. Un equilibrio en el desequilibrio[20]. Una exploración al borde del caos. Una estabilidad dentro de un punto de inestabilidad. Pero eso requiere de otras formas de pensar, que no es del caso tratar en esta oportunidad.

Santiago, octubre de 2011

Notas:

[1] Véase de Camille Flammarion su libro ‘La muerte y su misterio’.

[2] Véase de Karl Marx el primer tomo de su obra ‘El Capital’ en la parte referida a ‘la cooperación capitalista’.

[3] Véase de Piotr Kropotkin su obra “Ayuda mutua”.

[4] Véase de Robert Axelrod su obra “The evolution of cooperation” (‘La evolución de la cooperación’).

[5] El dilema del prisionero fue tratado por Von Neumann y se refiere a lo que sucedería a dos personas que cometen un delito, son apresadas e interrogadas por separado. ¿Cooperarán entre sí para salvarse? ¿Qué dirá el primero del segundo? ¿Se culpabilizarán recíprocamente o colaborarán entre ellas a fin de lograr la libertad para ambas? El ‘toma y daca’ (‘tit for tat’) corresponde a la selección que uno de los jugadores hace y que, si bien no le raporta las mejores utilidades, le evita un daño grave para el caso que pierda. No comprenden ambas categorías el trato igualitario que se da entre personas cuando una se relaciona con otra de la misma manera como ésta lo hace con ella. Equivale, en las relaciones internacionales, a lo que se conoce bajo el nombre de ‘reciprocidad’.

[6] Véase de Fritjof Capra el libro “The webb of life” (‘La trama de la vida’), dedicado a hacer un resumen de las principales teorías modernas que dicen relación con los seres vivos.

[7]

[8] Véase de Franceso Alberoni su obra “Genesi”.

[9] Åke Daun y Hans Norebrink: “Snällare än du tror” (‘Más gentil de lo que crees’), Sandbook, Falun, 2009.

[10] Véase de Tor Nǿrretranders, “Den generösa människan” (‘El generoso ser humano’), publicado en 2003, en Stockholm, por la Bookhouse Publishing AB.

[11] Boff, Leonardo: “Frente a la crisis: cuatro principios y cuatro virtudes”, publicado en la pág. de Leonardo Boff, www.leonardoboff.com,  24 de julio de 2011. Véase, también, de este autor su artículo “¿Competencia o cooperación?”

[12] Véase la obra de Joachim Bauer “Varför jag känner som du känner” (‘Por qué yo siento lo que sientes’), Natur & Kultur, Stockholm, 2007.

[13] Churchland, Patricia S.: “Braintrust” (‘Confianza cerebral’), Princenton University Press, New York, 2011.

[14] Nowak, Martin: “Supercooperators” (‘Supercooperadores’), Free Press, New York, 2011, en colaboración con Roger Highfield.

[15] ‘La única cosa que puede redimir a la humanidad es la cooperación’.

[16] Véase, al respecto, de Lynn Margulis y Dorion Sagan el libro “¿Qué es la vida?”.

[17] Véase de Arthur Janov su libro “La biología del amor”.

[18] Véase de Kerstin Uvnäs Moberg su libro “Närhetens hormon” (‘La hormona de la cercanía’), publicado por la editorial Natur & Kultur, Stockholm, 2007.

[19] Alberoni, Francesco: “Genesi”, Garzanti editore s.p.a., 1989, Milano, pág. 40.

[20] Véase de Josef H. Reichholf “Stabila ojämvikter. Framtidens ekologi”, (‘Desequilibrios estables. Ecología del futuro’) de Josef H. Reichholf, 2010, Bokförlaget Daidalos AB, Göteborg, libro que trata del mundo del desequilibrio. Su último capítulo es sugerente: “Ojämvikten är framtiden”, el desequilibrio es el futuro.

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1 Comentario

  1. ruth

    😆 🙂 😀 😆 muy interesante

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