Democracia y capitalismo: dos conceptos antagónicos
por Ricardo Salgado (Rebelión)
15 años atrás 6 min lectura
Uno de los asuntos más importantes en el desarrollo de una lucha de liberación tiene que ver claramente con el lenguaje que se utiliza. Los políticos tradicionales utilizan conceptos de trascendental para los pueblos, con fines puramente demagógicos, fenómeno que se repite y se pasa de una generación a otra de la clase gobernante, esto en su afán por continuar incrementando su papel de gendarme de la clase dominante.
Por esa razón es muy importante resaltar la naturaleza de los conceptos, muchas veces conocidos por académicos, pero que no trascienden los muros de los centros de conocimiento. Una de las palabras más “manoseadas” por las clases políticas tradicionales, guiados por el patrón diseñado por los Estados Unidos desde hace más de 70 años, es la “democracia”; se ha hecho un festín de este vocablo que encierra, desde la Grecia de Aristóteles una sola definición, muy simple: “el gobierno de los que son más”. Sin embargo, se ha impuesto la idea de que capitalismo y democracia son la misma cosa, algo que en la realidad ha sido constantemente negado.
Muchas veces se habla de “democracia social”, “democracia económica”, “democracia política”, o se llega al extremo de integrar con mayor cinismo conceptos opuestos por definición” como “democracia liberal”. La democracia, forma de gobierno opuesta a la plutocracia, donde rigen minorías privilegiadas organizadas en oligarquías, implica no solo el posicionamiento de los pueblos frente a procesos electorales, sino también su papel como soberano que ocupa la posición más alta en la toma de decisiones de una nación. No se puede concebir un régimen democrático que omita el bienestar y el progreso de la sociedad; que genere igualdad, y privilegie los derechos fundamentales de la ciudadanía.
De este modo, la maliciosa manipulación del concepto, y su asociación con el capitalismo como la formación socioeconómica que permite a la humanidad alcanzar sus más caros anhelos, es más bien una instrumentalización del sistema, que, de ese modo encuentra una opción para aislar y distorsionar los fines de la democracia. El capitalismo, contrario a lo que se nos dice una y otra vez, al generar profundas desigualdades en las sociedades, limita constantemente la participación de los ciudadanos, a quienes controla a través de muchos “sortilegios” que incluyen la manipulación mediática, o la creación de libertades y necesidades, como el consumo de bienes y servicios, que multiplica exponencialmente la destrucción del ambiente, y estimula los excesos en detrimento del desarrollo integral de la sociedad.
La base fundamental del capitalismo es la propiedad privada, pero su forma esencial de operar se sustenta en el libertinaje de mercado; se adjudican a este propiedades, características casi divinas que le hacen casi un ente en sí mismo. Aquí debemos ver una diferencia sustantiva para contrarrestar la masiva enajenación mediática a la que nos enfrenta el sistema. La idea de propiedad privada no contraviene per se la idea de democracia; es la acumulación incontrolada de riqueza y desigualdad que produce el mercado la que tiende a producir dictaduras de grupos radicales que imponen sus intereses económicos.
Debemos asimilar la idea de que, contrario a lo que manejamos en nuestro lenguaje diario, a mayor perfeccionamiento de la democracia, debe existir menos injusticia, menos desigualdad, y, por lo tanto, menos preponderancia del mercado sobra la conducción, o falta de esta, del Estado.
El problema entonces nos lleva a aspectos singulares, característicos de cada sociedad. Las realidades, no de cada nación tienen aspectos diferenciados, y únicos que obligan a entender nuestras sociedades sin moldes, sin estereotipos, estigmas o determinismos de ninguna índole. La realidad hondureña, aunque comparte históricamente muchas de las desgracias que nos son comunes a todas las naciones de América Latina, presenta retos conceptuales únicos, que deben asociarse con las condiciones del país.
Las condiciones materiales del país son sustancialmente distintas a las de otros países, y, por tanto, la vía de generación de desarrollo son bastante complejas. El desarrollo escaso producido por el capitalismo dependiente demuestra, fehacientemente, una mala interpretación de las potencialidades del país. Las clase dominante entendió erróneamente desarrollo con acumulación ilimitada e incesante de dinero, lo que, naturalmente, la ha condenado a ser una clase arcaica de tercer categoría en el mundo de hoy. La idea de aplicar modelos como el de las ciudades modelo, no solo no funcionaron en el pasado, sino que estimularon el subdesarrollo, incluso de la misma clase dominante.
Otro tabú que se ha impuesto a lo largo de los años, a pesar de los resultados desastrosos, es el de la inversión extranjera, la cual ha recibido incontables beneficios, exoneraciones y favores de parte de la corrupta estructura patrocinada por el capital privado. Sin embargo, esta inversión que se invoca todos los días como tabla de salvación de la economía del país, después de más un siglo de concesiones, ha sido la fuerza motriz del atraso, y del empobrecimiento del pueblo; al mismo tiempo, ha servido para limitar el acceso del pueblo hondureño a la oportunidad de gozar de acceso abierto y universal al desarrollo de la cultura, del arte, o al acceso a derechos fundamentales como la salud o la educación.
Los resultados hablan por sí solos; además, cuando los capitalistas privados locales invocan a la inversión extranjera para desarrollar el país, encontramos oculta una demostración de la falta de interés de la clase dominante en impulsar el desarrollo del país. Prefieren seguir exprimiendo al Estado, haciendo negocios en el área de bienes y servicios, o en el mercado especulativo del dinero. El Estado sigue comprando energía a precios exorbitantes, los bancos siguen recibiendo pagos del Estado por que este custodie su dinero, mientras el capital para inversión prácticamente no existe.
Es evidente que la clase dominante, ni es democrática ni piensa comprometerse con el desarrollo del país. Naturalmente, no debemos esperar que se interese en el bienestar de las mayorías. El país necesita impulsar una nueva clase hegemónica, que promueva la democracia, el bienestar y el desarrollo económico del país, basada en el desarrollo y fortalecimiento del intercambio comercial interno, que sea consecuente con la protección y uso racional de los recursos naturales; que deje al Estado el control de áreas estratégicas para la seguridad nacional, como la generación de energía, o el suministro de agua potable, y se encargue de trabajar en la difícil tarea de alcanzar la soberanía alimentaria: todos tenemos derecho a comer.
Esta nueva clase hegemónica, que no es otra que el pueblo integrado a la producción, debe contar con el control del Estado, y, en última instancia, conquistar el poder del país, y debe ejercer presión para desplazar a la clase dominante, de tal forma que la democracia vaya sustituyendo a la plutocracia actual, mientras el pueblo soberano obtiene su acceso a sus derechos, educación de alta calidad, un sistema de salud preventivo que sustituya al curativo actual, y a su patrimonio natural.
No cabe duda que la tarea de imaginar la patria nueva es fundamental para avanzar, por lo pronto esta misión tiene ya actores, que deberán construir esa imagen de la sociedad que queremos, mientras tanto, debemos ir aprendiendo a hablar con propiedad, y decir cada cosa con el significado que realmente tiene.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
*Fuente: Rebelion
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