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La querella presentada por la muerte del Presidente Allende 

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He leído con gran interés y atención, en este mismo
periódico, el texto de la querella por el homicidio calificado del presidente
Allende, presentada recientemente ante el juez Mario Carroza por el abogado
Roberto Avila Toledo (Querella presentada por
muerte del Presidente Allende ante el Ministro Mario Carroza
). Me
parecieron sumamente sólidos y convincentes los argumentos legales sobre los
que se basa aquella petición. Creo que si residiera en Chile, y se me hubiera
ofrecido la honrosa oportunidad de suscribirla, la hubiera firmado con gusto.

Por otro lado, esto no significa, por cierto, que uno tenga
que suscribir la totalidad de lo afirmado y argumentado en aquel extenso
documento legal. Porque por debajo de aquellos imbatibles argumentos legales se
traslucen, también, errores de información, y una cierta creencia infundada
acerca de la muerte del Presidente, de quién, o quiénes, redactaron aquel
documento. Es esto lo que nos interesa examinar brevemente aquí. 

Encontré dos pasajes en el texto de la querella que me
parecieron poco felices, por decirlo con suavidad. Un primer pasaje que pudo
perfectamente haberse omitido, por su contenido manifiestamente ofensivo hacia
la dignidad  de quien, como médico de la Moneda, nos debiera merecer
algún respeto; y un segundo pasaje que, aunque incluido allí con dicho
propósito, no tiene la fuerza necesaria para poder descartar la posibilidad del
suicidio de Allende, dado que se basa en una historia no demostrada, y en
realidad falsa. A nuestro juicio, ninguno de estos pasajes contribuyen a darle
fuerza y contundencia al documento legal sino que, por el contrario, le restan
seriedad y lo debilitan.

El primero de dichos pasajes se encuentra en la consideración
No. 2, ubicada a continuación  de la cita
del texto de Bando No. 24 de la
Junta insurrecta. Reproduciré el contexto mínimo en el que se
contiene, a partir del cual cobrará sentido lo que se afirma en sus dos últimas
líneas:

"Esta voluntad homicida [la de
los golpistas] queda ratificada por el destino que se da a todas las personas
que fueron secuestradas ese día en el palacio de La Moneda, que fueron, como se
sabe, asesinadas. Con la sola excepción de tres jóvenes, que por un error, en
el dispositivo represivo no fueron fusilados, y de un médico que de manera
entusiasta, sistemática  y provechosa,
confirma la tesis del suicidio
.
" 

Es manifiesto que aquí 
se contiene una referencia ofensiva, apenas velada, al doctor Patricio
Guijón, quien, desde el primer momento y sin contradecirse ni una sola vez en
sus diferentes declaraciones a lo largo de los años, ha sostenido que, desde el
pasillo que da al Salón Independencia, "alcanzó a ver como se movía el cuerpo
[del Presidente] en un espasmo vertical. Subió y bajó
."(1). Lo que él
interpretó como el momento en que éste se quitó la vida. 

Uno de los recursos más socorridos de los partidarios
dogmáticos del magnicidio del Presidente, puesto por primera vez en
circulación  en el libro Estos Mataron a Allende (1974), de
Robinson Rojas, ha consistido en el simple rechazo, hecho generalmente por la
vía de argumentos "ad hominem", de todos aquellos testimonios, evidencias o
pruebas, que contradicen o refutan la explicación de un Allende asesinado por
los golpistas. Como Guijón ha declarado siempre que vio al Presidente en los
momentos en que debió haberse quitado la vida, la forma más frecuente de
deslegitimar su testimonio ha sido acusarlo de que siempre declaró lo que los
golpistas le ordenaron que declarara. Esto, por cierto, iba siempre acompañado
de acusaciones profundamente ofensivas a su supuesta falta de valor, su
supuesta traición, su supuesta inmoralidad, etc., etc. Al afirmar, aunque sin
nombrarlo, que Guijón testificó de manera entusiasta, sistemática y
provechosa  en favor del suicidio de
Allende, los autores de la querella no hacen otra cosa que repetir una tan
vieja como deleznable maniobra descalificatoria.

Pero, además, lo que, evidentemente, desconoce el autor, o
los autores, del documento legal que comentamos, así como igualmente la
abrumadora mayoría de los chilenos, es que Guijón no fue el único que vio, y
reportó, aquel hecho. Porque en forma enteramente independiente el doctor José
Quiroga, otro de los médicos que, aquella tarde, se encontraban en aquel
pasillo que conducía a la oficina presidencial, en una entrevista grabada que
le hizo el periodista Juan Gonzalo Rocha, declaró lo siguiente: 

"Me encontraba en el segundo piso [de La Moneda], esperando salir
por Morandé 80. Y entonces veo al presidente Allende avanzar por el pasillo.
Veo que entra en el Salón Independencia, solo. Yo creo que pasaron algunos
segundos, cuando alguien pregunta ¿qué está haciendo [él] ahí solo? 

… y otro, de los que estaban en la fila, abre la puerta del
Salón y pudimos verlo.

¿ Qué alcanza a ver Ud.?[Pregunta Juan Gonzalo Rocha]

Veo al Presidente. Está sentado. Veo su inconfundible figura
en medio del humo y de los gases que invaden el recinto. Está en un sillón, de
frente. Y entonces, sin que se escuche nada, porque el ruido en el exterior es
tremendo, su rostro desaparece, como si se desvaneciera dentro del humo
.

[J. G. Rocha] ¿Cree Ud. que ese es el instante mismo en el
que se suicida?

Si, si, siempre lo he pensado así (2)

Es especialmente importante tener en cuenta este testimonio
del doctor Quiroga, para poder establecer lo que efectivamente ocurrió aquella
trágica tarde en el Salón independencia, porque su sola existencia impide que
pudiera aplicarse a las declaraciones de Guijón aquella antigua regla jurídica
latina que dice "Unus testis, nulus testis", es decir, "Un solo testimonio es
un testimonio nulo". 

De manera que los testimonios de Guijón y Quiroga se apoyan
y confirman el uno al otro. Pero lo que muchos parecen no entender es que para
el establecimiento de la verdad  estos
testimonios no necesitan ser descartados, sino incorporados a, y explicados en
términos de, una gran hipótesis, dentro de la cual cobrarán pleno sentido.
Hasta donde sabemos esta explicación, o hipótesis, aún no ha sido
explícitamente formulada por nadie, ni siquiera por el doctor Ravanal.

Finalmente, en cuanto al provecho que pudo reportarle al
doctor Guijón haber declarado desde el primer momento que Allende se quitó la
vida, no es más que una ofensa infundada y gratuita, porque no existe prueba
alguna conocida de que su invariable testimonio le haya reportado ningún
provecho pecuniario. En realidad, no le reportó otra cosa que el escarnio y la
descalificación, por parte de sus propios compañeros, durante los años de la
dictadura, y el odio y la sospecha eterna de los partidarios fanáticos de la
teoría del magnicidio. 

El segundo pasaje de la querella que me ha parecido
descaminado y objetable se encuentra en el siguiente párrafo:

"Hay  bastantes
mentiras en la versión oficial de la muerte del Presidente como que se habría
matado(sic) con el fusil AKA(3) regalado por el Comandante Fidel Castro, hay
sobreabundancia de pruebas que ese fusil nunca estuvo en La Moneda.
Las mentiras
son el escudo de los culpables, los inocentes no necesitan mentir."

Evidentemente, la frase subrayada fue reproducida
textualmente de uno de los dos o tres 
escritos que, recientemente, se encuentran circulando por Internet, y en
los que, luchando desesperadamente contra el tiempo, sus autores quieren  anticiparse a la solución judicial de la
muerte del Presidente,  presentándonos
sus imaginativas soluciones como si fueran la verdad misma.      

Pero el inventor de todo este mito del fusil AK de Allende
que nunca habría llegado a La
Moneda, precisamente cuando más se lo necesitaba, no es otro
que el periodista Camilo Taufic, quien lo viene repitiendo desde hace ya varios
años. Desgraciadamente, y más allá de las apariencias, Taufic no ha sido capaz
de ofrecer una sola prueba de lo que afirma. Así por ejemplo, en uno de sus
artículos puso como testigo a don Víctor Pey, el gran amigo de Allende, pero al
preguntarle yo a Pey, en un correo de hace ya como dos años, si acaso era
cierto lo que afirmaba Taufic acerca del fusil de Allende, aquél me contestó
que no estaba en condiciones de afirmar ni de negar aquella historia.      

Según he podido enterarme, posteriormente, por medio de lo
relatado por terceras personas, que Taufic invocó también como testigo de la
verdad  de su "teoría del fusil" a Max
Ropert Contreras, el hijo sobreviviente de la Payita, quien para el Golpe residía en la casa de
El Cañaveral, en uno de cuyas paredes colgaba el fusil ametralladora del
Presidente, y donde, supuestamente, habría quedado abandonado la mañana del
Golpe. Pero Max Ropert desmintió categóricamente las afirmaciones de Taufic,
sin que, hasta donde yo sepa, esto haya constituido obstáculo para que el
conocido periodista continúe difundiendo la apócrifa historia del fusil AK que
no llegó a La Moneda.

Como puede verse, no sólo no hay "superabundancia de
pruebas" de que el fusil AK de Allende nunca estuvo en La Moneda el 11 de septiembre,
sino una carencia absoluta de ellas.

¿Llegaremos a saber, por obra de la investigación judicial
en curso, cómo murió en realidad el presidente Allende, y en qué especificas
circunstancias?  No existe una completa
certeza de que así ocurra, pero mientras tanto hay que mantener una actitud
abierta, pero al mismo tiempo alerta y crítica, porque ya comienzan a
visualizarse algunos serios obstáculos que pudieran levantarse en el camino que
conduce al descubrimiento de la verdad. Pero, claro está, eso será el tema de
un próximo artículo.     

Notas:

1.  Hermes H. Benítez,
LAS MUERTES DE SALVADOR ALLENDE, Santiago, RIL Editores, 2006, pág. 91. 

2. Juan Gonzalo Rocha, ALLENDE MASON. La visión de un
profano, Santiago, Editorial Sudamericana, 2000, pág. 275. 

3. Las letras que identifican al famoso fusil ametralladora
soviético no son tres, sino solo dos: AK, que corresponden a Avtomat
Kalashnikova, es decir, a arma automática de Kalashnikov.

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