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Islandia enjaula a sus banqueros 

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03/04/2011
Se busca. Hombre, 48 años, 1,80 metros, 114 kilos.
Calvo, ojos azules. La
Interpol acompaña esa descripción de una foto en la que
aparece un tipo bien afeitado embutido en uno de esos trajes oscuros de 2.000
euros y tocado con un impecable nudo de corbata. Se ve a la legua que se trata
de un banquero: este no es uno de esos carteles del salvaje Oeste. La
delincuencia ha cambiado mucho con la globalización financiera. Y sin embargo,
esta historia tiene ribetes de western de Sam Peckinpah ambientado en el
Ártico. Esto es Islandia, el lugar donde los bancos quiebran y sus directivos
pueden ir a la cárcel sin que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas; la
isla donde apenas medio millar de personas armadas con peligrosas cacerolas
pueden derrocar un Gobierno. Esto es Islandia, el pedazo de hielo y roca
volcánica que un día fue el país más feliz del mundo (así, como suena) y donde
ahora los taxistas lanzan las mismas miradas furibundas que en todas partes
cuando se les pregunta si están más cabreados con los banqueros o con los
políticos. En fin, Esto es Islandia: paraíso sobrenatural, reza el cartel que
se divisa desde el avión, antes incluso de desembarcar.

El tipo de la foto se llama Sigurdur Einarsson. Era el
presidente ejecutivo de uno de los grandes bancos de Islandia y el más
temerario de todos ellos, Kaupthing (literalmente, "la plaza del
mercado"; los islandeses tienen un extraño sentido del humor, además de
una lengua milenaria e impenetrable). Einarsson ya no está en la lista de la Interpol. Fue
detenido hace unos días en su mansión de Londres. Y es uno de los protagonistas
del libro más leído de Islandia: nueve volúmenes y 2.400 páginas para una
especie de saga delirante sobre los desmanes que puede llegar a perpetrar la
industria financiera cuando está totalmente fuera de control.

Nueve volúmenes: prácticamente unos episodios nacionales en
los que se demuestra que nada de eso fue un accidente. Islandia fue saqueada
por no más de 20 o 30 personas. Una docena de banqueros, unos pocos empresarios
y un puñado de políticos formaron un grupo salvaje que llevó al país entero a
la ruina: 10 de los 63 parlamentarios islandeses, incluidos los dos líderes del
partido que ha gobernado casi ininterrumpidamente desde 1944, tenían concedidos
préstamos personales por un valor de casi 10 millones de euros por cabeza. Está
por demostrar que eso sea delito (aunque parece que parte de ese dinero servía
para comprar acciones de los propios bancos: para hinchar las cotizaciones),
pero al menos es un escándalo mayúsculo.

Islandia es una excepción, una singularidad; una rareza. Y
no solo por dejar quebrar sus bancos y perseguir a sus banqueros. La isla es un
paisaje lunar con apenas 320.000 habitantes a medio camino entre Europa, EE UU
y el círculo polar, con un clima y una geografía extremos, con una de las
tradiciones democráticas más antiguas de Europa y, fin de los tópicos, con una
gente de indomable carácter y una forma de ser y hacer de lo más peculiar. Un
lugar donde uno de esos taxistas furibundos, tras dejar atrás la capital,
Reikiavik, se adentra en una lengua de tierra rodeada de agua y deja al
periodista al pie de la distinguida residencia presidencial, con el mismísimo
presidente esperando en el quicio de la puerta: cualquiera puede acercarse sin
problemas, no hay medidas de seguridad ni un solo policía. Solo el detalle exótico
de una enorme piel de oso polar en lo alto de una escalera saca del pasmo a
quien en su primera entrevista con un presidente de un país se topa con un
mandatario, Ólagur Grímsson, que considera "una locura" que sus
conciudadanos "tengan que pagar la factura de su banca sin que se les
consulte".

Y del presidente al ciudadano de a pie: de la anécdota a la
categoría. Arnar Arinbjarnarsson es capaz de resumir el apocalipsis de Islandia
con estupefaciente impavidez, frente a un humeante capuchino en el céntrico
Café París, a dos pasos del Althing, el Parlamento. Arnar tiene 33 años y
estudió ingeniería en la universidad, pero, al acabar, ni siquiera se le pasó
por la cabeza diseñar puentes: uno de los bancos le contrató, pese a carecer de
formación financiera. "La banca estaba experimentando un crecimiento
explosivo, y para un ingeniero es relativamente sencillo aprender matemática
financiera, sobre todo si el sueldo es estratosférico", alega.

Islandia venía de ser el país más pobre de Europa a
principios del siglo XX. En los años ochenta, el Gobierno privatizó la pesca:
la dividió en cuotas e hizo millonarios a unos cuantos pescadores. A partir de
ahí, bajo el influjo de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el país se convirtió
en la quintaesencia del modelo liberal, con una política económica de bajos
impuestos, privatizaciones, desregulaciones y demás: la sombra de Milton
Friedman, que viajó durante esa época a Reikiavik, es alargada. Aquello
funcionó. La renta per cápita se situó entre las más altas del mundo, el paro
se estabilizó en el 1% y el país invirtió en energía verde, plantas de aluminio
y tecnología. El culmen llegó con el nuevo siglo: el Estado privatizó la banca
y los banqueros iniciaron una carrera desaforada por la expansión dentro y
fuera del país, ayudados por las manos libres que les dejaba la falta de
regulación y por unos tipos de interés en torno al 15% que atraían los ahorros
de los dentistas austriacos, los jubilados alemanes y los comerciantes
holandeses. Una economía sana, asentada sobre sólidas bases, se convirtió en
una mesa de black jack. Ni siquiera faltó una campaña nacionalista a favor de
la supremacía racial de la casta empresarial, lo que tal vez demuestra lo
peligroso que es meter en la cabeza de la gente ese tipo de memeces, ya sea
"las casas nunca bajan de precio" o "los islandeses controlan
mejor el riesgo por su pasado vikingo".

La fiesta se desbocó: los activos de los bancos llegaron a
multiplicar por 12 el PIB. Solo Irlanda, otro ejemplo de modelo liberal, se
acerca a esas cifras. Hasta que de la noche a la mañana -con el colapso de
Lehman Brothers y el petardazo financiero mundial- todo se desmoronó, en lo que
ha sido "el shock más brutal y fulminante de la crisis
internacional", asegura Jon Danielsson, de la London School of
Economics.

Pero volvamos a Arnar y su relato: "La banca empezó a
derrochar dinero en juergas con champán y estrellas del rock; se compró o ayudó
a comprar medio Oxford Street, varios clubes de fútbol de la liga inglesa,
bancos en Dinamarca, empresas en toda Escandinavia: todo lo que estuviera en
venta, y todo a crédito". Los ejecutivos se concedían créditos millonarios
a sí mismos, a sus familiares, a sus amigos y a los políticos cercanos, a
menudo, sin garantías. La Bolsa
multiplicó su valor por nueve entre 2003 y 2007. Los precios de los pisos se
triplicaron. "Los bancos levantaron un obsceno castillo de naipes que se
lo llevó todo por delante", cuenta Arnar, que conserva su empleo, pero con
la mitad de sueldo. Acaba de comprarse un barco a medias con su padre con la
intención de cambiar de vida: quiere dedicarse a la pesca.

La fábula de una isla de pescadores que se convirtió en un
país de banqueros tiene moraleja: "Tal vez sea hora de volver al
comienzo", reflexiona el ingeniero. "Tal vez todo ese dinero y ese
talento que absorbe la banca cuando crece demasiado no solo se convierte en un
foco de inestabilidad, sino que detrae recursos de otros sectores y puede
llegar a ser nocivo, al impedir que una economía desarrolle todo su
potencial", dice el presidente Grímsson.

La magnitud de la catástrofe fue espectacular. La inflación
se desbocó, la corona se desplomó, el paro creció a toda velocidad, el PIB ha
caído el 15%, los bancos perdieron unos 100.000 millones de dólares (pasará
mucho tiempo antes de que haya cifras definitivas) y los islandeses siguieron
siendo ricos, más o menos: la mita de ricos que antes. ¿De quién fue la culpa?
De los bancos y los banqueros, por supuesto. De sus excesos, de aquella barra
libre de crédito, de su desmesurada codicia. Los bancos son el monstruo, la
culpa es de ellos y, en todo caso, de los políticos, que les permitieron todo
eso. OK. No hay duda. ¿Solamente de los bancos?

"El país entero se vio atrapado en una burbuja. La
banca experimentó un desarrollo repentino, algo que ahora vemos como algo
estúpido e irresponsable. Pero la gente hizo algo parecido. Las reglas normales
de las finanzas quedaron suspendidas y entramos en la era del todo vale: dos
casas, tres casas por familia, un Range Rover, una moto de nieve. Los salarios
subían, la riqueza parecía salir de la nada, las tarjetas de crédito echaban
humo", explica Ásgeir Jonsson, ex economista jefe de Kaupthing. El también
economista Magnus Skulasson asume que esa locura colectiva llevó a un país
entero a parecer dominado por los valores de Wall Street, de la banca de
inversión más especulativa. "Los islandeses hemos contribuido
decisivamente a que pasara lo que pasó, por permitir que el Gobierno y la banca
hicieran lo que hicieron, pero también participamos de esa combinación de
codicia y estupidez. Los bancos merecen sentarse en el banquillo y nosotros nos
merecemos una parte del castigo: pero solo una parte", afirma en el
restaurante de un céntrico hotel.

Una cosa salva a los islandeses, de alguna manera les redime
de parte de esos pecados. En su incisivo ¡Indignaos!, Stephane Hessel describe
cómo en Europa y EE UU los financieros, culpables indiscutibles de la crisis,
han salvado el bache y prosiguen su vida como siempre: han vuelto los
beneficios, los bonus, esas cosas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el
nivel de ingresos, ni mucho menos el empleo. "El poder del dinero nunca
había sido tan grande, insolente, egoísta con todos", acusa, y, sin
embargo, "los banqueros apenas han soportado las consecuencias de sus
desafueros", añade en el prólogo del libro el escritor José Luis Sampedro.

Así es: salvo tal vez en el Ártico. Islandia ha hecho un
valiente intento de pedir responsabilidades. "Dejar quebrar los bancos y
decirles a los acreedores que no van a cobrar todo lo que se les debe ha
ayudado a mitigar algunas de las consecuencias de las locuras de sus
banqueros", asegura por teléfono desde Tejas el economista James K.
Galbraith.

Contada así, la versión islandesa de la crisis tiene un
toque romántico. Pero la economía es siempre más prosaica de lo que parece. Hay
quien relata una historia distinta: "Simplemente, no había dinero para
rescatar a los bancos: de lo contrario, el Estado los habría salvado: ¡Llegamos
a pedírselo a Rusia!", critica el politólogo Eirikur Bergmann. "Fue
un accidente: no queríamos, pero tuvimos que dejarlos quebrar y ahora los
políticos tratan de vender esa leyenda de que Islandia ha dado otra
respuesta".

Sea como sea, la crisis ha dejado una cicatriz enorme que
sigue bien visible: hay controles de capitales, un delicioso eufemismo de lo
que en el hemisferio Sur (y más concretamente en Argentina) suele llamarse
corralito. El paro sigue por encima del 8%, tasas desconocidas por estos lares.
El desplome de la corona ha empobrecido a todo el país, excepto a las empresas
exportadoras. Cuatro de cada diez hogares se endeudaron en divisas o con
créditos vinculados a la inflación (parece que, por lo general, para comprar
segundas residencias y coches de lujo), lo que ha dejado un agujero considerable
en el bolsillo de la gente. Tras dejar quebrar el sistema bancario, el Estado
lo nacionalizó y acabó inyectando montones de dinero -el equivalente a una
cuarta parte del PIB- para que la banca no dejara de funcionar, y ahora empieza
a reprivatizarlo: la vida, de algún modo, sigue igual.

Todo eso ha elevado la deuda pública por encima del 100% del
PIB, y para controlar el déficit tampoco los islandeses se han librado de la
oleada de austeridad que recorre Europa desde el Estrecho de Gibraltar hasta la
costa de Groenlandia: más impuestos y menos gasto público. Al cabo, Islandia
tuvo que pedir un rescate al FMI, y el Fondo ha aplicado las recetas
habituales: se han elevado el IRPF y el IVA islandeses y se han creado nuevos
impuestos, y por el lado del gasto se han bajado salarios y beneficios sociales
y se están cerrando escuelas; se ha reducido el Estado del bienestar. Que es lo
que suele suceder cuando de repente un país es menos rico de lo que creía.

"Hemos recorrido una década hacia atrás", cierra
Bergman. Y aun así, el Gobierno y el FMI aseguran que Islandia crecerá este año
un 3%: el desplome de la corona ha permitido un despegue de las exportaciones,
hay sectores punteros -como el aluminio- que están teniendo una crisis muy
provechosa, y, al fin y al cabo, Islandia es un país joven con un nivel
educativo sobresaliente. Entre la docena de fuentes consultadas para este
reportaje, sin embargo, no abunda el optimismo. Uno de los economistas más
brillantes de Islandia, Gylfi Zoega, dibuja un panorama preocupante: "Los
bancos aún no son operativos, los balances de las empresas están dañados, el
acceso al mercado de capitales está cerrado, el Gobierno muestra una debilidad
alarmante. No hay consenso sobre qué lugar deben ocupar Islandia y su economía
en el mundo. Vamos a la deriva… No se engañe: ni siquiera el colapso de los
bancos fue una elección; no había alternativa. Islandia no puede ser un modelo
de nada".

Hay quien duda incluso de que los banqueros den finalmente
con sus huesos en la cárcel: "Los ejecutivos han sido detenidos varias
veces, y después, puestos en libertad: como tantas otras veces, eso es más un
jugueteo con la opinión pública que otra cosa", asegura Jon Danielsson.
Hannes Guissurasson, asesor del anterior Gobierno y conocido por su férrea
defensa de postulados neoliberales, incluso traza una fina línea entre el
delito y algunas de las prácticas bancarias de los últimos años. "Muy
pocos banqueros van a ir a la prisión, si es que va alguno: ¿qué ley vulnera la
excesiva toma de riesgos?", se pregunta.

Pero los mitos son los mitos (y un periodista debe defender
su reportaje hasta el último párrafo) e Islandia deja varias lecciones
fundamentales. Una: no está claro si dejar caer un banco es un acto
reaccionario o libertario, pero el coste, al menos para Islandia, es
sorprendentemente bajo; el PIB de Irlanda (cuyo Gobierno garantizó toda la
deuda bancaria) ha caído lo mismo y sus perspectivas de recuperación son
peores. Dos: tener moneda propia no es un mal negocio. En caso de apuro se devalúa
y santas Pascuas; eso permite salir de la crisis con exportaciones, algo que ni
Grecia ni Irlanda (ni España) pueden hacer.

La última y definitiva enseñanza viene de la mano del grupo
salvaje, a quien nadie vio venir: ni las agencias de calificación ni los
auditores anticiparon los problemas (aunque lo que no descubre una buena
auditoría lo destapa una buena crisis: Pricewaterhousecoopers está acusada de
negligencia). Pero los problemas estaban ahí: la prueba es que la inmensa
mayoría de los ejecutivos de banca están de patitas en la calle y algunos
esperan juicio. Nuestro Sigurdur Einarsson, el banquero más buscado, se compró
una mansión en Chelsea, uno de los barrios más exclusivos de Londres, por 12
millones de euros. La mayoría de los banqueros que tienen problemas con la
justicia hicieron lo mismo durante los años del boom, y menos mal que lo
hicieron: la gente les abucheaba en el teatro, les tiraba bolas de nieve en
plena calle, les lanzaba piropos en los restaurantes o les dejaba ocurrentes
pintadas en sus domicilios. Salieron pitando de Islandia. El caso es que
Einarsson no tuvo que marcharse: vivía en su estupenda mansión londinense desde
2005. La hipoteca no era problema: Einarsson decidió alquilársela al banco
mientras vivía en la casa; al fin y al cabo, un presidente es un presidente, y
ese es el tipo de demostraciones de talento financiero que solo traen sorpresas
en el improbable caso de que la justicia se meta por medio. Islandia parece el
lugar adecuado para que sucedan cosas improbables: según las estadísticas, más
de la mitad de los islandeses cree en los elfos. En el avión de vuelta se
entiende mejor la publicidad del aeropuerto, sobre todo porque las fuentes
consultadas descartan que, si finalmente hay condena a los banqueros, el
Gobierno islandés vaya a conceder un solo indulto. Esto es Islandia: paraíso
sobrenatural. ¡Vaya si lo es! –

El ‘caso Icesave’ (y otras rarezas)
El tiburón putrefacto es uno de los platos típicos de
Islandia, que tiene una noche inacabable (no solo por las horas de oscuridad),
una de las pocas primeras ministras del mundo (Johana Sigurdardottir,
abiertamente lesbiana) y un museo de penes (y esto no es una errata). La lista
de rarezas es inacabable: es más fácil entrevistar al presidente de Islandia
que al alcalde de Reikiavik, Jon Gnarr, célebre por pactar solo con quienes
hayan visto las cuatro temporadas de The Wire. Con la crisis, las
singularidades han alcanzado incluso al siempre aburrido sector financiero: en
Londres han llegado a aplicarle métodos antiterroristas.

Landsbanki, uno de los tres grandes bancos islandeses, abrió
una filial por Internet con una cuenta de ahorro a altos tipos de interés,
Icesave, que hizo furor entre británicos y holandeses. Cuando las cosas
empezaron a torcerse y el Gobierno británico detectó que el banco estaba
repatriando capitales, le aplicó la ley antiterrorista para congelar sus
fondos. Ese fue el detonante de toda la crisis: provocó la quiebra en cadena de
toda la banca. Y sigue dando tremendos dolores de cabeza a Islandia.

Holanda y Reino Unido devolvieron a sus ciudadanos el 100%
de los depósitos y ahora exigen ese dinero: 4.000 millones de euros, un tercio
del PIB islandés, nada menos. El Gobierno llegó a un acuerdo para que los
ciudadanos pagaran en 15 años y al 5,5% de interés: la gente se organizó para
echarlo abajo en un referéndum, tras el veto del presidente. Así llegó un
segundo pacto, más ventajoso (tipos del 3%, a pagar en 37 años), y de nuevo la
gente decidirá en abril en referéndum si paga o no por los desmanes de sus
bancos. Agni Asgeirsson, ex ejecutivo que fue despedido de Kaupthing y ahora
trabaja como ingeniero en Río Tinto, es tajante al respecto: "El primer
acuerdo era claramente un fraude. Este es más discutible. No queremos pagar,
pero eso añadiría incertidumbre legal sobre el futuro del país. Pero lo
interesante es cómo ha reaccionado la gente". Ese es quizá el mayor
atractivo de la respuesta islandesa: la parlamentaria y ex magistrada francesa
Eva Joly (a quien se encargó el inicio de la investigación sobre la banca)
asegura que lo más llamativo de Islandia es que en un país "que se
consideraba a sí mismo un milagro neoliberal, y donde se había perdido
gradualmente todo interés por la política, ahora la gente quiere tener su
destino en sus propias manos".

"Eso sí: la fe en los políticos y los banqueros tardará
en volver, pero que mucho, mucho, tiempo", cierra el cónsul de España,
Fridrik S. Kristjánsson. –

*Fuente: El
País

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